jueves, 8 de marzo de 2012

LUCES DEL BOSQUE


En el fondo del bosque, donde los árboles cobran vida y los animales se reúnen a cantar, existe una puerta que te lleva directamente al centro de la tierra, donde se encuentra el gran reino de los Hijos. Ahí, una vez al año, se reúnen en un gran concilio todas las criaturas. Los señores de los elfos, los señores de los trolls, los amos de las olas, los jinetes de la noche, los faunos, los pastores de los bosques, las hadas de las flores y las ninfas del aire, se presentan con gran pompa y nobleza.
Es una fiesta donde todos están invitados, incluso los seres humanos. Pero como no hay nadie entre aquellos que viven en las estrellas, y los que habitan en el fondo de los mares que confíe en ellos, sólo el niño con el corazón más puro, es elegido para representar los hombres de buena voluntad. Al menos, eso es lo que dicen lo cuentos, al menos, es lo que se oye en la canciones que le cantaban sus abuelos..
Jalil tenía 13, o 14 años. Era simpática, tierna, dulce, y muy inteligente. Le gustaban los cuentos y las leyendas de hadas y bosques. Disfrutaba mucho escuchar las conversaciones de la gente mayor. Su mejor amigo, Mikhele, tenía cerca de 80 años. Vivía a dos cuadras de su casa, y lo visitaba tan seguido como podía. A decir verdad, todos sus amigos eran gente mayor, pues es difícil tener amigos de tu edad cuando tienes síndrome de Down.
Jalil, era robusta. A Mikhele la causaba gracia mirarla subir las escaleras de su casa. Pero no de un modo mal intencionado. Sólo una de esas cosas que uno puede encontrar graciosas en un querido amigo, sin que por ello vaya a ofenderse.
-Pequeña –le dijo esa tarde entre risas-, vas a tener que dejar de comer pasteles.
-No estoy gorda, -replicó ella-. Retengo líquidos.
-Jajaja, si pequeña, desde luego –respondió quitando su periódico de un banco para que Jalil se sentara-. ¿Qué noticias traes hoy?, ¿Qué aventuras emprendiste este día?
-¡Las luces del bosque! –dijo ella sentándose. Las cejas de Mikhele dieron un brinco-. Anoche, había unas luces verdes en el bosque. Bozid, Marry y Farrag también las vieron. Bozid dice que cuando era niño se veían con regularidad, ¡que son hadas! ¡¿No es emocionante?! –exclamó tan entusiasmada que aplaudía y gorgojaba. Cuando eso sucedía, le escurría saliva por la comisura de los labios. Mikhele no se emocionó, se desplomó en su mecedora.
-Han vuelto… -dijo sin querer decirlo. Las palabras se le habían escapado de la boca-. No te vayas a acercar a ellas.
En casa Abín la recibió con el típico: “hola mongoloide, blaaaa, blaaaa”. Abín era su hermano menor. Dos años más pequeño que ella, y sin ninguna gracia. Era uno de esos niños que resultan antipáticos. Encontraba divertido gemir como retrasado mental, y hacer un infierno la vida de su hermana a base de burlas. Jalil pensaba que tal vez él era el retrasado, y no ella.
Sus padres rara vez lo reprendían. En realidad, aunque tenían todas las atenciones necesarias con Jalil, no les gustaba tener una hija “diferente”. “Diferente”, era la palabra que usaban. A ellos no les gustaban las cosas “diferentes”, y nos les gustaba su hija.
Los ratos que Jalil pasaba en casa, lo hacía encerrada en su cuarto, leyendo cuentos o recordando las historias que sus abuelos le habían enseñado. Esa noche en particular, miraba el bosque desde su ventana. No estaba lejos, a unos 500 metros de su cuarto, bajando por una ladera poco inclinada.
-No te acerques a ellas –le había advertido Mikhele. Muchos años atrás, esas luces se habían llevado a su hermano. Al menos eso fue lo Mikhele le contó. En realidad había sido secuestrado por pakistaníes, pero en esa época, en ese pueblo, la gente respetaba y temía a las hadas de los bosques y a los genios del desierto. Los secuestros eran una cosa extraordinaria, y los ataques de animales eran raros. Cuando su hermano desapareció, Mikhele y muchos otros, dieron por sentado que lo habían tomado las hadas.
“Se lo habrán llevado porque era un niño de corazón puro”, pensaba Jalil con el rostro recargado en la ventana. Ella no tenía el corazón puro, pues a veces había deseado que su hermano se rompiera una pierna, se lo comiera una víbora, o simplemente que desapareciera. “Pero tal vez”, pensó, “si se los pido con muchas ganas, me dejen ir con ellas”. En ese momento se paró decidida, brincó la ventana, y se dirigió al bosque. Era tarde, cerca de la media noche. Sus padres estarían dormidos así que no irían a buscarla, y sino dormían, no había diferencia. Nunca la buscaban.
Bajó por la ladera gorjeando y dando palmadas de la emoción. Al entrar en el bosque se preguntó porqué lo llamarían Sordo. Más bien debía llamarse mudo. Era completamente silencioso. También era oscuro, pero no más que cualquier boque. La luz de la luna se colaba entre los árboles, y el olor de los pinos, la hierba seca, los ciervos, las ardillas, y todas las criaturas se mezclaban en un dulce aroma. El dulce olor del bosque.
Caminó sin rumbo durante un largo rato, en el que no vio, ni oyó nada. Ni el ulular de los búhos, ni el crujir de las hojas secas bajo el paso de animales. No había más sonidos que los de ella: su gorjeo emocionado, y sus palmadas.
Zigzagueó sin proponérselo durante horas, hasta que se dejó caer de golpe. Estaba cansada y decepcionada. La noche anterior había visto las luces desde su cuarto titilantes entre los árboles. Y eran muchas, tendría que haberlas visto nomás entrar al bosque. No fue así. Tal vez se habían ido a otro bosque, tal vez habían regresado a su país, y no volverían hasta el siguiente año, o tal vez… a lo mejor huían de ella como los niños en la escuela. Seguramente era tan horrible para ellas como para el resto del mundo. Jalil no se engañaba, era demasiado lista para eso. Su piel era tan pálida como la leche rebajada con agua. Su cara era deforme y regordeta. Casi no tenía pelo. Apenas unos largos mechones de cabello lacio escurrían sobre su espalda. Su pecho caía sobre su panza como un helado derretido. Las piernas y los brazos le pesaban, y se sacudían cuando caminaba. En los pliegues de carne que se hacían entre sus lonjas tenía ronchas. Era espantosa. Era grotesca, y ella lo sabía.
Su abuelo le había enseñado a no sentir lástima de sí misma. Cerró los ojos, y los puños, para contenerse. No quería llorar. Se quedó inmóvil… silenciosa. No sabría decir cuánto tiempo estuvo así. No mucho rato, pero si lo suficiente para que se pasara el sentimiento. Finalmente liberó un suspiro, abrió los ojos, y al levantar el rostro casi le da un infarto de felicidad. Frente a ella estaba esa luz verde, como un círculo sin bordes, como una brillante flor de diente de león de 80 centímetros de diámetro. Era más grande de lo que se había imaginado. Flotaba como una burbuja de jabón.
-¡Un hada! –Gritó Jalil pegando un brinco-. Ho ho ho ho… -gorgojó dando palmadas de emoción, mientras la luz… la esfera luminosa giraba a su alrededor examinándola. A Jalil parecía darle cosquillas. Reía y pegaba brinquitos con los pies juntos-. ¡ho ho ho ho ho! –exclamaba.
De pronto la esfera se detuvo frente a ella, y le habló. Sus palabras sonaban mas o menos así: “tk tk tk tk tk tk tk”.
-¡Si, si, si, si, hadita! –respondió Jalil, que desde luego no había entendido nada.
-Tk tk tk tk tk tk –repitió la luz antes de dispararse rumbo al corazón del bosque. Jalil no comprendió lo que pasaba. Creyó que la estaba abandonando.
-¡No me dejes hadita!, ¡Soy buena, en serio! –exclamó corriendo tras ella, pero la esfera había desaparecido en un parpadeo. Volvió a quedarse sola, aunque sólo unos segundos. Tan rápido como se había ido, la luz verde regresó.
-Tk tk tk tk tk tk –volvió a decir antes de salir disparada de nuevo. Pero esta vez no desapareció. Se detuvo unos metros más adelante.
-Tk tk tk tk tk tk –dijo, y esperó a que Jalil la alcanzará antes de avanzar otros tantos metros. De esa forma (avanzando y esperando) la guió hasta a la parte más silenciosa y quieta, a la más honda del bosque.
El aire no corría. Los árboles no bailaban como en las canciones. Las copas de los árboles se amontonaban asfixiando los rayos de luna. La esfera verde luminosa era lo único que se interponía entre ella y la total oscuridad.
Jalil sudaba nerviosa. Tenía miedo, pero lo rebasaba su emoción. De pronto como capullos floreciendo, aparecieron dos nuevas esferas.
-¡Más hadas! –celebró la niña.
-Tk tk tk tk tk  -decían las recién llegadas-. Tk tk tk tk –respondía la otra.
-¡Ho ho ho ho ho! –gorgojeaba Jalil emocionada, que las veía ir y venir, girar entorno a ella haciéndole cosquillas. De algún modo entendió que estaban deliberando si llevarla, o no-. ¡Sí, sí, quiero ir! ¡Seré buena, lo prometo! –decía más para ella que para las hadas. Se imaginaba el reino de los Hijos de la Tierra. A los hermosos elfos en sus armaduras plateada junto a los terribles orcos con las suyas de hierro. ¡Oh, las ninfas, las sílfides! ¡¿Habría lugar para las sirenas?!
En eso un de ellas dio un último “tk tk tk tk tk”. Por fin se habían puesto de acuerdo. De algún lugar se escuchó un sonido profundo y grave. Jalil lo comparó con el rugir de un cuerno de batalla. Era de una puerta que se abría en medio del bosque. No tenía marco y parecía no ir a ningún lugar. Irradiaba una luz blanca que no permitió ver en su interior. Pero ella no tuvo duda. Llevaba a otra dimensión, al mundo de los duendes.
Las esferas se posaron en el piso. Ante la luz blanca se podía ver su forma. Eran unos hombrecitos verdes, menudos y delgados de grandes ojos negros. Sus alas eran como de libélulas, delicadas y traslucidas.
Cogieron a Jalil de las manos, y la llevaron hacía la luz. ¡Era tan emocionante! La niña miró atrás por última vez. No le dio tiempo de pensar en nada. Uno de ellos le puso la mano en la espalda apresurándola con gentileza. Cerró los ojos. Estaba deslumbrada. La luz era cálida. Entró con una enorme sonrisa, y se cerró la puerta.
Antes de despegar, la nave perdió su camuflaje. Era una esfera plateada, una gigantesca perla de mar. Vibró un segundo, y salió disparada como un cometa silencioso hacía el espacio. En su interior, los extraterrestres ya se estaban comiendo a Jalil.
FIN


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sábado, 25 de febrero de 2012

2.5 – La cosa se complica

Desperté cayéndome de la cama. Estaba sudando. Comencé a palparme los brazos y la cara mientras el despertador hacía su escandaloso: “beep… beeep”. Tenía una sensación bastante culera y rara. Mi cuerpo se sentía chueco, como si me lo hubiera puesto mal. No sé si alguna vez te ha pasado que tienes unas mallas para el frío, pero se las prestas a un amigo, y cuando te las devuelve ya no te quedan. Te las pones pero quedan chuecas, como si se hubieran adaptado a su cuerpo, y ya nunca las puedes volver a usar. Pues eso es lo que sentí en ese momento, sólo que en todo el cuerpo. En especial la pierna derecha. Me estorbaba.

Me vestí y bajé las escaleras pensando(desde luego que primero apagué el despertador). Trataba de dilucidar que diablos había pasado esa noche. Estaba seguro de que no había sido un sueño. No recordaba como diablos había llegado a casa, pero eso no era sorpresa. Después de la cantidad de drogas y alcohol que me había metido esa noche, lo sorprendente es que siguiera vivo. La pierna me estorbaba mucho.

El día anterior había conocido a este tipo en el camión. Se hacía llamar DG, que a mi me sonó a marca de historietas. Me invitó a tomar unos tragos: “sólo tengo 15 años”, le dije esperando que él entendiera algo así como: “hey, soy muy chico para tus perversiones, y no soy estupido. No iré”. A lo que él contestó: “pues por como apestas, lo que tienes son 15 caguamas y 15 churros de mota encima. Pero si tienes miedo no”.

¿Miedo?, ¡¿Yo, miedo?! Vamos a poner esto en perspectiva. Ahí estaba yo, un puberto chaquetero, con este tipo que me doblaba en tamaño, y fuerza, que descaradamente me arrebató mi libro de historietas, con el que había soñado pocos días antes, y que sabía que había soñado con él. De hecho, sabía todo lo que nos habíamos dicho en ese sueño que según Freud sólo sucede en mi cabeza, lugar donde nadie más que yo puede meterse… Creo que eso de por si es bastante como para cagarse en los pantalones. ¡Por supuesto que tenía miedo! Pero a los 15 años no puedes reconocer eso. Es peor que el suicidio social. Admitir que tienes miedo equivale a ser un gallina, una chillón, un mariquita, un pussy, un homosexuado; convertirte en objeto de las burlas. Es algo que puede perseguirte hasta salir de vacaciones.

Por el otro lado, no había nadie ahí que fuera a delatarme. ¿Quién iba a decirles? ¿DG iba a ir a mi escuela a decirle a todo el mundo, “hey miren al bubu llorón?”. ¡Desde luego que no! Simplemente podía negarme y saldría librado.

-¿Dónde me dijiste que estudiabas? –dijo tallándose la cabeza-, ah, si. En el Bachillerato 01 ¿Verdad? –y sonrió.

-Está bien, vamos por esos tragos… -dije valiente-, pero te lo advierto –agregué tratando de parecer mayor-, tengo que pedir permiso en mi casa.

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El conflicto del libro de historietas

Todo comenzó… Bueno, en realidad no sé como comenzó. Siempre he sentido que llegué como a la mitad de la historia. Más bien, mi primera experiencia en esto, fue una noche en la que estaba sentado en la azotea de mi casa. Esa es una situación que se daba muy seguido en mi adolescencia. Me gustaba subir a la azotea, y mirar el cielo. Secretamente esperaba ver un ovni o alguna mamada de esas, pero lo que vi estuvo más cabrón: una cabeza humana flotando.

Es neta. En el cielo apareció la cabeza de un tipo. Era como 10 veces más grande que una cabeza normal. Salió de la nada, y se quedó ahí flotando como una visión en el cielo estrellado. Lo mas sorprendente del asunto es que no sólo no había fumado nada de mota esa noche, sino que no sentí ni temor, ni sorpresa. Se veía nebulosa. En retrospectiva era como un holograma.

Cabeceaba buscando algo entre los techos. En una de esas me vio y me dijo:-¿No has visto por aquí a una chavita de tez blanca, cabello negro, rasgos asiáticos, guapita ella?

-Hem… no.

-¡Maldición, azotea equivocada!-, dijo para si mismo frunciendo el seño. –Y… ¿tú… que onda? ¿No tienes una hermana guapa que me presentes?

-Mi hermana tiene cinco años-, respondí.

-¿Y cuanto pesa?-replicó. Aquí empezamos una discusión sin sentido sobre mi hermana, así que no tiene caso que la relate. Recuerdo que luego las cosas tomaron un giro más interesante, pero no podría contar que dijimos. Me despertó el maldito despertador. Era hora de ir a la escuela.

En esa época yo iba al bachillerato. Después de medio desayunar alguna bazofia con leche que me sirviera mi madre me largaba. Bajaba por una ladera hasta la carretera donde esperaba el bus. Llegaba a la escuela donde pasaba la mayor parte del tiempo bebiendo cerveza, consiguiendo hierba, y reprobando materias.

En el receso me juntaba con mi amigo Marquitos. De hecho, con él era el asunto de las chelas y la mota (hablaré de eso en otro momento). Afuera del colegio, justo atrás, donde estaban las canchas de basquetbol, había una colina que dominaba el paisaje. Desde luego, no podíamos emborracharnos adentro, así que nos  trepábamos ahí, donde lo peor que podía pasar es que el prefecto tirara maldiciones y nos amenazara con reportarnos. Nos habían reportado tantas veces que había dejado de ser efectivo.

Como fuera el asunto, ese lugar nos gustaba por una peculiaridad: las niñas que llegaban a jugar baloncesto con sus pantalones cortos, sus playeras blancas que terminaban sudadas y ceñidas en el cuerpo. A mi cuate le gustaba una en particular. Tenía una cadera ancha, y unos senos que rebotaban más que el balón con el que jugaba. Aun así, su silueta era suave. Tal vez fuera por las drogas y el alcohol, o por mi astigmatismo, pero desde ahí se veía borrosa. Casi como un bosquejo. Aunque yo no sentía ninguna atracción especial por ella, entendía por que le gustaba a Marquitos, ¡pero Dios mío! Tenía una nariz tan horrible, que afeaba todo su rostro.

Cuando se acaba el receso y ya no había caguamas, o marihuana según el caso, si podíamos, volvíamos a clase. Cuando digo “podíamos”, quiero decir “físicamente capaces”.

Un buen rato después, cuando lográbamos coordinar los brazos y las piernas, íbamos a una librería que estaba a dos cuadras de ahí. Cuando tenía dinero compraba algo, cuando no, pues me chingaba. Mi lectura favorita eran los libros de historietas, aunque a veces adquiría algún libro de fantasía o mangas. Iba en primer semestre así que ya te imaginarás, no había dejado de ser un crío.

En una ocasión estaba tan borracho, que se me hizo genial robarme algunos comics. Simplemente los metí en mi pantalón e hice como que seguía viendo la mercancía. Tras un par de vueltas en los estantes salí como si nada. De la emoción hasta la ebriedad se pasó. Tomé el camión para irme a casa. Fui a sentarme hasta el fondo y comencé a leer. No pasó mucho antes de que una voz gruesa me preguntara:-¿Qué lees?

Entonces, al levantar la cara, ante mi, hallé algo que me aterrorizó hasta aflojarme el intestino. Un tipo demasiado joven para ser considerado un mayor, pero muy grande para interesarse en historietas. Antes de que pudiera reaccionar me arrancó el tebeo de las manos diciendo:-¿Me lo prestas?

“Claro que te lo voy a prestar idiota, ya me la arrebataste de las pinches manos”, pensé en decirle, pero por precaución me quedé callado.

El tipo ojeó la revista con calma durante unos minutos. Luego volteó a verme, que a mi vez no había dejado de mirarlo, esperando que no se bajara con mi comic. Nuestros ojos se encontraron. Los míos son cafés, los de él eran azules. Chisteó. Se enderezó un momento para fijarse que nadie nos viera, y volvió a poner sus ojos sobre los míos.

-¿No eres el niño de la otra noche…? Si, si… tú eres el niño de la azotea, el que tiene una hermana.


CONTINUARÁ??

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viernes, 17 de febrero de 2012

1- El otro lado del espejo


¿Cómo es del otro lado? Pues… así a ciencia cierta no tengo idea. Habría que preguntarle a Omega. Es él el que pasa a este lado y toma el control. Tú sabes, llega y toma las riendas. Cuando eso pasa no sé que sucede la mayoría de las veces. Pero en algunas ocasiones (raras, por cierto), llega un punto en el que parece que llegáramos a ser uno mismo, y no los dos lados opuestos de un espejo. Es como si nos fusionáramos, y nuestros mundos se sincretisan.  Eso, es a lo que yo llamo estar del otro lado.

Y no es tan diferente a nuestro mundo. También hay cantinas y borracheras, hospitales, parques, escuelas, calles estériles y callejones sombríos, lideres políticos y gobernantes. Es exactamente lo mismo pero diferente, como nebuloso. Parece que flotaras cuando caminas. Tu cuerpo, tu ropa, la vida misma se siente más ligera. Se siente mejor. Piensa en la mejor borrachera que hayas tenido, el viaje con hierba mas elevado que te hayas dado, el momento en que te hayas sentido más satisfecho de ti mismo, y súmale mil orgasmos. Es mierda. Estar ahí es mejor. Resulta ser un viaje muy adictivo. Aquí no existe aquello de “lo voy a dejar antes de quedar enganchado”. Basura. Con una vez basta para querer regresar… Si llegaste una vez, estás jodido. Siempre vas a querer más. Si fuera por ti te quedarías el resto de tus días pero es imposible. De un modo u otro siempre regresas. A veces despiertas en tu cama, a veces en una ambulancia rumbo al hospital. Lo que te pase en ese lugar, te va a doler de vuelta en casa.

Resulta ser como un sueño muy adictivo. Uno en el que todas las personas que conozcas, tienen una contraparte. Yo les llamo su “versión B”. Hay una versión B de ti, de tu hermano, tus padres, tu mejor amigo y hasta tu novia, y viceversa. O sea, que cualquier persona que conozcas de ese lado, tiene una versión A en este mundo. Y pueden ser muy diferentes entre ellos. A veces hasta se aborrecen.

Tú mismo podrías sorprenderte al encontrarte, si es que algún día llegas a ir. Si aquí eres un don nadie, ahí puedes ser el rey del mundo, o tener alas, o ser una versión femenina de ti mismo. Las diferencias pueden ser sutiles o sustanciales. Puede ser un simple cambio de carácter, o de forma. Las posibilidades son vastas. Podrías ser un simple predicador, o un maldito asesino hijo de puta. Ese es el verdadero problema, porque, verás… (y esto es importante si es que piensas intentarlo). Si tú estás allá, quiere decir, que tu versión B está viviendo tu vida, y lo que haga, se queda, esperando para joderte tan pronto regreses. 


CONTINUA EN: El conflicto del libro de historietas

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sábado, 24 de diciembre de 2011

La calle de las Memorias Duras


Las gaviotas vuelan, la marea me golpea, el mundo se me abre, de nuevo brilla el sol. Escucho tus ojos y respiro tu aliento, y siento tu cuerpo y me sueño en tus brazos, y abro los ojos, y encuentro una pinché almohada bebiendo lagrimas.

Por un momento me sentí tranquilo. Por un momento soñé, que seguías conmigo.

Despierto de mi letargo vespertino. Perezosamente despego mi rostro de la llorada almohada. Me paro frente al espejo.

¡Vamos! Sólo mírame, soy más alto, más guapo, más simpático, más interesante, simplemente soy más que ella y jamás podrá volver a tener a alguien que se asemeje ni remotamente a mí.

Lo trágico de esto se encuentra en que, probablemente, ella necesita a alguien que no se asemeje ni remotamente a ti.

Tomo un cigarro y lo enciendo mientras recuerdo como en el aire se abren vacíos que dos no pueden respirar.

“No pienses en mi”.

Vacíos que se alargan sin final. Amargo placer es recordar tu mirada, esfumándose, mientras la mía se apaga.

Y a pesar de ello, no puedo dejar de pensar en ella.

Arrojo el cigarro al fondo del escusado.

Tal vez, era el amor de mi vida.
Tal vez necesitas unos tragos.

Entonces siento algo dentro de mí, listo a invadirme. Cierro los ojos para que no se escape. Dos lágrimas escurren a la vez que tomo una playera y de un portazo cierro la puerta a mis espaldas.

Salgo de mi casa, es un hermoso día nublado. Doy un paso con el mismo pie con que lo hago todos los días, para recorrer el mismo camino que recorro a diario.

Paso por aquel callejón donde les pusimos nombres a los hijos que nunca tuvimos. Salgo a la avenida de las falsas esperanzas, y ahí, en la esquina con el boulevard de los sueños rotos, esta el puente peatonal donde nos conocimos. Ahí estabas, esperando a nadie. Viendo el rítmico vaivén de los autos. Recuerdo que hasta me falto el aire cuando me miraste. Me detuve a tu lado sin mediar palabra. Encendí un tabaco y sin darme cuenta, nos tomamos de las manos.

Despierto de la lozanía. Sufro un ataque de rabia hacia mi mismo. Cierro los ojos, aprieto el puño frenético con la intención de golpear la brisa y me frustro al tocar el vació.

Alguien me dijo una vez: “el corazón es un músculo. Y su función, no es la de guardar sentimientos. Es el cerebro, la memoria, la que te arroja esas imágenes que nublan tu juicio, la culpable de tu dolor”. Creo que tiene toda la razón. Más de nada me sirve saberlo si no logro deshacerme de mis recuerdos. Por eso me acabo a tragos y me atasco drogas, para matar las neuronas. Para borrarte de mi pasado, sin embargo, las cosas no han salido como las he planeado.

De inmediato trato de recordar las cosas malas: aquellos pequeños detalles hirientes que me lastimaron tanto, pero, aunque me parece increíble, los he olvidado. Sólo conservo bellos recuerdos. Imágenes en la memoria que engañan a mi corazón y nublan mi juicio. Imágenes que pasan ante mis ojos como si las viviera en ese momento y de la misma manera, como si sintiera el roce de tu cuerpo. Sentimientos que enervan mi piel y que, cuando se esfuman, me lastiman.

Subo el puente peldaño a peldaño. Mis ojos se cristalizan y se quiebran inundándome de memoria ¡Oh! Recuerdo esos lindos quejidos tuyos, los que pegabas cuando no estabas de acuerdo con algo. Recuerdo cosas tan insignificantes que te hacían tan grande: como el tono de tu voz, tu tibio aliento, tus suspiros, los besos desde luego, de tus labios oro rubí, tu oscuro cabello rizado y tus ojos tiernos de niña inquieta, tu mirada coqueta y traviesa, tu manera de torcer la boca cada que disparabas un beso a distancia.

Recuerdo más claramente que nada, porque como ponzoñoso dardo me atormenta, la vez que llegué a buscarte al parque. Quedamos de vernos bajo las doce estatuas del zodiaco. Al llegar, te busqué sin hallarte con la mirada y acalorado corrí a refrescarme en la fuente. Entonces, sentí un par de manos en la espalda, sorprendido te arrojé agua al voltear. Y en tus bellos ojos, que se abrieron y brillaron, a través del agua, vi un arco iris.

Pero también recuerdo cosas burdas y tontas: como que no te gusta el pollo, como que querías probar los hongos, o la manera tan fría en que ignorabas a tus amigas cuando peleabas con ellas. Quizás he olvidado tu color favorito, pero recuerdo el de tus ojos. Que vestías de blanco, tu gusto por el campo y los espacios abiertos. Tu pasión por los girasoles y esa manía tuya por ver bailar a la gente, y que, a pesar de lo mucho que lo deseabas, nunca te atreviste a hacerlo. Si, sé que lo querías, aunque lo negaste cada que te insistí, porque no podías dejar de mover los pies acompasados al ritmo. Hablando de pies se me revela ahora tu manía aquella por las piedras lisas de los ríos. Recuerdo como las atrapabas con los pies aquella vez que fuimos a las montañas. La vez que te quedaste dormida después de tres cervezas en nuestro aniversario.

Y recuerdo que planeamos ir al mar para el siguiente.

En el puente, abrazados, hallo un par de enamorados. Ni siquiera trato de ocultar mi envidia y desprecio a lo que sienten, reflejado en mi agria mirada.

Me siento muy incomodo por eso, pero ellos se sienten más, ante la visión de lo que le depara a alguno de los dos y se van. Más relajado en mi soledad, suspiro y me recargo. Me detengo a admirar los autos. Es una pequeña forma de decir te extraño.

FIN


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Un buen día


 Tengo mucha sed, despierto con la boca seca y apestosa. Me estiro dando vueltas sobre la cama. Bostezo abriendo los ojos a un nuevo amanecer, a un respiro más de vida, a un latido más de mi corazón y me preparo para ser lastimado. Me siento un breve momento antes de levantarme por completo, para permitirle a mi sistema nervioso reaccionar.

A cada parpadeo que doy una fina aguja envenenada se abre camino por la húmeda suavidad de mis ojos. Me duelen los pulmones. Necesito un cigarro. Tomo el último de la cajetilla y la duda me invade. Si lo fumo ahora, ¿qué fumaré después? Pero si lo pienso, si lo fumo más tarde cabe la posibilidad de que sufra un accidente y muera sin haber fumado el último cigarro.

Aún aletargado, me paro frente al espejo. Ignorando las lágrimas, me rasuro, y fumo. Me cuesta trabajo respirar. El cigarro quema mi garganta. Toso secamente y tras un impulso de convulsionarme escupo un enorme coagulo de sangre con pelos.

¿Qué diablos es eso?

Parece un animal agonizante aspirando sus últimos soplos de vida. Palpitando hasta detenerse. Creo que es mi corazón y se ha suicidado. Miro en el espejo buscando una explicación y en vez de eso encuentro una mirada de pánico. Doy un toque más a mi cigarro antes de apagarlo. Sé que me arrepentiré después.

¿Cuándo me comí esa cosa? Escupo grandes bolas de pelo con frecuencia, pero nunca con sangre.

Tienes que ir al medico.
No. ¿Que tal si me dice que estoy enfermo?
Al menos deja de fumar.
¿Sólo por una pequeña piedra de sangre coagulada en mi bola de pelos?
Si. ¿O te vas a esperar a escupir la rata completa para dejarlo?

Tengo mucho frío. Estoy muy pálido, mis ojos están irritados y mis dientes manchados de sangre. Luzco como un vampiro hepatítico. Me veo... poca madre.

Recojo la sanguinolenta bola de pelos. La guardo en una caja de cartón que acomodo bajo la cama. Me despejo un poco lavándome la cara, levanto mi ropa del piso. Torpemente me pongo un azul pantalón de mezclilla, entubado, muy ajustado.

Tiene manchas de colores que jamás había visto, bueno la de la entrepierna es roja, porque sabe a salsa catsup. Tomo una playera amarilla que escrito tiene en el pecho con letras negras “no me duele”. Recojo un par de calcetas. Están tristes y prefieren quedarse en casa este día. Me pongo mis viejos tenis. No los he lavado desde la última inundación. Si los exprimes con fuerza puedes hacerlos llorar.

Tengo sed. Miro alrededor de la alcoba intentando enfocar un vaso, que encuentro sobre la cómoda debajo de mis frustraciones. Entro al baño para servirme un refrescante tanto de agua del escusado. Bebo aceleradamente intentando no ahogarme con los pedazos de excremento. Creo que debí jalar la palanca del inodoro antes de servirme, pero pienso que es bueno que todo vuelva al lugar del que proviene. Bebo... refrescante...

Hay momentos en que realmente la vida me sabe asquerosa, pero el mal sabor siempre se pasa con un delicioso vaso con agua; eso, o me estoy acostumbrando al sabor de la mierda.

Me pongo una gabardina negra y rota como mi futuro. Me mojo el cabello. Me veo una ultima vez en el espejo antes de irme. Me gusta ver como escurre el agua por mi rostro hasta mis hombros.

Me voy. No sé muy bien a donde pero aun así me voy. Sólo me dejo guiar por las calles que me parecen hostiles y las paredes peligrosas. Llego a la avenida. Un vehículo pasa sobre un charco salpicándome. Es como si el mundo me hubiese escupido.

Cruzo por el puente peatonal. Me siento incomodo, el mundo me estorba ¡lo siento demasiado cerca de mi! No respeta mi espacio íntimo; se estrecha a mí alrededor. Sufro un ataque de claustrofobia a media calle. ¡Le escupo al mundo! Le escupo de regreso. ¡Le escupo…! y cae en mi zapato.

Me meto en la primera tienda que veo. Tengo que comprar unos cigarros. Entro olfateando la nicotina con desesperación. Dirijo mi mano hacia las cajetillas, mientras con la otra hurgo en mi pantalón en busca de dinero.

Entonces me detuve en seco al sentir en la primera mano un objeto frío e impersonal. Abrí la mano, miré, tan sólo era una barra de chocolate.

Por fin saqué el dinero, y aparecieron unas cuantas monedas. Me asalta una repentina sensación. Ya no estoy tan seguro de querer separarme de ellas. Dormían cálidamente al fondo de la bolsa del pantalón y sin pensarlo las he despojado de su refugio. Se ven tan inocentes. Son pequeñas y tienen frío. Despertando de su sueño, la más pequeña abre la boca intentando decir algo. Con su tierno balbucear me dedica unas palabras.

-¡Chinga tu madre!

Sin pensarlo más pago el chocolate y al hacerlo, noto algo que no había notado nunca. Del otro lado del mostrador había una mujer. Al verla, fue como si la mitad de toda la belleza hubiera muerto para cederle su lugar a ella y la odié un poco, porque a la vez, sentí en mi pecho un fuerte deseo por poseerla.

Mientras me cobraba me regaló una sonrisa de cortesía, de esas que te regalan las personas que no quieren parecer antipáticas. Me detuve a admirar las pequeñas motitas rojas de su cara al momento de recibir el cambio.

Rápido, piensa en algo inteligente que decirle.
¿Has notado lo feo que se ha puesto el clima?
No. Muy estúpido.
¿Sales con alguien?
Muy precipitado.
Nena, ¿no me encuentras atractivo?
Eso es aún más estúpido.
Si huyeras conmigo, yo cuidaría de ti.
Eso sería mentira.
Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida y si estas libre me gustaría conocerte.
Demasiado sincero.

No cabe duda, que lo más inteligente que puedes decir en estas ocasiones es: -hola...

Pues, no me siento muy inteligente.

- ¡Hola!

Responde cerrando los ojos a la vez que meneaba la cabeza y sonreía. Esta vez era una sonrisa genuina, de esas que te brincan a la cara y a golpes, te obligan a sonreír.

- Perdón, paso muy seguido por aquí y este... pues realmente no te había visto.

- ¡Nop! Mi tío es el dueño, sólo vine a tomar unos cursos y me haré cargo de la tienda en mis ratos libres.
- ¿No conoces la ciudad?
- Puees... nop. Era muy pequeña la última vez que vine, así que, creo que eso cuenta como: nop.

¿Nop? ¿Qué clase de persona dice eso? Una muy atractiva.

- ¿No te molesta si me atrevo a ofrecerme para mostrarte la ciudad?
- ¡Nop!

Continúo mi camino. Las sombras brillan en tonos plateados, el sol ilumina mis pasos y me acaricia. Por un momento da la impresión de que todo es absolutamente perfecto. Ni un crepúsculo esmeralda, ni los tres colores que le faltan al arco iris, ni una sobredosis de heroína, podrían ser más hermosos, ni más extraordinarios que este momento.

Es en estas ocasiones cuando sabes que vas a despertar de un momento a otro.

Escrito por OMEGA


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viernes, 23 de diciembre de 2011

EMILY

Emily, como un sueño de rosas negras, con la muerte abismal entre sus blancas piernas, como ave de la noche, como oscura nube de tormenta sin reproche, con sus ojos claros y atentos, sus pechos titilantes e imperfectos, que se esconden temerosos de mis manos bajo las sabanas frías; llegó a mí sin esperarla, indiferente, sentada a mi lado aquella oscura madrugada, y me dijo… me dijo…

-¿A dónde vas andante?

A lo que respondí girando nervioso, brincando del susto y el encanto proveniente de sus secos labios

-Alma en pena, alma errante, me dirijo a apuñalar el pecho de mi amante.

Y la tuerta noche me miró con su único ojo mientras los ángeles iluminaban el horizonte estrellándose en el mar que lloraba por quererte y no poderte desear.

¡Oh Emily! De aquella lejana tierra encumbrada y perfecta, que extraño y añoro, ¡Oh Emily! viva prueba de aquella maravillosa tierra, maravillosa como ella misma, en sus entrañas flamígeras, esconde un secreto mortífero.

¡Oh Emily! Emily como heraldo de la muerte, como cuervo sin alma y sin razón. Y yo te dije, te dije una de aquellas horas peligrosas y mortales: –¿Quién te rompió el corazón?

Y agazapada tu alma en la mas profunda soledad, me clavó el dedo en una de mis mas corroídas llagas haciéndome sangrar, y mentiste: –No tengo corazón, corazón, no tengo. Es el abismo negro mi alma y lo que encierra en mi pecho es poco menos que una húmeda pieza de carbón.

Y el aislamiento, confidente mío, es mi único amigo, y el dolor mi único amante. Vete ya pues farsante, no me hagas hablar, no me tengas simpatía, no me mires de ese modo, no me sonrías ¡No me toques! ¡Huye de mí! ¡Tunante!

Emily con arañas en el rostro, ¿por qué vienes aquí entonces, y me buscas?; cuando termines conmigo te iras con otro. Azuzada por el hambre, atizada por el cruel látigo del frío. ¿Por que no te abandonas? ¿Por que no te rindes a mis brazos amor mío?

Me miraste con tus ojos negros y dijiste: –No. Tú que has atendido, tú que te conmueves por esta sombra gris en el lodo, si pudiese te lo daría todo. Pero no puedo.

Bella nombrada Emily, como garfio en la orca, cuelgas transparente, coqueteando con la boca amarga de la mala suerte. Como libro abierto cuelgas con tus páginas desgarradas, repletas de historias en lágrimas narradas, a la espera de que algún lector se atreva a mirar, y quien lo haga, se encontrará las más terribles cosas. Si, las más terribles y las más maravillosas.

¡Oh Emily! ¡Desdichada flor del abismo! Inoportuna desafortunada, como puñal en mis entrañas te clavas en mi alma en terciopelo recubierta de temores.

¡Oh! Pobre alma mía partida y perdida, sin alivio y sin perdón. ¡Que se derrita y se diluya si en su dicha no está tu corazón! Que se pierda acuchillada, que languidezca desangrada. Pobre espíritu mío sin aliento y sin tu amor.

¡Oh Emily! ¡Triste muerta en vida amada mía! ¡Que me aterra tenerte y me quiebra perderte! ¡Asesíname ahora! Con tu dulce boca emponzoñada, o piérdeme para siempre. Finiquítame y vuelve como cuervo a los negros ojos dominantes de la mala muerte.

¡Aniquílame pues Emily! Inyecta tu veneno, si sólo así he de hacerte sonreír ¡Clava la poción de tu desdicha en mis entrañas, báñame con tu dolor, rocíame con el perfume de la muerte! Y en la mutua desdicha encontremos el consuelo del amor: -te dije.

Y tus nacarados dientes afilados, se clavaron justo a un lado de mi alma, desgarraste mi carne en esa apartada esquina, esa oscura madrugada en ese lúgubre hotel de paso.

¡Oh! Emily como la fortuna negra, como la sombra de mi estampa, jamás podré apartarte de mí. Con tu miel como ponzoña infectaste mis sentidos,  mi carne, mis entrañas…

Y el reflejo de la luna irritada brillaba en mi sangre salpicada sobre el suelo de caoba, y el reflejo de mi alma aterrada gritaba, gritaba: ¡llévame contigo! no dejes que nos separe el olvido, y mis ojos angustiados… se apagaron. ¡Oh…! Emily.

La oscuridad como tu abrazo... Emily, la oscuridad como tu beso apasionado, y mi cuerpo en el piso tirado.

Desperté buscando a mi dama ¡Oh Emily! y me encontré con que entre sombras, siguiendo a la noche marchaste de regreso a los fúnebres dominios de la mala muerte.

Dejando en mi pecho esta flama lóbrega, oscura como el aliento del infierno, me abandonaste a mi suerte dejando dos pequeños puntos carmesí perdidos en mi blanco cuello que bailan separados, distantes pero acompañados. ¡Te fuiste! ¡Oh Emily! Dulce hada negra mía.

Y contigo acuchillándome en la cruel memoria, regresé a casa ¡Oh Emily traidora! Desnudo y desarmado, me enviaste de regreso con el bien amado. Pero no me resigno. Necio como soy, ¡Oh Emily de ojos finos!, mientras al anochecer me corto las venas, espero que el olor a sangre esparcido por el viento te fustigue, espero a que vengas.

Y mi amante duerme tendida, segura e ingenua, triste alma sin pena, que entre sueños, pienso intuye, el largo camino fuera del infierno que le espera.


FIN

03/marzo/2008


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miércoles, 7 de diciembre de 2011

21 lecturas para Omega y Klau

21 lecturas para Klau y Omega

1.- El padrino Mario Puzo
2.- Azteca Gary Jennings
3.- Yo Claudio Robert Gravez
4.- Quijote - Cervantes
5.- Corazon- Edmundo de Amicis
6.- La divina Comedia - Dante Aligheri
7.- Cien años de soledad - G.G. Marquez
8.- La Odisea - Homero
9.- Alicia - Lewis Carrol
10.- El ultimo mohicano - James Cooper
11.- Moby Dick - Herman Melville
12.- Robinson Crusoe - Daniel Defoe
13.- De la tierra a la luna - JV
14.- Ivanhoe - Walter Scott
15.- 20 mil leguas - JV
16 .- Viaje al centro de la tierra - JV
17.- David Copperfiel - Charles Dickens
18.- Viajes de Gulliver - Jonathan Swift
19 .- El retrato de Dorian Grey - Oscar Wilde 
20.- Juan Sebastián Buitre - Dolph Sharp
21.- Kane y Abel - Jeffrey Archer  (Recomendado)


21 Peliculas para Klau y Omega

1.- El resplandor
2.- El padrino
3.- Billy Eliot
4.- Bee movie
5.- Naranja Mecanica
6.- Matrix
7.- El gran pez
8.- Azul profundo
9.- Eso/It
10.- 7 samurais
11.- Planet Terror
12.- Amantes del circulo polar
13.- Viaje de Chihiro
14.- Old Boy Chang-wook pak
15.- El castillo vagabundo
16.- Media noche en paris- Woody Allen
17.- Guerreros del bronx
18.- Wizard of Oz
19.- Pulp Fiction
20.- Club de la pelea
21.- La raíz del miedo


Me faltaron varias aquí.

martes, 13 de septiembre de 2011

Un sueño borroso


Le doy el último jalón a mi cigarro. Inhalo hasta el filtro antes de tirarlo con un chasquido de los dedos. La brasa cae girando al pavimento. Un vehículo colectivo tipo combi se estaciona frente a mí. Una llanta de caucho extingue la última chispa de mi juventud.

Se abre la puerta con un rugido metálico. Las personas bajan y sienten el calor de golpe. Meto las manos en la gabardina. El putazo del aire acondicionado más el olor de alguien ahí dentro me trae de golpe el recuerdo de estarme subiendo a un urbano en Xalapa. De inmediato me viene su imagen y su olor… bueno más bien el de su ropa guardada en roperos de roble. Y finalmente, en vez de desencajarme del mundo con la esperanza de topármela de frente, después de tantos años, sonrío con un muy buen recuerdo.

Hace 10 años era distinto. Esta gabardina la vengo cargando desde entonces. Hacía frío y estaba enamorado de una niña que conocí en Xalapa. Yo no tenía nada que hacer ahí esa tarde, ese día, o en ese lugar, sólo recorrí medio país para tomarme unas cervezas con un amigo. Nada complicado supongo, sólo nos gusta la cerveza.

No sé qué es lo que ella estaba haciendo ahí, en ese momento. Sólo recuerdo que me miró primero. Sentí sus ojos recorrerme desde los pies hasta la cara. Y fue cuando sus ojos se toparon con los míos que me desencajó del mundo.

Desencajado, así me sentí. Ya sabes, esa sensación de no pertenecer, ni allá de donde vienes, ni aquí en donde quieres estar.

Subí al bus sudando, estremecido, con el corazón palpitando a mil kilómetros por segundo, que si se me hubiese salido del pecho igual ni iba a ningún sitio, porque sabía que su lugar estaba ahí, junto a ella, en el asiento que discretamente había reservado para mí.

Se llamaba Elizabeth, y ya, ahí se detuvo mi vida. En ese momento que se extiende por el tiempo, hacía atrás y hacía adelante, hasta la eternidad. Fue maravilloso.

Me empeñé en buscar y pronto conseguí un discreto trabajo en una cafetería; meses después dejé la casa de mi amigo para mudarme con ella y hacer el amor el resto de nuestra existencia. La vida resplandecía adornada por nuestros momentos juntos, pequeños diamantes que consiguieron su mayor brillo cuando me dejó.

Es normal que en Xalapa halla mucha gente de fuera, jóvenes que llegan a estudiar y se quedan a hacer sus vidas, por eso tomé con normalidad que anunciara su partida. Iba a su tierra a tramitar algunos papeles de algo que no me explicó, y que no me atreví a preguntar. Me apuntó un teléfono para localizarla y la vi subirse a un autobús. Hacía frío esa mañana. Al despedirnos, se quitó su gabardina y me cubrió con ella.

La esperé varios meses, hasta que su ropa empezó a adquirir ese olor a ropa guardada. Está de más decir que desde la primera noche y muchas veces más marqué al número que me había dejado. La respuesta fue invariable sin importar la hora del día o el lugar de donde llamara. El número había sido cancelado.

Al principio caí en negación, después en desamor, y pasé de emborracharme los fines con mi amigo a emborracharme donde fuera. Me sentía desencajado. Sin pertenecer a los brazos de donde venía, ni a la soledad que abrazaba, así que, una noche muchos meses después, capitulé. Empaqué sus cosas y se las di a mi amigo para que las guardara. Ya sabes, sólo por si acaso. Por si aparecía preguntando por ellas… o por mi. Una pequeña trampa dejada en el tiempo, para volver a saber de ella.

Regresé a casa. La vida continuó como si nunca me hubiese ido. Volví a parrandear con los vecinos, ir al billar con los primos, y a salir con las mismas chicas de siempre, tú entiendes. Seguí con mi vida donde la había dejado.

Un verano, caminando por el parque Central, la vi de reojo como un sueño borroso debajo de un árbol, entre la torre de la iglesia y el quiosco. Un súbito estremecimiento me pateó los huevos.

Desde que la vi hasta que caminé hacia ella, no pasaron más de 20 segundos. Preguntas como ¿qué está haciendo aquí? ¿Se acordará de mí? ¿Tendrá familia? ¿Me amará como yo a ella?, no pasaron por mi mente. Creo que estaba bloqueado. Todo se resumía a esa sensación de estar desencajado, de no pertenecer al momento y el lugar en donde estaba, como si los tres años que habían pasado no fueran más que tres meses, tres días, tres minutos.

Me acerqué tembloroso. Cada vez más nervioso a cada paso hasta distinguirla claramente. Mi sudor se puso helado. Fue como si me golpearan con una charola de hielo. No había nadie, sólo un arbusto siluetado por la sombra y mi astigmatismo.

FIN

Dedicado al amor que hace a un hombre  recorrer el mundo para nada

lunes, 12 de septiembre de 2011

¿Donde Estás?


Le doy el último jalón a mi cigarro. Inhalo hasta el filtro antes de tirarlo con un chasquido de los dedos. La brasa cae girando al pavimento. Un vehículo colectivo tipo combi se estaciona frente a mí. Una llanta de caucho extingue la última chispa de mi juventud.

Se abre la puerta con un rugido metálico. Las personas bajan y sienten el calor de golpe. Meto las manos en la gabardina. Espero mi turno para subir.

Hace 10 años era distinto. Esta gabardina la vengo cargando desde entonces. Hacía frío y estaba enamorado de una niña que conocí en Xalapa. Yo no tenía nada que hacer ahí esa tarde, ese día, o en ese lugar, sólo recorrí medio país para tomarme unas cervezas con un amigo. Nada complicado supongo, sólo nos gusta la cerveza.

No sé que es lo que ella estaba haciendo ahí, en ese momento. Sólo recuerdo que me miró primero. Sentí sus ojos recorrerme desde los pies hasta la cara. Y fue cuando sus ojos se toparon con los míos que me desencajó del mundo.

Desencajado, así me sentí. Ya sabes, esa sensación de no pertenecer, ni allá de donde vienes, ni aquí en donde quieres estar.

Subí al bus sudando, estremecido, con el corazón palpitando a mil kilómetros por segundo, que si se me hubiese salido del pecho igual ni iba a ningún sitio, porque sabía que su lugar estaba ahí, junto a ella, en el asiento que discretamente había reservado para mí.

Se llamaba Elizabeth, y ya, ahí se detuvo mi vida. En ese momento que se extiende por el tiempo, hacía atrás y hacía adelante, hasta la eternidad. Fue maravilloso.

Conseguí un discreto trabajo en una cafetería, y meses después dejé la casa de mi amigo para mudarme con ella y hacer el amor el resto de nuestras vidas. La vida era brillante, adornada por nuestros momentos juntos, pequeños diamantes que consiguieron su mayor brillo cuando me dejó.

Es normal que en Xalapa halla mucha gente de fuera, jóvenes que llegan a estudiar y se quedan a hacer sus vidas, por eso tomé con normalidad que anunciará su partida. Iba a su tierra a tramitar algunos papeles de algo que no me explicó, y que no me atreví a preguntar. Me dejó un teléfono para localizarla y la vi subirse a un autobús. Hacía frío esa mañana. Al despedirnos, se quitó su gabardina y me cubrió con ella.

La esperé varios meses, hasta que su ropa empezó a adquirir ese olor a ropa guardada. Está de más decir que desde la primera noche y muchas veces más marqué al número que me había dejado. La respuesta era invariable sin importar la hora del día o el lugar de donde llamara. El número había sido cancelado.

Admito que caí en negación. Pasé de emborracharme los fines con mi amigo a emborracharme donde fuera. Me sentía desencajado. Sin pertenecer a los brazos de donde venía, ni a la soledad que anidaba, así que, una noche muchos meses después, capitulé. Empaqué sus cosas y se las di a mi amigo para que las guardara. Ya sabes, sólo por si acaso. Por si aparecía preguntando por mí… o por sus cosas. Una pequeña trampa dejada en el tiempo, para volver a saber de ella.

Volví a casa. La vida ahí continuó como si nunca me hubiese ido, sin embargo, de pronto, sin importar que estuviera a cientos de kilómetros de Xalapa, veía una silueta o una sombra que de inmediato me arrancaban del mundo, como si fuera ella en persona y no una mala pasada de subconsciente. El hecho de no saber de donde era me hacía pensar que podríamos estar en la misma ciudad, y que llegaríamos a encontrarnos. No había nada peor que eso, eran como puñaladas que me daba la vida. Y esa mierda fue por años... por años.

Bueno… en la mañana iba para el hospital a ver mi abuelo. Ya sabes que tiene cáncer…. Me subí al bus y el putazo del aire acondicionado más el olor de alguien ahí dentro me trajo de golpe el recuerdo de estarme subiendo a un urbano en Xalapa. De inmediato me vino la imagen de Elizabeth, y su olor… bueno más bien el de su ropa guardada en roperos de roble. Y finalmente, luego de caminar tanto tiempo con la esperanza de topármela de frente,  después de tantos años, en lugar de desencajarme del mundo, su recuerdo, me da un motivo para sonreír. 

Por Omega.

NOTA DEL AUTOR (omega):
Inspirado en las aventuras de Conejo Blanco, y dedicado al mismo con todo mi aprecio.