Uno aprende muchas cosas. Se aprende a amar, a dejar de amar, a luchar, a no dejarse vencer, y a confiar en un completo desconocido.
-¿Estás segura de que conoces el camino, Niña Hada?
-Nadie está seguro de eso. Pero conmigo llegarás más lejos que por tu cuenta.
Subimos al metro sin decirnos una palabra. Aun no era tarde así que casi no hubo empujones ni manoseos y nos tocó un vagón parcialmente vacio. Sin embargo preferimos ir de pie. Algunas personas se veían cansadas y cabeceaban en su asiento, otras más bien se veían amargadas como si tuviesen un limón en la garganta, algunos otros parecían indiferentes, pero todos tenían esa mirada torva y desencantada de las personas desengañadas.
Algunos se veían peligrosos, otros asustados, pero la verdad es que al final uno no sabe con quién se mete. El mas aterrado y débil puede reaccionar clavándote un tenedor en el ojo a la mínima provocación, mientras el más confiado podría orinarse en una situación amenazante.
Unas prostitutas en el fondo parecían payasos con sus coloridas diminutas y vulgares prendas, y con todo ese maquillaje corrido en su cara describiendo torcidas sonrisas forzadas. Me figuraba que unos chicos emo en la otra esquina eran malabaristas que jugaban con navajas. Una anciana tuerta y jorobada junto a la puerta era el fenómeno del lugar. Un hombre y su gata hambrienta en una jaula eran el domador y la bestia. El maestro de ceremonias era un ciego vestido con un viejo traje violeta roto en los costados. Usaba sombrero de copa y le daba vueltas a una caja musical en medio del lugar.
Tuve la sensación de que todas estas personas habían sido tragadas por la ciudad maldita, pero me pareció natural, uno se vuelve parte del ambiente poco a poco hasta que el ambiente se lo traga. Sin embargo por más natural que fuera no dejaba de alarmarme. Las ciudades que conocí no transforman a su gente en criaturas peligrosas y oscuras. Y eso es lo que me parecían en ese instante: lobos, cuervos y hienas acechando a la espera de cualquier provocación para desatarse. No debía importarme en realidad, yo mismo soy producto de esta ciudad después de todo, pero llevaba tanto tiempo fuera que todo me resultaba familiar y desconocido a la vez. Y lo desconocido es por naturaleza: amenazador.
Hice acopio de valor para cuidar a la Niña Hada, olvidando por un rato, que ella venia cuidándome a mí.
Esta gente simplemente no quiere que la molestes – me dije – y si te molestan, te bajas en la primera estación.
Entonces un hombre que acababa de subir extendió un impermeable amarillo en el piso, de una mochila sacó cientos de trozos de vidrio que alguna vez fueron, según reconocí, botellas de cerveza, ron barato y aguardiente. Los regó sobre el impermeable. Se quitó los zapatos y la playera. Caminó sobre ellos una vez, y otra vez. Se acostó de espaldas y boca abajo. Rodó como perro y se levantó con una sonrisa extendiendo los brazos como si estuviera recibiendo una ovación de su público.
- No entiendo a esa gente – dijo el Hada - ¿Esta mariguano o que le pasa?
- No. –Respondí. – Simplemente está desesperado.
El hombre pasó con la mano extendida por cada rincón del vagón sin decir una palabra. Algunos le dieron dinero, yo no. Cuando no le di nada, me miró desafiante a los ojos sin dejar de sonreír y con la mano extendida. Vio de reojo a la Niña Hada e hizo un gesto lascivo. Exhaló en mi cara y claramente percibí su odio. Era un odio añejado de las ms pura cosecha. De esos odios que se adquieren y se guardan en el lugar más oscuro posible y lo dejas ahí por los años que sean necesarios para dejar de pensar en él, pero que nunca olvidas.
Recogió sus cosas. En la siguiente parada se pasó al vagón contiguo y repitió el acto.
Tal vez me odió porque no me amedrenté al enfrentarlo, sin saber que sólo fingí no hacerlo; tal vez porque me vio limpio, sin saber que me bañé en el baño de la estación cuando llegué. Tal vez me odió porque me vio joven, sin saber que mi única chance de no terminar como él, es justamente eso, que soy joven. Pero eso se acaba rápido y no son muchas mis opciones.
Tal vez me odió porque no me he rendido.
Uno aprende muchas cosas. Aprende a amar, a dejar de amar, pero también se aprende a rendirse cuando es necesario, y también se aprende a odiar.
Tal vez me odió porque el odio es útil. Es bueno cuando se sabe templar. Porque el odio da fuerza para mantenerse con vida: para no rendirse en la desesperación.
Pero hay otra cosa que uno aprende sin la cual el odio, inútil, estaría condenado a estrellarse sobre las rocas en olas de rabia: el hambre.
La gente no sabe tener hambre, apenas sienten esas punzadas ardientes, como un feto con un desarmador dentro de su barriga, y corren a llenarse la boca. Pero los no afortunados aprenden a llevarla consigo a donde van, como su pequeño ángel guardián.
- Y no es fácil.
- ¿Qué no es fácil?
- ¿He? Nada, soy yo hablando sólo… de nuevo.
- Ha bueno. Me tengo que bajar en la próxima parada.
- ¿He?
- Si. Pero no te preocupes. Tú vas a las “Águilas”, ¿no? Te tienes que bajar en la parada que tiene la figura de una carpa de circo – dijo señalando un letrero rayado sobra una ventana en la que aparecían las diferentes paradas de la ruta. – Faltan como cinco.
- ¿Y porque es una carpa de circo si son “Águilas”?
- Porque ahí vas a tomar un camión que te llevé a las “Águilas”. En el que veas un dibujo como de un zopilote en ese te subes ¿sí? – dijo mientras el tren subterráneo salía de la oscuridad perdiendo velocidad.
- Si…
- Estarás bien
- Espero que sí.
- No fue pregunta.
El tren se detuvo.
- ¡Ha! Bien, bien… gracias por la fe.
Se abrieron las puertas, me miró y me pareció que sus ojos brillaban, pero sólo era el reflejo de un foco.
- Ya puedes soltarme.
- Ha carajo – lo había olvidado. La solté.
- ¿Te volveré a ver? – pregunté mientras bajaba del vagón. Ella dio media vuelta se tocó el labio inferior con el dedo índice y meditando un segundo respondió -¿en esta ciudad? –Y las puertas se cerraron mientras el tren comenzaba a andar dejándola detrás.
- Yo sabré encontrarte – quise creer que dijo mientras abanicando su mano movía los labios y me decía adiós.
Uno aprende muchas cosas. Se aprende a amar, a dejar de amar, a luchar, a confiar en un completo desconocido, a odiar, y a tener hambre. Eso lo manejo bien. Lo que no tengo es…
- Valor, muchacho, valor – murmuré apretando el puño; cogiéndome a mí mismo; dándome ánimos; mirando mi alrededor y temblando mientras el gusano metálico que cabalgaba se hundía en a la oscuridad bajo la tierra y los ojos de los lobos, los cuervos y las hienas comenzaban a brillar.
Escrito por Omega
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