Y ¿Dónde estoy? Doblo en la esquina y de nuevo la sensación de no haber estado nunca en este lugar; es sólo una calle anónima más, a pesar de tener la seguridad de haberla recorrido cientos de veces; sólo el frío que azota mi cuerpo y la sombra sobre la ciudad, me recuerdan que es mi hogar… Al menos me aferro a pensar que lo es. Buscó puntos de referencia pero no los hay. El polvo blanco que cae del cielo lo ha cubierto todo. Debajo suyo estructuras han crecido como enredaderas encima de las existentes para fusionarse en una nueva, o las han invadido como parásitos hasta devorarlas.
Justo aquí, bajo las grises nubes, entre las manadas de bestias metálicas, donde los niños que juegan abrigados en la calle esnifan el maravilloso polvo azucarado en la acera y cientos de miles de desconocidos vienen y van entre los comercios semifijos extendidos como si fueran hongos silvestres, de esos que si comes un trozo te hacen pequeñito; entre las tiendas dispuestas sobre las calles, como un gran bazar multicolor, concurrido, peligroso y discordante, debería haber una estación de tren subterráneo. Debería pero no lo hay.
La busco con la mirada desconcertado y me pongo nervioso al ser invadido por la duda en mí mismo. Abro la boca y algo acido se me escapa. Sube retorciéndose por el aire hasta cristalizarse por el frío, y cae sobre la acera. De inmediato perros y niños hambrientos se lanzan sobre ella y despedazándola la devoran, mientras los ángeles, educados, no hacen nada más que mirar y esperar, limpiándose la comisura de los labios.
Y cuando los hambrientos se retiran, los ángeles escarban en la nieve con sus garras, me miran con sus ojos rojos y sepultan mi fe. Si es la fe en mi mismo, o en los demás, aun esta por verse.
Quizás me equivoqué de calle – me digo en silencio –quizá doblé a la izquierda donde debí haber doblado a la derecha, quizá hice mal, tal vez debería regresar.
-Tal vez no debí haberme ido – me respondo en voz alta y sigo de frente hundiendo mis pasos en la nieve.
Todo luce diferente recubierto por los años bajo la cellisca, y sin embargo, está esta sensación de familiaridad. Esta sensación de hogar, y los indómitos ángeles me miran esperando que deje escapar algo más de mí.
Las ciudades se parecen a las personas; crecen al mismo ritmo que el mundo humano, y los humanos se forman del modo en que las ciudades los moldean. Hay algunas de ánimo maravilloso, de corazón decorado y embellecido; también las hay volubles y caprichosas, que cambian de animo según sea verano u otoño, depende que tan pronto lleguen y se vallan las estaciones ese año. Hay otras con el alma bruna y un agujero negro en el corazón.
En sí son mas vivas que los campos o los mares. Suena irónico, pero es más bien paradójico. Los campos, los mares, los valles, y todos los sitios naturales se transforman a un ritmo sin compás con el hombre. Son por si mismos inmortales, hasta que los hombres los matan. Y de esas muertes nacen las ciudades. Nacen del dolor, se crían en las heridas, crecen de las decepciones, se adaptan a los cambios, y mueren ante la indiferencia del mundo ¡son tan humanas las ciudades!
Se mueren y de sus restos se alimenta la siguiente; su descendiente, su vástago; su hija se la traga a una velocidad tal, que únicamente aquellos que nunca han abandonado su cobijo, no sentirán el cambio, hasta que ellos mismos cambien.
De cierto modo es como dejar de ver a una persona muchos años y reencontrarla. Su cuerpo es diferente; es mas ancho o delgado, su cara ha cambiado, sus pómulos se han hinchado o su mentón ha perdido fortaleza; sus ideas son distintas, las cosas que le importaban ahora importan una mierda. Las luchas sostenidas han dejado la recompensa esperada; tantas heridas como para no querer seguir luchando y regalar. Aun así, bajo los kilos de más y las cicatrices, en la profundidad de sus ojos torvos o cansados, se alcanzan a percibir los vestigios de aquella persona a la que llegaste a conocer, querer o amar.
¿Será que te volveré a encontrar?
Igual pasa con las ciudades, particularmente me pasa con esta que había perdido, y en mi pérdida la busqué aquí y allá, dentro de los cajones, bajo la cama, bajo la ropa sucia, entre las sabanas, entre las nubes, y en el mar. Y ahora que la encuentro la hallo desconocida, y a la vez tan familiar.
Doy unos pasos más. Sentado en la calle frente a un prostíbulo un anciano sin piernas pide dinero con las manos extendidas, acurrucado en una esquina, con los ojos cerrados y la cabeza tiesa, como si estuviese dormido, o muerto. Nadie nota la diferencia, tampoco a nadie le importa. Es difícil decir si la escarcha en su cara fueron gotas abandonadas por el fresco rocío matinal, o si simplemente son lágrimas endurecidas.
Cuando la gente dice que ésta ciudad es un moustro, no se refiere al tamaño, o a su complejidad, sino a su naturaleza. Si le das la espalda un instante es capaz de tragarte. Esta hambrienta y engulle todo lo que puede: a los débiles, a los desposeídos, a la gente sin hogar… a los inocentes. No se pude confiar en ella. Se reinventa una y otra vez para que los viajeros no puedan regresar a casa.
Con la mochila en la espalda clavándose en mis hombros y la ropa humedecida y muda, entre la nieve y el metal con las retorcidas chimeneas humeantes a lo alto y a lo lejos, no soy capaz de hallar el camino. Miro al cielo buscando una señal pero incluso la estrella prometida le teme a esta ciudad.
Me siento desolado, quizás sea el hambre, quizás es sólo que no sé adonde ir. Talvez es porque nada tengo, nada poseo y nada quiero poseer. Sin embargo, me hace tanta falta tener. Aunque se esperanzas, pero necesito tener algo, para poder aferrarme y no caer.
No tengo idea si estoy regresando o estoy yendo, porque no tengo ningún lugar al cual volver, ni ninguno a donde ir. Únicamente cuento con una persona que podrá recibirme en esta ciudad, pero ni sé bien como dar con él y ni siquiera logro encontrar la maldita estación del metro.
El hambre comienza a golpearme el estomago. Es como estar embrazado, sientes las pataditas, y si la ignoras, va por un picahielo. Cuento las monedas que tengo en la bolsa del pantalón con los dedos, acariciando sus metálicas caras. Ya sé cuanto dinero tengo pero lo cuento de todos modos esperando encontrar más: rara vez sucede. No tengo suficiente para permitirme una comida, por lo que pienso en comprar unas galletas para salir del paso. Pero ni me muevo. Me quedo mudo y pensativo, porque si compro las galletas, y no logro dar con él, necesitaré ese dinero para más adelante. A la vez, me dan ganas de entrar al putero, pedir alcohol y dejarme. Beber mucho alcohol, y dejarme, que sólo bebiendo alcohol me siento pleno, satisfecho, lleno, hinchado, inflamado, pero feliz. Empeñaría mi corazón, total no vale nada, por un trago. Daria mis manos por un tarro helado de cerveza. Y mi alma, si no la hubiese apostado, la cambiaría por una botella de ron. Me podría acabar mi vida completa de un trago si en una copa la sirvieran. Pero le tengo miedo al hambre, así que tomo una moneda y me rasguña defendiéndose, y sin sacarla de la bolsa aprieto el puño decidido a jugarme la vida por unas simples galletas, sin dejar de suspirar por las cervezas que nunca serán.
Entonces de un jalon en la espalda me arrancan la mochila. Volteo y es una niña que me ha robado y huye. Una niña suficientemente mayor como para ir a la cárcel por robo, pero no lo suficiente como para fijarme en ella sin sentirme culpable. E impresionantemente, aunque veo como se aleja con mi mochila entre sus manos, me tomo el tiempo de pensar todo lo anterior y mirar su trasero, antes de correr tras ella.
La chica se adentra en el tianguis callejero. Empujando gente, brincando sobre los puestos, tirando todo lo que estorbe en su camino ahí va, y yo tras ella, jadeando por deshabito a la altura, agotado por la falta de sueño, hambreado, y sin condición física, dando desesperados respiros de aire helado que entra rompiéndome la madre, entumiendo por dentro mis músculos, mientras voy sudando.
¿Qué nunca se cansa? Tengo la sensación de que cada vez va más rápido. Tal vez soy yo el que va más lento cada vez. Comienzo a ver pequeñas luces de colores en el aire. Como luciérnagas de colores explotan en brillantes cascadas fosforescentes a manera de fuegos artificiales. Entonces cuando respirar se vuelve prioritario, me detengo. Agitado dejo que se pierda entre la gente. Trato de calmarme mientras expulso un ahogado -¿qué me ven? – a los mirones. Pero mis palabras faltas de aire parecen caer en oídos sordos y los luminosos insectos explosivos en mi cabeza comienzan a apagarse.
Así que, con poco dinero, y sin cosas… -Estoy jodido –Me digo a mi mismo abatido, a la vez que me parece oír un risita traviesa e infantil. Levanto el rostro y ahí esta ella, con mi mochila en sus brazos, con una enorme sonrisa y sus ojos gigantes como soles eclipsados por una mirada triste – te gané – dice con familiaridad, como si fuéramos niños jugueteando en el patio trasero de la casa de nuestros padres.
¿He? ¿Te gané? ¿Qué quiere decir eso? ¡Maldita sea! Otra vez estoy hablando solo.
-Niña – digo recuperando el aliento
-No me digas niña, tengo 20.
-Y muy bien acomodados – respondo para mi –trae acá esto – digo arrebatándole la mochila.
-¡Ya! No pensaba robarte
-Debería llamar a la policía – le digo revisando desesperado el contenido.
-¿Y le dirías que? ¿Que te quería robar la mochila que tienes en las manos?
-Podría ser… - agrego desconcertado, descubriendo que nada me falta. Tampoco es que tuviera mucho.
-Como sea, los azules casi no se paran por aquí.
-¿Y se puede saber a que vino todo esto?
-Sólo me divierto.
-¿He?
-Si, me divierto. Los turistas siempre vienen con esa cara de “ojala no me pase nada”. Sólo les juego travesuras.
-Imagino que nunca has robado nada –digo sarcástico – y yo no soy un turista.
-En serio, siempre les devuelvo las cosas. Y para no ser turista te veías muy desubicado, igual que ahora, pero mas espantado. No pude resistirlo, fue muy divertido. Ojala hubieras visto tu cara.
-¿Verdad? Ojala todos pudiéramos vernos la cara sin necesidad de reflejarnos.
-¿Y de donde vienes?
-¿Qué te hace pensar que vengo de algún lugar?
-La mochila, la barba de cinco días y la cara de turista.
-No soy turista. Vengo del lugar del que todos vienen, supongo.
-¿Si? ¿Y vas al lugar al que todos van?
-Estoy tratando de cambiar eso. ¿Cómo te llamas niña?
-¡Que no soy una niña!
-Ha ¿no?
-No. Soy un hada.
-Un hada… mira que interesante. Creí que las hadas alcanzaban la mayoría de edad a los 150 y no a los 20 – digo irónico.
-Bueno, es que yo soy un hada de una clase diferente.
-¿Así? ¿De que clase?
-De la diferente.
-Mira… y hay mas hadas como tú en el lugar del que vienes imagino – señalé mirando a mi alrededor, buscando un camino por el cual huir.
-No. No hay mas hadas como yo en el mundo. Soy única
-Pensé que eras un hada diferente y ahora resulta que eres única… decídete
-Bueno, es que como soy la única hada de mi tipo, soy diferente al resto de las demás que hay en el mundo.
-¿Así? Oye ¿la gente por aquí siempre es tan indiferente?
-No son indiferentes.
-¿No? – corrimos, tiramos cosas, hicimos un escándalo y la gente inmutada, si esto no es indiferencia, entonces tengo que revisar el diccionario.
-No. Lo que pasa es que no pueden vernos; somos invisibles – y fácilmente lo habría creído, pero crecí desde la última vez que conocí a una mujer hermosa. Ya no me creo sus palabras con facilidad.
-Es verdad, por tus poderes de hada –sigo sarcástico.
-No es así. Tú y yo somos obra de la imaginación de un niño que tiene miedo de crecer.
-¿Tú crees? Deja que aprenda a masturbarse vas a ver como se le quita el miedo. Bueno niña, tengo que irme.
-No soy una niña.
-Lo que seas. Me voy.
-¿Y a donde iras?
-Este… voy a casa de un amigo sólo que… –Respondí con la mirada perdida en las tiendas y la gente sobrepuesta una sobre otra.
-No tienes idea de donde esta el metro ¿verdad?
-¿Cómo sabes que busco el metro?
-Magia de hada.
-A bueno… pero no soy turista.
-No, claro que no. Y yo no soy un hada – me dijo adelantándose – yo te llevaré – agregó con un guiño coqueto.
-¿No deberías avisarle a tus padres?
-No tengo padres. Nací de una lágrima que escurrió por la cara de una princesa al perder su verdadero amor.
Bueno… pero aun tengo hambre, pienso mientras el hada se adelanta sin mirar detrás. Si la dejo avanzar demasiado la perderé… y sin ella… bueno, mejor me apuro.
-¡Espera! ¡Niña Hada! – digo levantando la voz mientras la gente que viene mezclándose con la que va nos separa. Apresuro el paso buscándola pero no la veo y me parece imposible encontrarla. La gente se mezcla en una uniforme plasta de carne policromática que lo engulle todo, quien entra ahí, deja de ser uno mismo para convertirse en la plasta.
-Es imposible que depositara mis esperanzas en ella ¡diablos! – me reprocho cuando una mano toma la mía y me jala.
-¡Ey! No te quedes atrás, o tendré que patearte hasta que mueras. –Me dice la Niña Hada en tono severo.
Me siento un poco tonto por el hecho de ser regañado por una niña, otro tanto por desconfiar, pero lo que me hace sentir como un verdadero estupido es tener que agarrarle la mano como un niño para no perderme. Y del mismo modo, ciego y con resignación me dejo guiar, esperando que ella lo haga mejor que mi madre.
-Oye… - le digo jalando su mano de modo suplicante.
-¿Ahora que?
-¿Podemos comprar unas galletas?
Escrito por Omega
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