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domingo, 9 de enero de 2011

5 -LA VIDA CONTIGO

La vida contigo fue inesperada, peligrosa; a veces fría, a veces tórrida y otras tantas veces: temible. Venturosa y desgraciada.  Como el vuelo de las águilas, maravillosa, pero desesperada.

Algunos días llegabas tranquila, algunos complicada, y algunos otros simplemente no llegabas; y esos fueron días sin fin. Días largos y angustiantes, que se desvanecían a lado de los rápidos y violentos días en los que estrechándome contra tu pecho me amabas. Días en lo que hacíamos el amor bajo las estrellas. Aun me sorprende como te las ingeniabas para intercalar todos esos momentos que duran un instante, con aquellos otros que duran para siempre.

Algunas noches como esta, temía a tus labios y al roce de tu cuerpo; como me incendiaba por dentro a cada soplo de tu aliento agitado y voraz. Le temía a tu cabello jugando con el viento y a tus lágrimas chorreando por mi pecho. Tenía miedo de tus ojos y descubrir indiferencia en su mirada, o toparme con su furia. Me aterraban los crepúsculos a tu lado y me estremecían tus besos en mi almohada.

Algunas noches exhalabas fuego, algunas, venías como tallada en hielo, algunas otras como nada que hubiese visto antes, o vuelva a ver jamás.  A veces venías a mí como un ángel inocente, otras te acercabas como un demonio lascivo. Eras una diosa generosa del amor y los placeres; una divinidad rencorosa y vengativa. Y tenía miedo… como sólo a un niño le angustia la oscuridad, de descubrir que te habías ido al despertar.

La vida sin ti, en cambio, era tibia, tranquila, simple, segura y perfecta. Sin grandes sobresaltos, ni grandes dolores. Y por esa misma tibieza, creo, sin grandes alegrías.

FIN

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miércoles, 5 de enero de 2011

4 - POR SI NO TE VUELVO A VER

Quiero decirte que cada elección que hemos tomado, cada paso, cada sueño anhelado, cada pálpito nos ha guiado ineludiblemente a este momento: a la tercera gran casualidad de mi vida. La cual sin proponérnoslo pusimos en marcha años atrás el día en que salimos juntos por ultima vez. En esta banca inerte de parque donde te miro, aquella noche sin estrellas con nuestras manos entrelazadas, hostigamos a mi prima, querida, a que aceptase las proposiciones amorosas de mi amigo. Y nos reímos.
Y no sé como pero nos perdimos. Me perdí yo al menos. Lo único que hice fue seguir mi corazón. Fue mi culpa, no pude encontrarte y me perdí. Supongo que te fallé, que nos fallé a ambos…  que era demasiado tarde, que esperé demasiado y partí con desatino. Que me enrolé en una búsqueda estúpida y sin sentido. La suerte estaba echada supongo. Aunque también creo que pudiste haberme esperado.
Ahora que estoy aquí, me asalta una sensación nostálgica y de dolor, como si toda la sangre de mi cuerpo hubiese sido drenada para ponerme sangre nueva. Pero aun quedan rastros de ti en mis venas.
Sentado me quedo, desolado, buscando cobijo en la noche negligente y sus estrellas sin brillo. Y suspiro. Y a cada profundo latido se agrava mi soledad, porque la gente me detesta; te detesta y detesta que te extrañe en la manera en que lo hago.
Por eso me resistía a volver, sospecho. Pero aunque mi mundo fracturado se halle detenido, el tiempo que he perdido se me acerca. Es un llamado muy fuerte el de mis seres queridos, y volví.
¿Cómo adivinaría que la casualidad sarcástica querría que me lo encontrara a mi regreso?
Lo vi desde que subí al camión, al fondo, pegado a la ventana, vestido de azul, de expresión meditabunda pero distraída. Miré el boleto para confirmar el número de asiento, y me senté junto a él.
-Los deseos –dijo el joven de azul sin dejar de ver por la ventana- son lo que mantienen vivas a las personas. Son lo que, aun cuando todo parece perdido, las anima a salir adelante. Y al final, aunque sea a un precio muy elevado, los más tenaces… los alcanzan. Tal es la furia de los deseos.
Sonreí complaciente.
-¿Crees en las almas gemelas? –agregó.
-Supongo que si –dije y me dormí.
Soñé con aquel sábado particularmente aburrido y nublado en el que no hallé nada que hacer en casa. O en el que mi corazón latió tanto que no me permitió estar tranquilo, y el viento arremolinado en el exterior me invitaba a dejarme arrastrar. Pensé en ir a ver a mi amigo para distraerme un poco. El pretexto ideal para sentir al aire enmarañarse en mi cabello. Salí con las manos en los bolsillos sin imaginar que a pocos pasos antes de llegar a mi destino, él se toparía conmigo.
Si es verdad que cuando uno esta en su último estertor de muerte ve pasar su vida frente a sus ojos, me pregunto si será posible detenerse en un instante y cobijarse ahí por la eternidad. Si fuera de ese modo, sin duda escogería como ultimo refugio aquella tarde invernal en ese parque de coniferas. Chocaría contigo al doblar en la esquina, y me volvería a enamorar.
Pasaríamos la tarde juntos, charlando hasta que la noche cobijara con su manto al mundo y te tuvieses que ir. Entonces esperando a que tomaras un taxi te obligaría a abrazarme antes de verte marchar. Conmocionado, metería las manos en los bolsillos, y me iría por donde vine, para toparme contigo al llegar a la esquina, en donde tu oscuro cabello flotando en el aire te acariciaría de nuevo las mejillas, mientras tus manos sostendrían tu falda levantada por el viento y tendrías frío. Inmediatamente pondría mi chamarra alrededor de tu cuello, abrazándote. Para después charlar hasta que tuvieras que partir. ¡Que maravilloso lugar de descanso seria ese!
Esa banca, ese parque, que sin dudarlo podría contarnos mil historias como la nuestra, apareció ahí, como puesto con ese único propósito, por un vil y simple acto de negligencia.
-Originalmente –me contó mi abuelo- unos setenta años antes en ese lugar se planeó la construcción de un hospital. Pero los inversionistas, en su avaricia, usaron material de mala calidad. Poco después de iniciada la obra un supervisor la detuvo. El grupo de doctores retiro su dinero y desapareció. Con el material sobrante empedraron el piso, esparcieron bancas por todas partes, plantaron algunos árboles y pusieron una fuente. Años después la fuente se hundió, así que sobre ella se construyó un quiosco.
Antes de que te subieras a ese taxi, tuve un destello, y te extendí una invitación para vernos en una semana. Si en ves del parque hubiera estado aquel hospital ¿habríamos caminado juntos? o, sin un lugar donde sentarnos ¿nos hubiésemos ido cada quien por su camino? ¿Cómo saberlo? Lo único cierto es que una semana te pareció demasiado, así que a los tres días llamaste a mi puerta. Y sin aun tomarnos de la mano regresamos a la banca en la que sin saberlo todavía nos habíamos enamorado.
Admito que debajo de mi alegría escondí una inquietud reprimida, una amargura, pues la casualidad que me había favorecido, jugó en contra de aquel compañero de escuela. Sin embargo –¡no puedes dejar de pasar esto que es como de película!– me decía mi hermano adoptivo, mi amigo del alma. Y no lo hice. Mi compañero de colegio me importó un cuerno, en vez de mantenerme quieto y distante, me arrojé sobre ti. Mis manos se apoderaron de tu cuerpo y mis labios de tus ojos radiantes, que cerraste mientras los besaba. Y lo dejaste.
-Porque cuando dos personas desean estar juntas, nada debe interponerse entre ellos –dijiste.
En esa nuestra primera noche nos abrazamos e inundamos de caricias. Me percaté de tu aroma tenue pero delicioso y saboreando cada pequeña partícula de tu fragancia inhale profundo, pausado pero con fuerza, y desperté dando un bostezo.
Miré en mi muñeca el tiempo que faltaba para arribar a casa. El Hombre de Azul miraba aproximarse las montañas.
Es la primera vez que vengo por aquí –me dijo- ahora entiendo porque regresó –y me miró con su cara franca y morena antes de volver su atención a la ventana-. Tengo una novia, bueno, al menos espero que quiera seguir siéndolo cuando la encuentre.
La conocí en la facultad ¿sabes? Y nos enamoramos casi al instante. Ya sabes como es eso ¿no? Es como de película. Con chispas luminosas de colores y todo eso –comenzó a contarme el Hombre de Azul- en fin. Un año antes de graduarnos se mudó a mi departamento. Yo acababa de conseguir un buen puesto en una fábrica, con excelentes prestaciones, buen salario y la oportunidad de hacer carrera en la empresa. De esas oportunidades de una sola vez en la vida, ya sabes cómo es eso  (en realidad no lo sabía, apenas acababa de entrar a trabajar en la misma universidad en la que me había graduado) pero me mandaron a trabajar fuera.  Así que después de graduarnos, me dejó. Dijo que tenía que regresar a su casa y esas cosas mujeriles.
-Luego de estar juntos cuatro años, ahora era una chica de hogar ¿no te parece increíble?
-Si…  -murmuré más para mí que para él.
-Me dijo que la alcanzara –añadió- que si en verdad la amaba la alcanzara ¿y yo? ¿Que hay de mí y de mi oportunidad de volverme un gran empresario? Ella sabía cuanto luché por conseguir ese puesto, en esa empresa, y se le hizo indistinto. Me pareció una injusticia cruel de su parte y dejé que se largara.
-Sabia decisión –le dije al Hombre de Azul tratando de recobrar el sueño.
-Lo mismo pensé en su momento pero, sabes, cuando se frustran, cuando los deseos de dos personas chocan, o cuando llevan a estos por caminos separados, se vuelven la causa de sus padecimientos. Así que heme aquí en su búsqueda. Mi deseo de convertirme en empresario al final no pudo con mi deseo de tenerla a mi lado –dijo finalmente mostrándome una cajita negra que llevaba aferrada a la mano.
-¿Cómo ves? ¿Crees que la encuentre?
-Espero que sí –le dije, y me acordé de ti, y de cómo la vida se me volvió un infierno.
Te busqué en el lugar pactado y sus alrededores. En puntos cercanos y también lejanos. ¡Universidad Capital en Ciudad Capital! Apenas un pequeño punto clavado como un alfiler en el mundo, muy pequeño como para no sentirse solo pero demasiado grande como para encontrarte. Te busqué por años. Y cuando ya me resignaba a no hallarte, cansado y frustrado de la falta de éxito, cuando tu recuerdo empezaba a tornarse brumoso, encontré una carta bajo la puerta del pequeño apartamento donde vivo. La cogí sacudiendo el polvo. Debo barrer mas seguido –murmuré extrayendo una pequeña carpetita blanca envuelta en papel celofán transparente con mi nombre inscrito en un bajo relieve dorado. Era una noticia esperada. Mi mejor amigo, se casaba con mi prima del alma.
Al principio tuve mis reservas. Tenía tanto que no los veía que comenzaba a sentirlos nebulosos y lejanos. Titubeé un poco pero decidí arriesgarme. Decidí volver. Y no estoy muy seguro de porque. Creo que fui tan tonto para pensar que te podría encontrar aquí. A fin de cuentas, mi más grande deseo, lo que me hace continuar en este camino sin sentido, es volverte a ver. Aunque sea sólo una vez.
-No basta con desear –repetía mi amigo cada vez  que le confesaba mis sueños e ilusiones. Hay que luchar por ello. Tú no sabes –decía él- lo que es ver a tu madre trabajando como sirvienta para pagar las cuentas. No sabes lo que es ver a todas esas personas con su ropa cara en lugares exclusivos. Que te hagan menos con la mirada. Y querer, desear tener todo lo que ellos tienen y no poder tenerlo. Pero un día, te aseguro, eso cambiará.
Desde siempre fue tenaz el desgraciado, esa es la causa de haber logrado todo lo que ha hecho a tan corta edad, me supongo. Recuerdo la época en que comenzó a trabajar. Entró de barrendero en un parque infantil los fines de semana. Pero como no ganaba suficiente, por las tardes entraba de mesero en un bar. Recuerdo esa época y creo que fue cuando comenzamos a ser lo que seriamos el resto de nuestras vidas. La época en que mi padre me dijo las dos palabras que más trascendencia han tenido en mi persona: - ¡trabaja huevón!
Aún así no pensaría que esa fue la época en que empezamos a crecer si la segunda advertencia de la adultez no hubiese venido justo de ti. Una tarde en la que los árboles se mecían somnolientos sobre nosotros una hoja intrépida se desprendió y deslizándose en el viento fue a posarse en tu mejilla.
Tomé la hoja otoñal y exclamé acariciando con ella tu cara: hace frío.
Reprimiste una sonrisa, pusiste ojos severos, bruscamente retiraste mi mano de tu rostro y gruñiste.
-¡¿Ya vez?! A ti no te interesa nada.
-Me interesas tú –dije esperando que te callaras y me besaras.
-¡No es verdad! No me escuchas. En un año termina la preparatoria y tu sigues reprobando ¡Prometiste que iríamos juntos a Universidad Capital!
El viento silbó. Nuevas hojas se dejaron caer de los árboles. Te tomé de las manos
-Es sólo un año –dije- te alcanzaré.
-¿Y si ya no estoy ahí? –preguntaste mas molesta que angustiada
-Te buscaré. A cualquier lugar que vayas sin importar que tan lejos estés, te encontraré –respondí y eso pareció hacerte feliz.
-Si dos enamorados van juntos a la universidad estarán juntos para siempre. No lo olvides – añadiste antes de quitarme la hoja seca de la mano y arrojarte a mis brazos.
En realidad era alguien con quien debí hacer un trabajo un día y ya –continuó contando al Hombre de Azul cuando el autobús estaba entrando a la Terminal- pero allí estábamos tomando café. Nos sentíamos muy bien juntos. Tuve la impresión de que la conocía de siempre. No hubo problemas de seducción, ni sexuales. Estaba resuelto; nunca me sentí tan bien –terminó de decir. El camión se detuvo. Tomó su mochila, y desbordamos.
Espero no haberte molestado demasiado, es que estoy muy emocionado y nervioso. Quien sabe, tal vez sólo soy un loco enamorado –me dijo despidiéndose.
Cogí un taxi rumbo a casa de mis padres. Miré la hora y pensé que llegaría a tiempo para desayunar mientras él se perdía en las sombras de mi ciudad natal bajo las agónicas luces de los faros.
Cuando desperté al día siguiente por la tarde, mi madre me preparó el almuerzo mientras mi padre sin quitar la mirada del periódico me mandó a visitar a mis padrinos. Así que lo hice y aproveché para felicitar a la novia. Confieso que no esperaba verlo hasta la boda, pero quiso el hado que me encontrase con mi entrañable amigo de la infancia justo esa noche. Ella misma le marcó para que pasara a buscarme, pues, como unas amigas se la llevarían de fiesta: debes aprovecharlo ahora –exclamó emocionada– después será sólo mío.
Así que nos vimos y fuimos a brindar por sus futuras nupcias al viejo campo de soccer, al cual no íbamos desde la preparatoria. Festejamos que finalmente podríamos llamarnos parientes y después de un rato fui a buscar el boleto para mi viaje de regreso mientras él iba a salvar a mi prima de su despedida de soltera. Si no hubiese quedado de ir por ella, seguro habríamos continuado bebiendo hasta el amanecer. Si sus amigas no hubieran tenido la iniciativa de despedirla como se merece de la soltería, seguramente me hubiera quedado en casa de mis padres viendo TV o jugando ajedrez con mi abuelo. Pero en vez, estaba comprando un boleto para irme lo más pronto posible. No sé porque, sólo fui y lo compré sin pensar.
Los de verde son los disponibles –me dijo la joven castaña de labios sensuales señalando la pantalla de su computadora. La miré atento, a ella pareció incomodarle así que atendí al monitor. Casi el total de lugares estaban ocupados. Al fondo el 17 y 18, uno junto al otro, estaban libres. También lo estaba a medio vagón el numero nueve junto a la ventanilla.
Azuzado por la nostalgia me entraron ganas de mirar las montañas quedarse atrás por la ventana, y como siempre me ha gustado ir a mis anchas estuve a punto de pedir el 17. Pero me detuve a una silaba de pronunciarlo pues mi corazón inexplicable se me adelantó y pidió el nueve.
Después de todo, pensé, el camión esta lleno ¿qué posibilidad hay de que no se ocupe el 18? Pagué el boleto. Salí de la estación; lo vi una vez más para reiterar la hora de salida. Doblándolo lo metí en la billetera. Mendigué un cigarro, y sin nada que hacer, di un paso sin dirección, y luego otro. Metro a metro, calle a calle, inhalo y exhalo, me fui acercando a mi tercera casualidad. Y sin darme cuenta siquiera me encontré en este lugar y me senté porque una noche sin estrellas no la quería desperdiciar.
Entonces, mientras tonteaba melancólico y suspiraba viendo a las parejas que se daban cita en el lugar, volteé y capté una figura conocida: el Hombre de Azul caminando sobre la acera de enfrente. Mis pupilas se dilataron de golpe a la vez que mi corazón se colapsaba. Sentí agudizar cada uno de mis sentidos. El viento me pareció cortante de repente y la noche más fría de lo usual. Las luces me parecieron demasiado brillantes, tanto, que no hubo modo en que la oscuridad me hiciera dudar o me engañase. Tranquilamente andando, agarrada de su mano ibas tú. Noté claramente como se dibujaron las palabras: ¿lo conoces? en su boca cuando me miraste, y el humo blanco que escapó de ella.

Cuando alguien desea algo sinceramente con toda su fuerza, se vuelve realidad –me dijo el Hombre de Azul en el autobús y no le creí hasta este momento, cuando un latido bandido que, sin que lo notaras, te robó una sonrisa al verme de reojo antes de que fingieras no hacerlo, y huyeras.

3 -LA VIDA SIN TI.


La vida esta formada por pequeños ciclos que encadenados unos de otros nos llevan al gran ciclo de la vida, al inevitable regreso al comienzo.

Yo nací una tarde nublada de invierno en un cruce de caminos. Mi llegada estaba programada para los primeros días de primavera, sin embargo el capricho de la naturaleza hizo que el ciclo de mi vida empezara antes de lo esperado. Esa tarde mi padre tuvo un importante compromiso con sus amigos. Un partido por el campeonato de la liga regional de fútbol amateur. Insistió una semana completa a mi madre para que esta aceptara acompañarlo. Ella, que nunca sintió afición por este deporte o ningún otro según recuerdo, cambio de opinión el día del encuentro y alegando su estado se negó a ir. Mi padre, algo molesto, sólo alcanzó a refunfuñar mientras tomaba las llaves del coche, daba un portazo y se iba.

Este es mi día y nada lo va a arruinar –y vaya que fue mi día– dice mi padre cada vez que cuenta esta historia.

Un par de horas después, de improvisto, mientras mi padre anotaba el primer gol de la tarde, a mi madre se le rompía la fuente. Y el par de minutos que mi padre tardó festejando su anotación, fue lo que tardó mi madre en ir a casa del vecino, pedir el teléfono y hablar a sus padres.

Ese día, el vecino había decidió arreglar él mismo su instalación eléctrica, lo que provocó un apagón en toda la casa. Así que cuando llegó mi madre, en vez de estar viendo el noticiero como era su costumbre, estaba discutiendo con su mujer. Aparentemente era un matrimonio caduco y únicamente se soportaban entre ellos gracias a la intervención del televisor. Y ese día, dice mi madre, era el fin de todo. El detonante parecía ser el asalto del que fue víctima la vecina en su propio auto una semana antes. Donde le quitaron, entre otras pertenencias, el auto estéreo. Y eso, sin duda, era lo que mas le dolía a su marido.

Pero viendo la condición de mi madre en ese momento, como toda persona decente, suspendieron su lucha y en cuanto ésta colgó el teléfono la subieron al coche partiendo inmediatamente rumbo al hospital en el momento en que mi padre hacia el segundo tanto del partido.

Una hora antes, en la avenida principal, el chofer de un camión de pasajeros se había quedado dormido provocando un terrible accidente. Era la nota principal en todos los noticieros de la tarde. Daban reportes por radio cada veinte minutos para informar del terrible tráfico, porque estaba imposible.

Por tal hecho, y en el momento en que mi padre anotaba su tercer gol, quedaron como varados en la avenida  –entre un montón de morsas gordas y ruidosas, como tu tía. Pero no lo repitas– dice mi padrino cada que cuenta la historia.

Tras unos minutos de histeria tomó a mi madre entre sus brazos y la cargó hasta conseguir un taxi.

Ninguno quería que le manchara su silloncito, y yo, con la mujer que parecía un geiser a punto de estallar –siempre se ríe en esta parte del relato.

Finalmente hallaron un alma piadosa que los llevó por el libramiento donde tuvo que detenerse en un crucero obedeciendo a los gritos de mi madre que empezaba a darme a luz en el asiento trasero.

-          ¿Te imaginas? Seis goles metí ese día, ¡Seis!, no me vieron ni el polvo.


Cerca de cincuenta años antes varios destinos comerciales se toparon entre si creando la necesidad de diseñar un cruce de caminos cuando se urbanizó la zona. Más lo que fue obrado gracias a la necesidad humana, fue interpretado como un presagio.

-          Quiere decir que viajará mucho –Decía mi abuela- ¡No! en un cruce de caminos pasan muchos caminos, sin ser el mismo uno. Es una mala señal –alegaba mi abuelo.
-          Pamplinas, es sólo un maldito cruce de caminos –dice mi padre al respecto- ¿qué podría ser mejor que meter seis goles en un partido de campeonato?  Menuda sorpresa me llevé al llegar a casa ¡fantástico!

Lo que sólo cuenta cuando esta borracho es que se desmayó al encontrar la nota de mi madre.

Ya pasada la tormenta, los vecinos al ver la asombrosa creación del amor, reconsideraron su relación y aceptaron gustosamente ser mis padrinos a petición unánime.

Así entonces, mi nacimiento, no sólo quedó marcado con un ambiguo presagio, si no que también salvé un matrimonio que ha la postre me regaló dos lindas primas quienes fueron mis mejores amigas de la infancia.

Hay personas, me dijo una de ellas el día de su boda, que vienen al mundo a ayudar con su amor a quienes se cruzan en su camino. Es triste pensar que no hay quien les de amor a ellos.

Pero, mientras yo jugaba con ellas a las escondidas y a los vaqueros, había otra persona, otro niño que jugaba solo a las canicas en un rincón de su escuela. Y mientras yo tenía una hermosa fiesta de cumpleaños numero nueve, sus padres sostenían un pleito legal y un divorcio. Tras eso, su madre se mudó a nuestra ciudad donde se instaló en una humilde casa donde pagaba una renta muy elevada. Y, ubicada tan sólo a cuatro cuadras de la mía, pasarían seis años más antes de que nos cruzáramos.

La primera vez que nos encontramos fue en un partido de fútbol. Una semana antes los chicos de mi cuadra apostaron que podrían ganarle a los chicos de la secundaria Uno. Nos dieron una paliza. Al finalizar se acercó a mí, que siempre pedía la portería, y lleno de soberbia me dijo: –Tú no deberías jugar fútbol: apestas.

Me enfurecí, me llené de rabia, me agité, apreté el puño y, doblando la mirada, me quedé callado. Y es que tenía razón.

Al salir de la secundaria yo quería entrar en la misma escuela de mis primas que asistían a un colegio de paga, pero a mis padres pagar por algo que te da el gobierno siempre les pareció tonto, así que fui directo a la del Estado.

Ideé un plan para no pasar el examen de admisión, así, tendrían que considerar mi petición. Reprobado el examen mi padre me aplicó la disciplina del cinturón de cuero mojado por lo que me esforcé al máximo en entrar al siguiente semestre, que era de arrastre y por tanto me encontré con todos aquellos que estaban repitiendo el grado.  Esa fue la segunda vez que nos hallamos.

Al entrar al colegio mientras me dirigía al salón me sentí incomodo, pues los chicos del curso avanzado miraban con desdén a los de mi grado. Como diciendo “mira a esos burros torpes no tienen remedio”.

Al llegar busqué un lugar desocupado. Ahí me lo volví a topar. Me sorprendió que me reconociera. Y mas que, sonriendo, me invitara a tomar asiento a su lado. No les hagas caso –decía–. No pasa nada, no tienes porque sentirte mal sólo porque ellos terminarán un ciclo antes que nosotros.

Un día en el que reímos demasiado, una mañana en que las cosas daban la impresión de ser estáticas, en un momento en el que sentimos que las cosas serían iguales por siempre, sin saberlo, empezaba a tejerse la trama de la segunda gran casualidad de mi vida. Animados por nuestro corazón, escapamos de clase. Mi amigo me llevó a comprar cigarros y en la tienda, conocí a mi novia.

Desde ese día, al salir de la escuela, bajábamos al parque a comprar cigarrillos y a veces, sólo unas pocas, convencíamos al señor de la tienda para que nos vendiera cervezas. Y de ahí íbamos al campo de soccer a fumar y a beber.

Teníamos que andarnos con cuidado porque algunas ocasiones sucedía que al vigilante se le ocurría hacer su trabajo y al encontrarse con dos menores infractores amenazaba con llamar a la policía, o peor, a nuestros padres. Muchas veces salíamos huyendo abandonando ahí nuestras provisiones y luego por la tarde, cuando calculábamos que todo estaba despejado, volvíamos en busca del cuerpo del delito y hallábamos al poli, de lo lindo, con nuestras cervezas.

Tras lo cual nos despedíamos, el corría a casa a ver la TV y yo corría a verla a ella.

Una tarde en particular, en la que sin decirlo decidimos ver una película en vez de beber, mientras entrábamos a la sala, un compañero del colegio telefoneaba a su novia para verla en una de las cafeterías frente al cine.

Al salir, sentí latir mi corazón. Le pedí a mi amigo que me acompañara a ver a mi novia y él, que siempre ha gustado del olor a café, sugirió caminar por la acera de en frente.

Así pues, sucedió que un día, mientras iba a ver a mi novia, me encontré de frente con ese compañero del colegio acompañado de la suya. Y esa fue la segunda gran casualidad de mi vida. Porque fue el día en que te conocí a ti.

Cuando volví de mis viajes, mi amigo me llevó a comprar, ya no una cerveza, sino un Whisky, ya no unos cigarros, sino unos puros. Y fuimos a fumar y a beber y charlar. A enterarnos de nuestras vidas al viejo campo de soccer. Donde nos abrazamos casi entre lágrimas, al momento que, saliendo de la pequeña caseta de vigilancia, apareció con su charola y su viejo uniforme: el poli.

Algo encorvado, muy envejecido, meneando la macana carcomida por polillas, diciendo con la voz mas alta que pudo, tratando de parecer furioso sin poder contener la nostalgia: ¡¿ustedes de nuevo?!

-          Así es mi poli –dijo mi amigo secándose una gotita de sal– al final, uno invariablemente regresa al lugar donde todo comenzó.

Y en ese momento supimos, que algo entre nosotros había cambiado. No es que ya no fuésemos amigos o que no volviéramos a vernos. Una parte de nosotros, que debió ser el corazón, nos dijo que esa noche bajo la luna algo había terminado, que un ciclo había llegado a su fin, la juventud.

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

2 - LA VIDA SIN MÍ

Uno puede contar su vida... uniendo casualidades que pasan y otras que nunca pasan. La casualidad, decía mi padre, es tan imperceptible como el aleteo de una mariposa y tan poderosa como un tornado. Eso decía él, y puede que tenga razón.

En su juventud, mi padre, sostenía un amorío con una bella mujer a la que había conocido por casualidad en un viaje escolar al norte del estado. Ahí, en una cantina con sus amigos, apostó cincuenta pesos a que podría conseguir la dirección de la dama de rojo sentada en la barra. No sólo ganó la apuesta, sino una cita y una noche de pasión servida entre copas de vino.

La alegre sorpresa fue grande cuando supo que esta dama de rojo radicaba en la misma ciudad que él, y al igual, sólo estaba de viaje estudiantil. Así entonces, la casualidad jugo a favor de ambos esa vez.  Y al despedirse prometieron que al regresar se volverían a ver.

            Una tarde, tiempo después, mi padre se quedó profundamente dormido tras la comida. Al despertar, recordó amodorrado, que tenía que verla a las cinco de la tarde. Miro su reloj espantado y este, marcando las cinco con treinta, le gritó que era tarde. Salió veloz como relámpago; ni quince minutos le llevó arreglarse.

            La estación de metro se encontraba a media cuadra de su casa.  En su prisa, en vez de usarlo, que en un día común tardaría otros veinte minutos más en llevarlo, tomó un taxi.

A las cinco en punto de la tarde en la alameda la dama de rojo, obsesionada con la puntualidad, decidió ir a buscarlo. Desde ese momento hasta que el metro la llevó a su destino transcurrieron poco más de cuarenta minutos. Si mi padre hubiese decidido usar el metro, se hubiesen topado de frente en la salida de la estación.

Mas atrás aun, si hubiese decidido ir directo a dormir aquel día al volver del colegio en vez de ir a jugar fútbol o, si simplemente se hubiese mantenido despierto hubiera llegado a tiempo y nada hubiera pasado. Inclusive, si la noche anterior su madre no se hubiese aliviado de aquel resfriado, no hubiera habido póquer de los miércoles y él no se habría desvelado sirviendo copas a los tíos. El hubiera no existe.

Ese día por la mañana, en el colegio de monjas “Las Piadosas Hermanas Del Sagrado Corazón De Jesús Bañado En Vino Por Las Manos De Su Madre, Su Padre y El Espíritu Santo Hasta El Fin De Todos Los Tiempos y Después De La Resurrección Del Padre Santo Que Todo Lo Puede, Amen”  ubicado del lado de la ciudad que no es este. Una chica intentaba introducir un tarot al recinto. Las monjas, previendo actos tan atroces como ese, revisaban diariamente las pertenencias de todas las estudiantes para cerciorarse que no metieran objetos malsanos e impuros. Pero ese día, justo dos turnos antes de ser revisada, resbaló en el baño la madre superiora al pisar un jabón que había sido tirado descuidadamente por unas alumnas el día anterior y que nadie vio o nadie se acomidió a levantar. Por aquel desafortunado incidente las monjas suspendieron la revisión ese día y la muchacha introdujo sin mayor problema el juego prohibido.

A la hora del receso, escondida en la parte mas descuidada del jardín, convenció a una amiga para leerle la suerte, quien inocentemente creyó todo lo que esta dijo.

-          Según esto – le dijo – la vida tiene una sorpresa para ti hoy, lo único que tienes que hacer, es dejarte llevar.

Esa tarde, tras levantar la cocina, movida por la curiosidad salió a dar un paseo en expectativa de lo que pudiese pasar. Salió decidida a seguir el camino que la vida le tenía señalado. Primero pensó en caminar un rato y así lo hizo hasta que se topó con una estación de metro y entonces sintió que su corazón latía fuertemente. Entró. Entonces, el viento que viajaba rumbo sur le arrebató el sombrero y al perseguirlo subió a un vagón que a través de túneles oscuros la llevó hasta el centro. Ahí, su corazón volvió a latir desesperadamente arrancándose de su pecho; dejándola para poder encontrar su destino. No queriendo quedarse atrás subió rápidamente los escalones y al salir el latido se detuvo en seco y se halló perdida. La alameda se encontraba vacía, sólo los árboles mecidos por el viento parecían ahí esperarla. Entonces y de repente la encontró una mirada agitada y penetrante con un bello ramo de flores. Sorprendida en voz alta se dijo así misma – ¿Son para mí?

Mi padre llegó al punto de encuentro cuarenta y cinco minutos después de la hora. Desesperado bajo corriendo del taxi en busca de la dama de rojo; pasó a un lado de un muchacho de esos que venden chicles o flores o cigarrillos en los parques. Un pensamiento cruzó por su mente y  corrió de regreso para comprar una docena de rosas. Apurado volvió a su camino y al llegar, sin resignarse, la buscó con la mirada. Entonces entre los árboles se topó con una mirada en medio de la nada, sola, como perdida. 

La mirada pertenecía a la mujer mas bella que jamás hubiese visto. Y ella, tratando de mantener tranquilo su cabello que jugaba con el viento, preguntó como para si misma – ¿Son para mí? – y, sonrojado, sólo acerté a decir  que si. Cuenta mi padre.

Esa, fue la primera gran casualidad de mi vida, porque fue el día en que se conocieron mis padres.

La vida, decía mi madre, tiene un plan maravilloso para cada uno de nosotros. Lo único que tienes que hacer es seguir tu corazón.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

1- AL FINAL

¿Será esto lo que estaba esperando? ¿Lo que he buscado por tanto tiempo; la casualidad de mi vida? ¿No será simplemente el destino?

-          ¿Por qué no te quedas? – me dijo mi padre

La decisión: –No sé –respondí– sólo deseo irme –y ante un deseo sólo se pueden hacer dos cosas, entregarse a él, o frustrarse.

Me retrasé un par de minutos dando besos y abrazos. Me despedí de todos, y me dispuse a marchar.

Atrás, en la puerta de cristal dejaba a mis padres que agitaban las manos en señal de despedida. A mis bellas primas que se tomaban de las manos sonrientes, la mayor de ellas aun con el vestido de novia, y a mis amados amigos.

Di unos pasos, extraje el boleto de la billetera “¿Por qué no me quedo?” pensé un segundo desdoblándolo y me formé en la cola del bus. Entonces la ví mas adelante con su suéter gris a cuadros amarrado a la cintura y sus botas de gamuza, entregando su boleto al chofer; “ojala me tocase compartir el asiento con alguien como ella, y no con señoras gordas o viejos pesados como siempre me pasa”, pensé a la vez que mostrando su identificación sintió mi mirada sobre su hombro, volteó, nuestros ojos se encontraron; me pareció entrever en ellos y en sus labios inquietos un sentimiento similar al mío, sino es que el mismo, y subió.

              La fila avanzó y la borré de mi mente. En su lugar fue abordada por la voracidad de partir. No sé por qué me voy, ni se exactamente que será de mi, pero mi corazón me insita a marcharme. A no quedarme quieto, a seguir, a seguir y a seguir hasta liberarme de ti.

Abordé el camión. Busqué mi butaca indiferente. Quedamente avancé comparando mi boleto con los números que siempre están dispuestos en el portaequipaje sobre los asientos. Al fondo ví el 17 y el 18 ocupados, y descubrí el mío, del lado de la ventana, junto al de ella.

Sentado a su lado mi pecho empezó a golpetear. Mis ojos esquivos se cerraban, daban vueltas, giraban sobre si mismos y bailaban, y se negaban a mirarla.

Quise hablarle, titubeé, volteé sonrojado, me torcí, dudé, y apenado, tome aire; y valor. Giré el cuerpo hacia ella y torpemente, pregunté - ¿A dónde vas? – sabiendo de antemano que, estando en el mismo camión que yo, tendría que ir al mismo sitio.

-          ¿Y tú eres de allá? – agregó a su respuesta.
-          No, –confesé apenado– sólo trabajo allá.
-          ¿Ah sí? ¿En donde? – preguntó hundiéndose en su asiento.
-          Universidad Capital – dije imitándola.
-          ¡¿En serio?! Yo también – exclamó girando su cuerpo nacarado hacia mí, haciendo a un lado su enmarañado cabello y reposando suavemente su rostro en una de sus manos. Hizo una pausa y en la penumbra me pareció que sus opalinos ojos brillaban– esto sonará tonto – dijo sonriendo– pero… ¿crees en las casualidades?

¿Es el destino algo cierto? ¿Hay una trama escrita para cada uno de nosotros de cuyos lineamientos no podemos escapar? ¿Las situaciones y oportunidades se nos revelan como los ineludibles pasos que debemos seguir para llegar a lo que nos ha sido destinado?

Algunas veces pareciera que todo esta encadenado de tal forma que yo no estaría aquí si no fuese por esa banca en el parque.

Sin embargo tampoco descarto que sean nuestras decisiones quienes nos guían sin sentido fijo, convirtiéndonos en navegantes sin rumbo en el mar de la vida. Favorecidos o victimados por el vago capricho de la casualidad.  

-          Supongo que sí –respondí. Y charlamos hasta la madrugada.

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