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sábado, 25 de febrero de 2012

2.5 – La cosa se complica

Desperté cayéndome de la cama. Estaba sudando. Comencé a palparme los brazos y la cara mientras el despertador hacía su escandaloso: “beep… beeep”. Tenía una sensación bastante culera y rara. Mi cuerpo se sentía chueco, como si me lo hubiera puesto mal. No sé si alguna vez te ha pasado que tienes unas mallas para el frío, pero se las prestas a un amigo, y cuando te las devuelve ya no te quedan. Te las pones pero quedan chuecas, como si se hubieran adaptado a su cuerpo, y ya nunca las puedes volver a usar. Pues eso es lo que sentí en ese momento, sólo que en todo el cuerpo. En especial la pierna derecha. Me estorbaba.

Me vestí y bajé las escaleras pensando(desde luego que primero apagué el despertador). Trataba de dilucidar que diablos había pasado esa noche. Estaba seguro de que no había sido un sueño. No recordaba como diablos había llegado a casa, pero eso no era sorpresa. Después de la cantidad de drogas y alcohol que me había metido esa noche, lo sorprendente es que siguiera vivo. La pierna me estorbaba mucho.

El día anterior había conocido a este tipo en el camión. Se hacía llamar DG, que a mi me sonó a marca de historietas. Me invitó a tomar unos tragos: “sólo tengo 15 años”, le dije esperando que él entendiera algo así como: “hey, soy muy chico para tus perversiones, y no soy estupido. No iré”. A lo que él contestó: “pues por como apestas, lo que tienes son 15 caguamas y 15 churros de mota encima. Pero si tienes miedo no”.

¿Miedo?, ¡¿Yo, miedo?! Vamos a poner esto en perspectiva. Ahí estaba yo, un puberto chaquetero, con este tipo que me doblaba en tamaño, y fuerza, que descaradamente me arrebató mi libro de historietas, con el que había soñado pocos días antes, y que sabía que había soñado con él. De hecho, sabía todo lo que nos habíamos dicho en ese sueño que según Freud sólo sucede en mi cabeza, lugar donde nadie más que yo puede meterse… Creo que eso de por si es bastante como para cagarse en los pantalones. ¡Por supuesto que tenía miedo! Pero a los 15 años no puedes reconocer eso. Es peor que el suicidio social. Admitir que tienes miedo equivale a ser un gallina, una chillón, un mariquita, un pussy, un homosexuado; convertirte en objeto de las burlas. Es algo que puede perseguirte hasta salir de vacaciones.

Por el otro lado, no había nadie ahí que fuera a delatarme. ¿Quién iba a decirles? ¿DG iba a ir a mi escuela a decirle a todo el mundo, “hey miren al bubu llorón?”. ¡Desde luego que no! Simplemente podía negarme y saldría librado.

-¿Dónde me dijiste que estudiabas? –dijo tallándose la cabeza-, ah, si. En el Bachillerato 01 ¿Verdad? –y sonrió.

-Está bien, vamos por esos tragos… -dije valiente-, pero te lo advierto –agregué tratando de parecer mayor-, tengo que pedir permiso en mi casa.

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viernes, 17 de febrero de 2012

1- El otro lado del espejo


¿Cómo es del otro lado? Pues… así a ciencia cierta no tengo idea. Habría que preguntarle a Omega. Es él el que pasa a este lado y toma el control. Tú sabes, llega y toma las riendas. Cuando eso pasa no sé que sucede la mayoría de las veces. Pero en algunas ocasiones (raras, por cierto), llega un punto en el que parece que llegáramos a ser uno mismo, y no los dos lados opuestos de un espejo. Es como si nos fusionáramos, y nuestros mundos se sincretisan.  Eso, es a lo que yo llamo estar del otro lado.

Y no es tan diferente a nuestro mundo. También hay cantinas y borracheras, hospitales, parques, escuelas, calles estériles y callejones sombríos, lideres políticos y gobernantes. Es exactamente lo mismo pero diferente, como nebuloso. Parece que flotaras cuando caminas. Tu cuerpo, tu ropa, la vida misma se siente más ligera. Se siente mejor. Piensa en la mejor borrachera que hayas tenido, el viaje con hierba mas elevado que te hayas dado, el momento en que te hayas sentido más satisfecho de ti mismo, y súmale mil orgasmos. Es mierda. Estar ahí es mejor. Resulta ser un viaje muy adictivo. Aquí no existe aquello de “lo voy a dejar antes de quedar enganchado”. Basura. Con una vez basta para querer regresar… Si llegaste una vez, estás jodido. Siempre vas a querer más. Si fuera por ti te quedarías el resto de tus días pero es imposible. De un modo u otro siempre regresas. A veces despiertas en tu cama, a veces en una ambulancia rumbo al hospital. Lo que te pase en ese lugar, te va a doler de vuelta en casa.

Resulta ser como un sueño muy adictivo. Uno en el que todas las personas que conozcas, tienen una contraparte. Yo les llamo su “versión B”. Hay una versión B de ti, de tu hermano, tus padres, tu mejor amigo y hasta tu novia, y viceversa. O sea, que cualquier persona que conozcas de ese lado, tiene una versión A en este mundo. Y pueden ser muy diferentes entre ellos. A veces hasta se aborrecen.

Tú mismo podrías sorprenderte al encontrarte, si es que algún día llegas a ir. Si aquí eres un don nadie, ahí puedes ser el rey del mundo, o tener alas, o ser una versión femenina de ti mismo. Las diferencias pueden ser sutiles o sustanciales. Puede ser un simple cambio de carácter, o de forma. Las posibilidades son vastas. Podrías ser un simple predicador, o un maldito asesino hijo de puta. Ese es el verdadero problema, porque, verás… (y esto es importante si es que piensas intentarlo). Si tú estás allá, quiere decir, que tu versión B está viviendo tu vida, y lo que haga, se queda, esperando para joderte tan pronto regreses. 


CONTINUA EN: El conflicto del libro de historietas

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jueves, 1 de octubre de 2009

1 – EL HOMBRE AL QUE TEMES

Yo soy aquel del que has oído. Soy un grano de arena, una gota de agua, un susurro en el viento, una chispa de fuego, un silbido. Yo soy de quien te han contado; la palabra no dicha, la letra no dada, el numero sin enumerar. Yo soy aquel cuya caricia has sentido, cuando estas solo, tienes hambre y hace frío. Soy sobre quien te han advertido; la luna que eclipsa el sol; el crepúsculo, la hora fijada; yo soy el lucero de la mañana.

Yo soy el pequeño cuerno asomándose a través del seco muñón ocular de un tuerto. Yo soy el ojo: el testigo. Yo soy la bestia, la serpiente antigua, el becerro de oro: el usurpador. Yo soy el lobo: el devastador. Yo soy el anciano, el mendigo, yo soy el caído. Soy la sombra cerniéndose en el valle de la muerte; el hostigador. Yo soy la corona de espinas, el vinagre, la lanza, la tercera cabeza, la séptima trompeta, el cuarto jinete. Yo soy la espada, y la carne que se desgarra. Soy la peste, soy la sarna. Soy el cuervo sin alas. Soy aquel a quien no amas y dejas detrás.

Yo soy el niño perdido.

Soy la herida, soy el pus, soy la costra; soy la cruz. Soy el mudo, soy el sordo; soy la carne, soy el vino. Yo soy el canario podrido, la senda de la mano izquierda, el arcoíris negro, la fruta prohibida. Soy todo lo que nunca pudiste tomar, aquel que te susurra en el oído cosas que no quieres pensar. Yo soy el tentador.

Yo soy de quien no quieres saber, el gusano que se retuerce en el fondo de una botella de alcohol. Soy la hidra que vive bajo la cama de tus hijos. Yo soy el dedo con que tapas al sol, la paja que no te deja ver el bosque, la mierda en tus rodillas, soy la mancha de semen en la falda de tus hijas. Soy la piedra en tu zapato, el cáncer en tus pulmones, la sarna que no te puedes rascar.

Yo soy el dedo que te señala: el acusador.

Soy el vendedor de mentiras: el recolector; el que tira la piedra y esconde la mano, aquel que bebe, fuma y usa drogas: soy el maldito, el proscripto y el caído. Soy la gran mentira del mundo que cobija a las almas sin amparo. Yo soy el redentor.

Yo soy la estrella prometida, el nuevo orden: el dictador; la cruz de hierro, la bala: soy la sangre sobre el suelo y las lágrimas que se resbalan. Soy el purificador

Soy aquel que no respeta las leyes ni cree en Dios. Soy inmoral, antimoral, anti-vivo, soy un maldito vampiro, el maldito seis, seis, seis, el anticristo. Crucifícame con tus balas de plata. Aniquílame.

Yo soy tu maldito chivo expiatorio.
Y estoy aquí para expiar todos tus pecados.

martes, 11 de agosto de 2009

EL INEVITABLE COMIENZO

Y ¿Dónde estoy? Doblo en la esquina y de nuevo la sensación de no haber estado nunca en este lugar; es sólo una calle anónima más, a pesar de tener la seguridad de haberla recorrido cientos de veces; sólo el frío que azota mi cuerpo y la sombra sobre la ciudad, me recuerdan que es mi hogar… Al menos me aferro a pensar que lo es. Buscó puntos de referencia pero no los hay. El polvo blanco que cae del cielo lo ha cubierto todo. Debajo suyo estructuras han crecido como enredaderas encima de las existentes para fusionarse en una nueva, o las han invadido como parásitos hasta devorarlas.

Justo aquí, bajo las grises nubes, entre las manadas de bestias metálicas, donde los niños que juegan abrigados en la calle esnifan el maravilloso polvo azucarado en la acera y cientos de miles de desconocidos vienen y van entre los comercios semifijos extendidos como si fueran hongos silvestres, de esos que si comes un trozo te hacen pequeñito; entre las tiendas dispuestas sobre las calles, como un gran bazar multicolor, concurrido, peligroso y discordante, debería haber una estación de tren subterráneo. Debería pero no lo hay.

La busco con la mirada desconcertado y me pongo nervioso al ser invadido por la duda en mí mismo. Abro la boca y algo acido se me escapa. Sube retorciéndose por el aire hasta cristalizarse por el frío, y cae sobre la acera. De inmediato perros y niños hambrientos se lanzan sobre ella y despedazándola la devoran, mientras los ángeles, educados, no hacen nada más que mirar y esperar, limpiándose la comisura de los labios.

Y cuando los hambrientos se retiran, los ángeles escarban en la nieve con sus garras, me miran con sus ojos rojos y sepultan mi fe. Si es la fe en mi mismo, o en los demás, aun esta por verse.

Quizás me equivoqué de calle – me digo en silencio –quizá doblé a la izquierda donde debí haber doblado a la derecha, quizá hice mal, tal vez debería regresar.

-Tal vez no debí haberme ido – me respondo en voz alta y sigo de frente hundiendo mis pasos en la nieve.

Todo luce diferente recubierto por los años bajo la cellisca, y sin embargo, está esta sensación de familiaridad. Esta sensación de hogar, y los indómitos ángeles me miran esperando que deje escapar algo más de mí.

Las ciudades se parecen a las personas; crecen al mismo ritmo que el mundo humano, y los humanos se forman del modo en que las ciudades los moldean. Hay algunas de ánimo maravilloso, de corazón decorado y embellecido; también las hay volubles y caprichosas, que cambian de animo según sea verano u otoño, depende que tan pronto lleguen y se vallan las estaciones ese año. Hay otras con el alma bruna y un agujero negro en el corazón.

En sí son mas vivas que los campos o los mares. Suena irónico, pero es más bien paradójico. Los campos, los mares, los valles, y todos los sitios naturales se transforman a un ritmo sin compás con el hombre. Son por si mismos inmortales, hasta que los hombres los matan. Y de esas muertes nacen las ciudades. Nacen del dolor, se crían en las heridas, crecen de las decepciones, se adaptan a los cambios, y mueren ante la indiferencia del mundo ¡son tan humanas las ciudades!

Se mueren y de sus restos se alimenta la siguiente; su descendiente, su vástago; su hija se la traga a una velocidad tal, que únicamente aquellos que nunca han abandonado su cobijo, no sentirán el cambio, hasta que ellos mismos cambien.

De cierto modo es como dejar de ver a una persona muchos años y reencontrarla. Su cuerpo es diferente; es mas ancho o delgado, su cara ha cambiado, sus pómulos se han hinchado o su mentón ha perdido fortaleza; sus ideas son distintas, las cosas que le importaban ahora importan una mierda. Las luchas sostenidas han dejado la recompensa esperada; tantas heridas como para no querer seguir luchando y regalar. Aun así, bajo los kilos de más y las cicatrices, en la profundidad de sus ojos torvos o cansados, se alcanzan a percibir los vestigios de aquella persona a la que llegaste a conocer, querer o amar.

¿Será que te volveré a encontrar?

Igual pasa con las ciudades, particularmente me pasa con esta que había perdido, y en mi pérdida la busqué aquí y allá, dentro de los cajones, bajo la cama, bajo la ropa sucia, entre las sabanas, entre las nubes, y en el mar. Y ahora que la encuentro la hallo desconocida, y a la vez tan familiar.

Doy unos pasos más. Sentado en la calle frente a un prostíbulo un anciano sin piernas pide dinero con las manos extendidas, acurrucado en una esquina, con los ojos cerrados y la cabeza tiesa, como si estuviese dormido, o muerto. Nadie nota la diferencia, tampoco a nadie le importa. Es difícil decir si la escarcha en su cara fueron gotas abandonadas por el fresco rocío matinal, o si simplemente son lágrimas endurecidas.

Cuando la gente dice que ésta ciudad es un moustro, no se refiere al tamaño, o a su complejidad, sino a su naturaleza. Si le das la espalda un instante es capaz de tragarte. Esta hambrienta y engulle todo lo que puede: a los débiles, a los desposeídos, a la gente sin hogar… a los inocentes. No se pude confiar en ella. Se reinventa una y otra vez para que los viajeros no puedan regresar a casa.

Con la mochila en la espalda clavándose en mis hombros y la ropa humedecida y muda, entre la nieve y el metal con las retorcidas chimeneas humeantes a lo alto y a lo lejos, no soy capaz de hallar el camino. Miro al cielo buscando una señal pero incluso la estrella prometida le teme a esta ciudad.

Me siento desolado, quizás sea el hambre, quizás es sólo que no sé adonde ir. Talvez es porque nada tengo, nada poseo y nada quiero poseer. Sin embargo, me hace tanta falta tener. Aunque se esperanzas, pero necesito tener algo, para poder aferrarme y no caer.

No tengo idea si estoy regresando o estoy yendo, porque no tengo ningún lugar al cual volver, ni ninguno a donde ir. Únicamente cuento con una persona que podrá recibirme en esta ciudad, pero ni sé bien como dar con él y ni siquiera logro encontrar la maldita estación del metro.

El hambre comienza a golpearme el estomago. Es como estar embrazado, sientes las pataditas, y si la ignoras, va por un picahielo. Cuento las monedas que tengo en la bolsa del pantalón con los dedos, acariciando sus metálicas caras. Ya sé cuanto dinero tengo pero lo cuento de todos modos esperando encontrar más: rara vez sucede. No tengo suficiente para permitirme una comida, por lo que pienso en comprar unas galletas para salir del paso. Pero ni me muevo. Me quedo mudo y pensativo, porque si compro las galletas, y no logro dar con él, necesitaré ese dinero para más adelante. A la vez, me dan ganas de entrar al putero, pedir alcohol y dejarme. Beber mucho alcohol, y dejarme, que sólo bebiendo alcohol me siento pleno, satisfecho, lleno, hinchado, inflamado, pero feliz. Empeñaría mi corazón, total no vale nada, por un trago. Daria mis manos por un tarro helado de cerveza. Y mi alma, si no la hubiese apostado, la cambiaría por una botella de ron. Me podría acabar mi vida completa de un trago si en una copa la sirvieran. Pero le tengo miedo al hambre, así que tomo una moneda y me rasguña defendiéndose, y sin sacarla de la bolsa aprieto el puño decidido a jugarme la vida por unas simples galletas, sin dejar de suspirar por las cervezas que nunca serán.

Entonces de un jalon en la espalda me arrancan la mochila. Volteo y es una niña que me ha robado y huye. Una niña suficientemente mayor como para ir a la cárcel por robo, pero no lo suficiente como para fijarme en ella sin sentirme culpable. E impresionantemente, aunque veo como se aleja con mi mochila entre sus manos, me tomo el tiempo de pensar todo lo anterior y mirar su trasero, antes de correr tras ella.

La chica se adentra en el tianguis callejero. Empujando gente, brincando sobre los puestos, tirando todo lo que estorbe en su camino ahí va, y yo tras ella, jadeando por deshabito a la altura, agotado por la falta de sueño, hambreado, y sin condición física, dando desesperados respiros de aire helado que entra rompiéndome la madre, entumiendo por dentro mis músculos, mientras voy sudando.

¿Qué nunca se cansa? Tengo la sensación de que cada vez va más rápido. Tal vez soy yo el que va más lento cada vez. Comienzo a ver pequeñas luces de colores en el aire. Como luciérnagas de colores explotan en brillantes cascadas fosforescentes a manera de fuegos artificiales. Entonces cuando respirar se vuelve prioritario, me detengo. Agitado dejo que se pierda entre la gente. Trato de calmarme mientras expulso un ahogado -¿qué me ven? – a los mirones. Pero mis palabras faltas de aire parecen caer en oídos sordos y los luminosos insectos explosivos en mi cabeza comienzan a apagarse.

Así que, con poco dinero, y sin cosas… -Estoy jodido –Me digo a mi mismo abatido, a la vez que me parece oír un risita traviesa e infantil. Levanto el rostro y ahí esta ella, con mi mochila en sus brazos, con una enorme sonrisa y sus ojos gigantes como soles eclipsados por una mirada triste – te gané – dice con familiaridad, como si fuéramos niños jugueteando en el patio trasero de la casa de nuestros padres.

¿He? ¿Te gané? ¿Qué quiere decir eso? ¡Maldita sea! Otra vez estoy hablando solo.

-Niña – digo recuperando el aliento
-No me digas niña, tengo 20.
-Y muy bien acomodados – respondo para mi –trae acá esto – digo arrebatándole la mochila.
-¡Ya! No pensaba robarte
-Debería llamar a la policía – le digo revisando desesperado el contenido.
-¿Y le dirías que? ¿Que te quería robar la mochila que tienes en las manos?
-Podría ser… - agrego desconcertado, descubriendo que nada me falta. Tampoco es que tuviera mucho.
-Como sea, los azules casi no se paran por aquí.
-¿Y se puede saber a que vino todo esto?
-Sólo me divierto.
-¿He?
-Si, me divierto. Los turistas siempre vienen con esa cara de “ojala no me pase nada”. Sólo les juego travesuras.
-Imagino que nunca has robado nada –digo sarcástico – y yo no soy un turista.
-En serio, siempre les devuelvo las cosas. Y para no ser turista te veías muy desubicado, igual que ahora, pero mas espantado. No pude resistirlo, fue muy divertido. Ojala hubieras visto tu cara.
-¿Verdad? Ojala todos pudiéramos vernos la cara sin necesidad de reflejarnos.
-¿Y de donde vienes?
-¿Qué te hace pensar que vengo de algún lugar?
-La mochila, la barba de cinco días y la cara de turista.
-No soy turista. Vengo del lugar del que todos vienen, supongo.
-¿Si? ¿Y vas al lugar al que todos van?
-Estoy tratando de cambiar eso. ¿Cómo te llamas niña?
-¡Que no soy una niña!
-Ha ¿no?
-No. Soy un hada.
-Un hada… mira que interesante. Creí que las hadas alcanzaban la mayoría de edad a los 150 y no a los 20 – digo irónico.
-Bueno, es que yo soy un hada de una clase diferente.
-¿Así? ¿De que clase?
-De la diferente.
-Mira… y hay mas hadas como tú en el lugar del que vienes imagino – señalé mirando a mi alrededor, buscando un camino por el cual huir.
-No. No hay mas hadas como yo en el mundo. Soy única
-Pensé que eras un hada diferente y ahora resulta que eres única… decídete
-Bueno, es que como soy la única hada de mi tipo, soy diferente al resto de las demás que hay en el mundo.
-¿Así? Oye ¿la gente por aquí siempre es tan indiferente?
-No son indiferentes.
-¿No? – corrimos, tiramos cosas, hicimos un escándalo y la gente inmutada, si esto no es indiferencia, entonces tengo que revisar el diccionario.
-No. Lo que pasa es que no pueden vernos; somos invisibles – y fácilmente lo habría creído, pero crecí desde la última vez que conocí a una mujer hermosa. Ya no me creo sus palabras con facilidad.
-Es verdad, por tus poderes de hada –sigo sarcástico.
-No es así. Tú y yo somos obra de la imaginación de un niño que tiene miedo de crecer.
-¿Tú crees? Deja que aprenda a masturbarse vas a ver como se le quita el miedo. Bueno niña, tengo que irme.
-No soy una niña.
-Lo que seas. Me voy.
-¿Y a donde iras?
-Este… voy a casa de un amigo sólo que… –Respondí con la mirada perdida en las tiendas y la gente sobrepuesta una sobre otra.
-No tienes idea de donde esta el metro ¿verdad?
-¿Cómo sabes que busco el metro?
-Magia de hada.
-A bueno… pero no soy turista.
-No, claro que no. Y yo no soy un hada – me dijo adelantándose – yo te llevaré – agregó con un guiño coqueto.
-¿No deberías avisarle a tus padres?
-No tengo padres. Nací de una lágrima que escurrió por la cara de una princesa al perder su verdadero amor.

Bueno… pero aun tengo hambre, pienso mientras el hada se adelanta sin mirar detrás. Si la dejo avanzar demasiado la perderé… y sin ella… bueno, mejor me apuro.

-¡Espera! ¡Niña Hada! – digo levantando la voz mientras la gente que viene mezclándose con la que va nos separa. Apresuro el paso buscándola pero no la veo y me parece imposible encontrarla. La gente se mezcla en una uniforme plasta de carne policromática que lo engulle todo, quien entra ahí, deja de ser uno mismo para convertirse en la plasta.

-Es imposible que depositara mis esperanzas en ella ¡diablos! – me reprocho cuando una mano toma la mía y me jala.

-¡Ey! No te quedes atrás, o tendré que patearte hasta que mueras. –Me dice la Niña Hada en tono severo.

Me siento un poco tonto por el hecho de ser regañado por una niña, otro tanto por desconfiar, pero lo que me hace sentir como un verdadero estupido es tener que agarrarle la mano como un niño para no perderme. Y del mismo modo, ciego y con resignación me dejo guiar, esperando que ella lo haga mejor que mi madre.

-Oye… - le digo jalando su mano de modo suplicante.
-¿Ahora que?
-¿Podemos comprar unas galletas?

Escrito por Omega

EN EL METRO

Uno aprende muchas cosas. Se aprende a amar, a dejar de amar, a luchar, a no dejarse vencer, y a confiar en un completo desconocido.
-¿Estás segura de que conoces el camino, Niña Hada?
-Nadie está seguro de eso. Pero conmigo llegarás más lejos que por tu cuenta.
Subimos al metro sin decirnos una palabra. Aun no era tarde así que casi no hubo empujones ni manoseos y nos tocó un vagón parcialmente vacio. Sin embargo preferimos ir de pie. Algunas personas se veían cansadas y cabeceaban en su asiento, otras más bien se veían amargadas como si tuviesen un limón en la garganta, algunos otros parecían indiferentes, pero todos tenían esa mirada torva y desencantada de las personas desengañadas.
Algunos se veían peligrosos, otros asustados, pero la verdad es que al final uno no sabe con quién se mete. El mas aterrado y débil puede reaccionar clavándote un tenedor en el ojo a la mínima provocación, mientras el más confiado podría orinarse en una situación amenazante.
Unas prostitutas en el fondo parecían payasos con sus coloridas diminutas y vulgares prendas, y con todo ese maquillaje corrido en su cara describiendo torcidas sonrisas forzadas. Me figuraba que unos chicos emo en la otra esquina eran malabaristas que jugaban con navajas. Una anciana tuerta y jorobada junto a la puerta era el fenómeno del lugar. Un hombre y su gata hambrienta en una jaula eran el domador y la bestia. El maestro de ceremonias era un ciego vestido con un viejo traje violeta roto en los costados. Usaba sombrero de copa y le daba vueltas a una caja musical en medio del lugar.
Tuve la sensación de que todas estas personas habían sido tragadas por la ciudad maldita, pero me pareció natural, uno se vuelve parte del ambiente poco a poco hasta que el ambiente se lo traga. Sin embargo por más natural que fuera no dejaba de alarmarme. Las ciudades que conocí no transforman a su gente en criaturas peligrosas y oscuras. Y eso es lo que me parecían en ese instante: lobos, cuervos y hienas acechando a la espera de cualquier provocación para desatarse. No debía importarme en realidad, yo mismo soy producto de esta ciudad después de todo, pero llevaba tanto tiempo fuera que todo me resultaba familiar y desconocido a la vez. Y lo desconocido es por naturaleza: amenazador.
Hice acopio de valor para cuidar a la Niña Hada, olvidando por un rato, que ella venia cuidándome a mí.
Esta gente simplemente no quiere que la molestes – me dije – y si te molestan, te bajas en la primera estación.
Entonces un hombre que acababa de subir extendió un impermeable amarillo en el piso, de una mochila sacó cientos de trozos de vidrio que alguna vez fueron, según reconocí, botellas de cerveza, ron barato y aguardiente. Los regó sobre el impermeable. Se quitó los zapatos y la playera. Caminó sobre ellos una vez, y otra vez. Se acostó de espaldas y boca abajo. Rodó como perro y se levantó con una sonrisa extendiendo los brazos como si estuviera recibiendo una ovación de su público.
- No entiendo a esa gente – dijo el Hada - ¿Esta mariguano o que le pasa?
- No. –Respondí. – Simplemente está desesperado.
El hombre pasó con la mano extendida por cada rincón del vagón sin decir una palabra. Algunos le dieron dinero, yo no. Cuando no le di nada, me miró desafiante a los ojos sin dejar de sonreír y con la mano extendida. Vio de reojo a la Niña Hada e hizo un gesto lascivo. Exhaló en mi cara y claramente percibí su odio. Era un odio añejado de las ms pura cosecha. De esos odios que se adquieren y se guardan en el lugar más oscuro posible y lo dejas ahí por los años que sean necesarios para dejar de pensar en él, pero que nunca olvidas.
Recogió sus cosas. En la siguiente parada se pasó al vagón contiguo y repitió el acto.
Tal vez me odió porque no me amedrenté al enfrentarlo, sin saber que sólo fingí no hacerlo; tal vez porque me vio limpio, sin saber que me bañé en el baño de la estación cuando llegué. Tal vez me odió porque me vio joven, sin saber que mi única chance de no terminar como él, es justamente eso, que soy joven. Pero eso se acaba rápido y no son muchas mis opciones.
Tal vez me odió porque no me he rendido.
Uno aprende muchas cosas. Aprende a amar, a dejar de amar, pero también se aprende a rendirse cuando es necesario, y también se aprende a odiar.
Tal vez me odió porque el odio es útil. Es bueno cuando se sabe templar. Porque el odio da fuerza para mantenerse con vida: para no rendirse en la desesperación.
Pero hay otra cosa que uno aprende sin la cual el odio, inútil, estaría condenado a estrellarse sobre las rocas en olas de rabia: el hambre.
La gente no sabe tener hambre, apenas sienten esas punzadas ardientes, como un feto con un desarmador dentro de su barriga, y corren a llenarse la boca. Pero los no afortunados aprenden a llevarla consigo a donde van, como su pequeño ángel guardián.
- Y no es fácil.
- ¿Qué no es fácil?
- ¿He? Nada, soy yo hablando sólo… de nuevo.
- Ha bueno. Me tengo que bajar en la próxima parada.
- ¿He?
- Si. Pero no te preocupes. Tú vas a las “Águilas”, ¿no? Te tienes que bajar en la parada que tiene la figura de una carpa de circo – dijo señalando un letrero rayado sobra una ventana en la que aparecían las diferentes paradas de la ruta. – Faltan como cinco.
- ¿Y porque es una carpa de circo si son “Águilas”?
- Porque ahí vas a tomar un camión que te llevé a las “Águilas”. En el que veas un dibujo como de un zopilote en ese te subes ¿sí? – dijo mientras el tren subterráneo salía de la oscuridad perdiendo velocidad.
- Si…
- Estarás bien
- Espero que sí.
- No fue pregunta.
El tren se detuvo.
- ¡Ha! Bien, bien… gracias por la fe.
Se abrieron las puertas, me miró y me pareció que sus ojos brillaban, pero sólo era el reflejo de un foco.
- Ya puedes soltarme.
- Ha carajo – lo había olvidado. La solté.
- ¿Te volveré a ver? – pregunté mientras bajaba del vagón. Ella dio media vuelta se tocó el labio inferior con el dedo índice y meditando un segundo respondió -¿en esta ciudad? –Y las puertas se cerraron mientras el tren comenzaba a andar dejándola detrás.
- Yo sabré encontrarte – quise creer que dijo mientras abanicando su mano movía los labios y me decía adiós.
Uno aprende muchas cosas. Se aprende a amar, a dejar de amar, a luchar, a confiar en un completo desconocido, a odiar, y a tener hambre. Eso lo manejo bien. Lo que no tengo es…
- Valor, muchacho, valor – murmuré apretando el puño; cogiéndome a mí mismo; dándome ánimos; mirando mi alrededor y temblando mientras el gusano metálico que cabalgaba se hundía en a la oscuridad bajo la tierra y los ojos de los lobos, los cuervos y las hienas comenzaban a brillar.

Escrito por Omega