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viernes, 14 de enero de 2011

11-Paullet y el arbol del espacio

Cuando el kobold volvió, un curioso pero rico aroma inundaba su casa.

-¡Caracoles! –Exclamó cerrando la puerta al entrar -¡parece que vale la pena deshacerse de este calcetín! –dijo y se lo mostró a Paullet.

-Bueno, Señor Duende, aquí está la sopa –dijo ella depositando un tazón lleno en la mesa- ¿me da el calcetín?

-Primero el gis –reclamó él.

Paullet pareció dudar un segundo. Luego dijo –al mismo tiempo.
El kobold asintió. Acordaron colocar los objetos en la mesa. Una vez hecho, con un movimiento nervioso el duende cogió el gis y la niña el calcetín.

-Si niña –siseó el duende admirando el gis- es un artículo estupendo.
-Sí. –Respondió Paullet guardando la calceta –ahora me iré.
-¿Si? –Dijo el duende sentándose a la mesa sin dejar de mirar su gis mágico- ¿Qué ofreces a cambio de dejarte ir?
-¡¿He?!¡Teníamos un trato! –reclamó la niña.

-Tu partida nunca fue negociada –continuó el kobold sonriendo– y ya no tienes el gis para hacer trampa –y diciendo eso lo colocó junto a su plato de estaño. Lo acarició como un gran tesoro. Luego levantó el tazón salpicando sopa y dijo: -¿me darías tu calcetín a cambio de tu libertad?

-¡Nunca! –replicó la pequeña haciéndole frente.

-Entonces te quedaras aquí. Será un placer tenerte haciendo sopa todos los días –dijo y llevándose el plato a la boca se bebió la sopa como si de un té tibio se tratara. No dejó ni un chícharo. De inmediato comenzó a sentir que le ardía el estomago. Un fuego le punzaba subiendo hasta su garganta. Su piel verdosa se puso amarilla, luego blanca, después azul. Se levantó dando tumbos y gritando:-¡me quemó! ¡Bruja! ¡¿Qué me has hecho?!

Corrió a su cocinita a buscar agua, pero comenzó a vomitar antes de poder beber algo. Y ahí en la barra, junto a la cesta de especias vio el morral de la pequeña, y la bolsa de detergente que le había puesto a la sopa.

-¡Esa brujita humana! –dijo, y sin dejar de vomitar volvió donde Paullet, que ya había escapado usando el gis mágico.

La niña corría subiendo por una ladera cuando el kobold salió de su casa maldiciendo y vomitando. Al momento un grupo de gnomos encapuchados y sus perros aparecieron frente a él saliendo de los alcatraces.

-¡Ahí va la pequeña hechicera, atrápenla! –les gritó él que también quiso perseguirla, pero el dolor de barriga se lo impidió.

Los cazadores emprendieron la persecución. La niña corrió más rápido que nunca al oír los ladridos tras ella. Un breve arranque de desesperanza la abordó. ¡No podría correr por mucho tiempo y no sabía a dónde ir! El Camino Amarillo podría llevarla a casa, pero ¿dónde encontrarlo?

-¡Por aquí Paullet, por aquí! –Escuchó que le gritaban en la cima de la pendiente- ¡por aquí, date prisa!

¡Era su amiga la Ardilla!

-Creí que te había perdido en el Camino –dijo Paullet llegando a donde ella.
-¡No! Yo desee estar donde tú te hallaras y el Camino me trajo aquí, ¡pero andando que si esos perros nos cogen nos despedazan! –dijo echando a correr hacia abajo, por el lado más empinado de la colina.

-¡¿A dónde vamos?! –preguntó Paullet que corriendo tras ella tropezó y bajo rodando y dando tumbos.
Ya abajo, mareada, vio a sus perseguidores bajando con lentitud, cuidando de no caer como le había sucedió a ella.

-Vámonos… -balbuceó la niña intentando pararse.
-¡No niña! –Dijo la ardilla- toma, apresúrate –agregó dándole una castaña.
-¿Y qué hago con esto? –dijo Paullet extrañada.
-¡Entiérrala! ¡Rápido! –le urgió la Ardilla y Paullet lo hizo rascando la tierra con sus manos.
-¡¿Ahora qué?! –gritó viendo a sus perseguidores a poco de alcanzarla.
-¡Ahora sujétate! –dijo la ardilla y echó a correr.

Un árbol de castañas brotó del suelo y se alzó por el aire con Paullet entre sus ramas más altas. La niña vio a los gnomos llegar hasta el tronco del árbol. Los perros saltaban tratando de alcanzarla pero el árbol no dejaba de crecer. Creció y creció hasta llegar a las nubes y dejándolas muy por debajo llegó al espacio. El árbol creció pasando junto a la luna y siguió creciendo hasta topar con el fin del universo. La cabeza de la niña golpeó con el techo del cosmos.

-¡Auch! – se quejó. De pronto una voz comenzó a llamarla.
-¡Paullet, Paullet! ¡¿Niña donde te has metido?

¡Era Mamá! Que al entrar al cuarto y no verla en la cama la buscaba dentro del armario. Paullet hizo a un lado las tupidas ramas del castaño y saliendo de debajo de su cama brincó abrazando a su madre.

-¡Por Dios Paullet ¿Qué hacías ahí metida?! –preguntó Mamá. Entonces la pequeña comenzó a contarle su aventura. Pero como aun estaba agitada por su insólito escape apenas podía hacerse entender:-¡persiguieron, gnomos, perros, la dama Anirúl, el duende, pero escapé gracias a la bolsa de detergente que me dio el señor Rumpelstiltskin!

-¿Qué te dio quien? –espetó Mamá

- Rumpelstiltskin –repitió la niña- el duende encargado de la lavandería de aquí… del edificio -explicó.

-¡Ruben Troskin amor! ¡Ruben Troskin! Es un pobre viejecito amor ¡no es un duende! –Exclamó Madre separándose de su hija- ¡hay que sueños tienes! ¡Anda vístete ya! Iremos a desayunar con tu Madrina –dijo saliendo del cuarto de su hija.

Paullet se quedó estremecida, pensando en la indecible incredulidad de su madre. Se llevó el dedo al labio y se asomó de regreso bajo la cama. No había castaño ni árbol alguno. Únicamente se hallaban un par de pantuflas rosadas. Entonces ella misma comenzó a tener la sensación de que todo lo había soñado. Sacudió la cabeza extrañada y comenzó a cambiarse. Extendió su vestido sobre la cama y sacó los zapatos de la caja… y aunque no combinaban, lo primero que se puso fueron sus amados calcetines del gato con botas.


FIN –escribió Paullet. Pero esa no fue la única aventura que vivió en el mundo de los cuentos, ni la ultima que contó en su diario.

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miércoles, 12 de enero de 2011

10-Paullet y la sopa

Paullet no tuvo que andar mucho rato por el Camino Amarillo antes de que comenzaran a aparecer alcatraces. Entre más avanzaba mas se tupia el horizonte con las altas flores. Se alegró al pensar que no estaba lejos de su objetivo, pero no dejó de albergar una ligera angustia por no haber sido perseguida. Eso quería decir que habían optado por ir tras Mike.

El Camino Amarillo la llevó a una pequeña casa de adobe sin ventanas y con techo de paja. Era tan pequeña que la puerta era tan alta como ella. Estaba bastante nervosa. Hasta ese justo momento no había pensado en que iba a decirle al duende, pero ya estaba ahí. Se secó el sudor de las manos en su ropa y tocó tres veces. 

Luego hubo un instante de silencio, tras el cual una voz preguntó:-¿sí?

-¿Es usted el duende que lava la ropa? – preguntó Paullet.
-Sólo déjela en su lavadora. Estará limpia por la tarde.
-No –repicó la niña-, necesito que me devuelva algo.

El duende no respondió.

-¡Señor duende! Si me deja explicarle.
-Explíqueme –dijo el duende.
-¡¿Quiere abrir la puerta?! -dijo Paullet desesperándose. La noche comenzaba a caer.
-¿Qué tienes para ofrecer a cambio? –respondió el duende. Que como buen duende trataba de conseguir alguna ganancia.

Instintivamente Paullet miró dentro del morral. Sólo había verduras y una bolsa de detergente. Siendo que era un duende lavandero se inclinó a ofrecerle lo último.

-¡No! –Respondió el duende- el jabón de tu gente ensucia el agua y mata los ríos.

Entonces Paullet le ofreció las verduras.

-No estoy interesado –dijo el duende.
-¿Y si le hago una sopa señor duende?

Se hizo otro instante de silencio tras el cual el duende respondió:-Pero entonces tendrías que entrar.

-Si no quiere no señor duende, sólo déjeme explicarle –dijo Paullet.
-¿Qué tienes para dejarte entrar?

¡¿Tener?!, ¡pero si ya no tenía nada que ofrecerle! A no ser que… Paullet se palpó la ropa y se hurgó en los bolsillos. ¡Sí!, ¡Ahí estaba el gis mágico!

Paullet entró en la casa del duende dibujando su propia puerta. Éste gritó sorprendido. ¡¿De dónde había conseguido esa niña tal magia?!

-Le doy el gis, si me da mi calcetín –sentenció ella sonriendo.

El duende, que era un kobold, seguía sin sobreponerse. Se apoyaba en la pared de lodo con una mano en el corazón y sus orejas puntiagudas caídas. Palluet nunca había visto un kobold, le pareció que tenía piel de reptil.

-Ya que entraste a mi casa sin permiso –dijo con reserva el duende- creo que merezco esa sopa, y ese gis mágico.
-Me parece justo –respondió la niña.
-Te daré el calcetín cuando tengas la sopa lista –dijo el kobold recobrando la confianza.
-Bien. Entonces tendrá el gis hasta que yo tenga el calcetín.
-¿Y cómo es exactamente el famoso calcetín? –preguntó con fastidio. Había perdido la ventaja en esa negociación.

Paullet le mostró el que llevaba consigo. Tras observarlo le explicó que tendría que buscarlo en la gran marmita del tesoro, que es donde los duendes guardan todo aquello que roban a los hombres, y se encontraba el centro de su pueblo.

-Esperarás aquí mientras haces la sopa –le dijo. Pero gentilmente, antes de partir dispuso todo lo que Paullet necesitaría. Puso la olla al fuego, sacó los utensilios de cocina, y un mantel blanco. También le indicó en que gaveta estaban los platos y en cual los cubiertos. Al fin, cuando estuvo a punto de salir, ante tanta amabilidad Paullet le dijo: -¿me da su nombre señor duende?

-¿Qué ofreces a cambio de él?- respondió el duende,  pero como Paullet ya no tenía que ofrecer, el kobold se fue sin decirle nada.

Ya sola, mientras arreglaba la mesa, Paullet reflexionó sobre la codicia de los duendes. Éste era el segundo duende que conocía en su vida y era demasiado codicioso. Más de lo que los cuentos le habían enseñado. ¡Ahora tendría que darle el gis mágico! Entonces comenzó a sentir desanimo. Porque, aunque los duendes siempre cumplen sus tratos, alguna artimaña le reservaría para final.

En esos pensamientos se distraía cuando la olla comenzó a burbujear. ¡El agua estaba hirviendo! Espantada se llevó las manos a la cara. “¡¿Qué voy hacer?!”, se dijo. Había recordado que no sabía cocinar.

Comenzó a picar las verduras a diestra y siniestra. Igual echaba un trozo de papa que un tomate entero. En ese momento, tratando de recordar cómo Mamá hacía la sopa, vio el pomo de sal sobre la barra, junto a una cesta con especias. Entonces tuvo una idea.

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jueves, 6 de enero de 2011

9-El Escape de Paullete

Paullet despertó hambrienta, cómo si no la hubieran alimentado en todos esos días. Sobre la fungimesa no había nada más que un pequeño platillo. Se acercó a mirar con las tripas gruñendo. Halló dos pequeños bultitos blancos azucarados sobre una capa de mermelada y crema.
-Son almohadas de pan rellenas de crema de nuez, avellana, cacahuate y almendras –dijo David el gnomo sonriendo-. Es mi platillo especial, sólo para mis mejores amigos. Son muy nutritivas, una sola de estas delicias equivale a un banquete completo. Ande, pruébelo –dijo el gnomo cortando la blanca almohada con suavidad. La crema escurrió sobre la cuchara inundando la habitación con su aroma.
“Que rico”, pensó Paullet llevándose ambas manos a su estomago hambriento. “Es muy poca comida” continuó diciéndose, “creo que me lo puedo comer antes de escapar”.
-¡Ande! en cuanto termine la llevaré a ver a la dama Anirúl –la animó David acercándole la cuchara de madera.
Paullet olió con fuerza el perfume de avellanas y nueces saboreándose el trozo de pan que le ofrecía el hombrecillo azul, pero a pesar del hambre no olvidó que se la querían comer. Entonces se levantó haciendo a David a un lado. Fue hasta la yacija donde estaba el morral que le diera Rumpelstiltskin y sacó la manzana. La mordió y dijo: -discúlpeme señor gnomo, pero he comido demasiados dulces. Me gustaría salir ahora.
David quedó boquiabierto. Su cara pasó de la sorpresa al enfado. Se agitó gruñendo algo inentendible. Arrojó la cuchara sobre el hongo y en mal tono dijo: -por aquí.
Afuera los arboles crecían como enormes y gruesas columnas, sus ramas se entretejían formando una densa cúpula que impedía el paso de la lluvia y de la luz. El bosque apenas era iluminado por luciérnagas que flotaban bajo las ramas expandidas como un manto de estrellas. Los elfos tenían sus casas en la parte alta de los troncos, algunos hacían música con flautas y ramas, otros pintaban. Algunos jugaban ajedrez. Los gnomos entraban y salían de pequeñas puertas en la parte baja de los troncos al ras del suelo. Cargaban cacerolas, sacudían cobertores, había zapateros trabajando en sus umbrales. Abrazado por una penumbra azul, el bosque poseía un aire melancólico.
-Por este camino –dijo David orientándose a una fuente de agua, pero Paullet, dando otra mordida a la manzana dijo: -No. Lléveme a la pista del Sauce Danzarín.
¿Cómo era posible que Paullet supiera sobre el Sauce Danzarín?, se preguntó David. Disimuló unas señales a unos arbustos que recogían agua de la fuente con sus hojas, y la llevó al lugar.
La pista del Sauce Danzarín era un claro circular en el bosque. Parecía que los arboles se habían hecho a un lado para que el Sauce pudiera bailar a gusto en el centro, pero no había nada.
-El Sauce sólo viene a bailar por las noches –explicó el gnomo, que se cubría del sol con una hoja-. Aquí no hay nada interesante. Quizá quiera volver con la Dama Anirúl -apenas pudo terminar esas palabras cuando fue golpeado en la cabeza con un tronco. Cayó desmayado. Paullet soltó un gritito, y ante ella apareció otro gnomo, sin barba, con la piel más suave y apariencia más jovial.
-¿Quién eres tú? –preguntó la niña.
-Soy el Gnomo Mike, y tenemos que salir de aquí –dijo indicando un sendero y sin más salieron corriendo. En su camino los arboles levantaban las raíces para hacerlos tropezar y trataban de cogerlos con sus ramas, pero los arboles son demasiado lentos para las persecuciones. Sin embargo iban diciéndose de rama en rama por donde pasaban los fugitivos hasta llevar el mensaje a la Dama Anirúl que ya había ordenado su búsqueda. Pronto, a lo lejos, comenzaron a oír los ladridos de los perros.
-¡Nos persiguen! –Exclamó Mike llegando a un río- debemos cruzar.
-¡Pero no sé nadar! –interpuso Paullet alterada. El río no era muy profundo, pero Paullet era muy pequeña. La parte más profunda sin duda cubriría su cabeza.
-Sube en mis hombros –dijo Mike agachándose- ¡de prisa!
Paullet obedeció sentándose sobre los hombros de Mike que la sujetó de los pies. Éste se levantó tambaleándose por el peso, pero consiguió entrar en el río. Avanzó pausadamente mientras los ladridos se hacían cada vez más fuertes.
-Del otro lado estaremos a salvo. El Camino Amarillo no está muy lejos de aquí –dijo Mike.
-¿Por qué me ayudas? –preguntó Paullet. Sus pies ya tocaban el agua. El río llegaba hasta el pecho del gnomo.
-Tú me estas ayudando a mi –confesó él-. Yo también soy un niño, pero me perdí. Estaba de día de campo con mis padres pero me alejé de ellos. Me metí a jugar entre los árboles, para cuando quise volver no pude. No sé cuánto tiempo estuve sólo hasta que me encontró la Dama Anirúl –contó levantando la barbilla fuera del agua-. Igual que a ti me alimentó durante días. Hasta que descubrí que me estaban preparando para comerme. Entonces hui por el Camino Amarillo, pero no importa donde desees ir, ellos sólo desean ir a donde tú te encuentres y te atrapan. Entonces me castigó convirtiéndome en gnomo. Pero si vamos en direcciones opuestas no podrán atraparnos a ambos –alcanzó a decir Mike antes de que el agua cubriera por completo su cabeza.
Paullet se sostenía agarrando fuertemente del sombrero del gnomo cuando comenzó a asustarse. Sentía que pronto los atraparían. Faltaban varios metros para llegar a la otra orilla y el río parecía hacerse más y más hondo a cada paso del niño convertido en gnomo. Para su infortunio en la orilla detrás de ellos apareció una cuadrilla de gnomos vestidos de negro guiados por perros.  Los canes olfateaban meneando la cola a sus amos, que estaban indecisos sobre entrar al río. Así que tras discutir un poco terminaron lanzando una moneda. El grupo perdedor se lanzó al agua. Pero Mike que había aguantado la respiración valientemente consiguió llegar a la orilla en ese preciso momento. Paullet bajó de sus hombros y marcharon sin parar corriente arriba, subiendo por una ladera hasta que dejaron de oír a los perros.
Descansaron un poco resoplando. El Gnomo Mike se adentró entre unas bayas mientras Paullet se sostenía en pie cogiendo sus rodillas. Recordaba sus clases de atletismo: “inhala por la nariz y exhala por la boca”, se repitió por un par de minutos.
-¡Lo encontré! –exclamó Mike apareciendo de pronto atrás de la niña que dio un brinco-.El Camino Amarillo está por aquí. Sígueme.
Y Paullet lo siguió gateando a través de los arbustos. Vio un fruto rojo, jugoso y maduro y tomándolo descubrió que se trataba de un tomate.
-¡Vaya! No sabía que los tomates crecieran en arbolitos.
-Creo que estamos en un huerto –respondió Mike. Continuaron su camino. Pocos metros adelante se toparon con unos tallos altos y delgados con vainas colgando de ellos.
-¡Chicharos! –exclamó Paullet, y cogió unos para guardarlos en su bolsito como lo había hecho con los tomates. A los pocos metros se toparon con maizal. De donde cortó unas mazorcas. Se preguntaba si también encontrarían zanahorias, papas y esas cosas que Mamá le ponía a la sopa. No es que a ella le gustara, pero Mamá estaría feliz de preparársela después de tantos días sin verla. Finalmente llegaron a un sembradío de patatas desde donde vieron el Camino Amarillo.
-Debemos apresurarnos –dijo Mike- no tardan en dar con nosotros. ¿A dónde iras?
-A La Floresta de los Alcatraces –contestó la niña guardando unas papas que acababa de arrancar- ¿y tú?
-No sé aun. He oído que hay un niño que nunca creció. Lo buscaré –dijo el pequeño niño convertido en gnomo, se despidieron y corrieron en direcciones opuestas.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

8-Los banquetes de Paullet

-Confío en que ha descansado, -dijo una voz. Paullet, que apenas abría los ojos estirándose sobre la cama, vio una mancha borrosa. Se talló y la imagen se fue aclarando; era David el gnomo-. Durmió toda la tarde –siguió él-. Su cena ya está dispuesta. La dama Anirúl le desea buenas noches, y dulces sueños -terminó diciendo con su parca manera de hablar.
-¿Podemos ir a ver a los elfos? –preguntó ella sentándose.
-Desde luego. En cuanto amanezca será un placer conducirla ante la presencia de la dama Anirúl.
-¡¿Hasta mañana?! – replicó la niña.
-Hasta mañana –replicó a su vez el gnomo-. Por las noches nadie sale de sus árboles. Debe saber que Olidén, como todos los bosques no carece de las indeseables visitas de lobos, coyotes y otras criaturas. Es por seguridad –dijo y sin más, se despidió.
En cuanto David hubo salido y cerrado, Paullet (que no era del tipo de niña que se queda con las ganas,) brincó hacia la puerta. “Sólo me asomaré tantito”, se dijo y parándose justo donde había visto al gnomo abrir, buscó la perilla. Se llevó el índice al labio inferior, reflexiva… ¡No había perilla! ¡Pero el gnomo la había tomado al salir! Qué cosa más rara…
Desde luego no se quedó cruzada de brazos. Primero intentó abrirla empujando. No se abrió.  Después embistió con más fuerza con el mismo resultado. Entonces la pateó ya molesta, y volvió a intentar empujando; lo hizo con un costado apoyando todo su peso. A continuación se acostó en el suelo y empujó con toda la fuerza de sus piernas. De nuevo de pie trató con la espalda y con la mecedera… No consiguió moverla un milímetro.
Cansada tomó una jarra de la fungimesa y bebió. ¡Qué rico está esto! –exclamó sentándose en la mecedora. Era una malteada de nuez, chocolate, avellana, fresa, vainilla ¡y chicle! Todos esos sabores al mismo tiempo y por separado en su lengua. “Estos gnomos han de ser magos”, se dijo recostándose, paladeando por momento la fresa, por momentos la nuez. Entonces lo descubrió. ¡Era obvio! Estaba dentro de un árbol en el país de los elfos… Tenía que ser, sin lugar a duda ¡una puerta mágica! y las puertas mágicas únicamente se abren con… palabras mágicas.
Ya que no conocía las palabras mágicas decidió que no tenía caso dejar que esos pasteles de durazno y manzana se enfriaran. Además, el esfuerzo le había soltado el apetito. Comió y bebió felizmente hasta que no pudo seguir. Estaba tan llena y pesada que no tuvo fuerzas para volver a la cama, y en la mecedora se durmió.
Transcurridas unas horas despertó. David el gnomo sonreía.
-Buenos días –dijo el gnomo-, su desayuno está servido.
-¡Qué bien! –dijo Paullet. A pesar de su abundante merienda, había despertado con apetito-. ¿Qué hay para desayunar?
-Me alegra que pregunte. Está vez le hemos preparado pastel de miel, de mantequilla, panqués con crema batida y fresas. Chocolates con helado de vainilla… -comenzó a enumerar David pero Paullet interrumpió diciendo:
-Sí, sí. Todo eso suena muy bien, pero primero quisiera echar un vistazo allá afuera –dijo conteniendo el hambre.
El gnomo se calló ceñudo y en un tono ligeramente brusco, suficiente como para notarse su enfado pero no tanto como para ser grosero, espetó-: Las cosas en orden van, y los alimentos están en primer orden que salir a jugar. En cuanto termine lo que tardamos horas en prepárale, estaré feliz de llevarla a donde desee.
-¡Oh, discúlpeme señor gnomo! –Exclamó Paullet apenada-, no quise despreciarlo. ¡Todo en verdad es delicioso! Le prometo que comeré enseguida.
-Sí, como usted diga… -refunfuñó secamente David y dándose la vuelta salió dando un portazo.
Paullet se quedó en silenció con las manos en las mejillas, apenada. Tenía frente a ella un banquete, igualado únicamente por los dos anteriores. Lo miró extasiada. Cada cosa depositada en ese hongo se le antojaba. Se preguntaba que sabores escondería esa rebanada de pan con los colores del arcoíris, y empujada por un ligero sentimiento de culpa, se entregó a su apetito. Comió con tal ímpetu, que no se dio cuenta cuándo se quedó dormida en la mecedora.
 Al despertar, de nuevo se encontró a David observándola.
-El almuerzo está servido –anunció el gnomo.
-Pero… pero… pero… -dijo la niña.
-Sin peros –dijo el gnomo-, uno debe comer tres veces al día y a sus horas, así que coma, coma y coma. –Y Paullet comió y comió, en buena parte por temor a ofender a David de nuevo, y en buena parte porque, no sólo todo era delicioso, sino que tenía mucha hambre. Y cuando hubo terminado de comer, se durmió, y luego despertó para cenar.
Durante la cena, le comentó a David que se sentía como internada en un hospital. Sólo despertaba para comer. Con la gran diferencia que ahí, cada vez le llevaban más comida. Lo raro era que siempre despertaba hambrienta. Le preguntó por la dama Anirúl, y el porqué de su ausencia.
-Le diré que pase a verla a la brevedad –contestó él.
Paullet ya sospechaba que algo turbio se traía el gnomo, pero sorprendida por el ofrecimiento exclamó: -¿En serio, haría eso por mí?
-Desde luego -respondió pasándole un tarro rebosante en mantecado-, ahora: coma.
-¿De qué es?
-No pregunte. Le gustará –dijo el gnomo dándole un cucharón de madera. Y en verdad le gustó. Era otra comida mágicamente deliciosa. Era tan rico que lamia todo el cucharón antes de llenarlo de nuevo.  David la miraba satisfecho, cual cocinero complacido con su obra. Paullet, en cambio, lo miraba con recelo: “¡Cuando Anirúl se entere que no me deja salir, ya verá este gnomo!”, exclamaba para sí misma con la cuchara entre los labios.
Un par de comidas luego, David (cargando una cesta repleta de nueces), le dijo: -la dama Anirúl estuvo aquí, pero la halló tan profundamente dormida que no quiso levantarla. Sin embargo me indicó que la guiara a su presencia en cuanto usted esté dispuesta.
Así pasaron los días. Paullet extrañaba a su madre: “¿cuántos hace que no la he visto?”, se preguntaba imaginándola sentada frente al armario. No podía saber si su hada madrina emprendería su búsqueda. Quizá nunca la encontraría… Y a pesar de tristeza no dejaba de comer ¡el hambre no se lo permitía! ¡Y no importaba cuanto se esforzara, el sueño la vencía después!  Pero quería ir a casa ¡tendría que salir de ahí por sí misma y de cualquier modo!
Pensó entonces en un escape: pero sólo había una forma de salir: correr antes de que los gnomos terminaran de servir la mesa. No dudaba en que tratarían de detenerla, pero no había más que intentarlo. Ya afuera pediría ayuda y buscaría a la dama Anirúl.
Convencida con su plan levantó la jarra de jugo de moras. Se estaba ahogando con un trozo de galleta. Encontró entonces junto al pan de jengibre, un rollito de papel con una nota que decía:
“Te están engordando para alimentar a Anirúl. Dile a David que no comerás nada más hasta que no te muestre el bosque ¡y no comas! Has que te lleve a la pista del Sauce Danzarín. Espera por mí”.
La nota no estaba firmada. Paullet la observó con detenimiento. Le parecía duro de creer que alguien tan bella como Anirúl pudiera ser tan perversa. Pero los cuentos le habían enseñado que muchas cosas terribles vienen en empaques hermosos, y ella nunca dudaba de las verdades de los cuentos.
Finalmente escondió la nota entre su ropa. Tomó un profundo trago del jugo de moras, y se dispuso a dormir.

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martes, 21 de diciembre de 2010

7-PAULLET Y LA FUNGIMESA

Estuvo poco rato mirando las paredes de madera. De hecho, era una única pared de madera. Paullet no tardó mucho en darse cuenta que se encontraba dentro de un árbol. El tronco vacío se extendía estrechándose hacia riba, mientras abajo, era ancho. Estaba acondicionado como alcoba. Además de la camita improvisada sobre una planta de algodón, se encontraba una mecedora, junto a la cual crecía un hongo grueso, de sombrero amplio, plano y casi redondo.
En ese hongo fue donde los gnomos pusieron el almuerzo de la niña. Entraron sin avisar azotando la puerta. Paullet se puso de pie asustada, y quedó boquiabierta de la sorpresa: ¡los gnomos eran pequeños viejecitos azules!, vestían pantaloncitos y gorritos blancos; les crecían largas barbas: algunas negras y otras marrones, y algunas canosas como plata. Haciendo como que Paullet no estaba presente iban en fila de la puerta al hongo y de regreso, como hormiguitas. Cuando finalmente hubieron terminado de colocar la vitualla sobre el sombrero se retiraron sin decir una palabra. Únicamente el más viejo, un gnomo que vestía de rojo, se retrasó un poco para hablarle a Paullet.
-Jem, jem, -exclamó el gnomo antes de hablar-, mi nombre es David. Estoy a cargo de la cuadrilla alimenticia. Es mi deber informarle que la fungimesa está servida. La dama Anirúl me pidió informarle que en cuanto usted se sienta dispuesta, debo llevarla a recorrer el bello Olidén. Siéntase pues, cómoda de iniciar su digestión, y por favor, cierre la boca cuando se le hable.
Paullet cerró la boca al instante. Estaba tan sorprendida de lo que pasaba que creía estar soñando. Ver a los elfos era algo que siempre había soñado, quizá los había estudiado tanto que Anirúl no la sorprendió todo lo que esperaba. Sin embargo, los gnomos resultaron ser algo digno de estupefacción.
-Gracias –dijo Paullet sin dejar de mirar al gnomo. David era un gnomo alto, apenas un par de centímetros más bajito que ella, aunque más grueso, y su piel azulada, mucho más tosca.
David se retiró, y Paullet se acercó a la fungimesa a degustar su desayuno, el cual consistía en: mantecado de chocolate, vainilla, y fresa. También había hot cakes, waffles y muffins. Junto a las jarras de miel de maple y abeja, los gnomos dejaron tazones con cereal, arroz inflado, pasas, leche y crema dulce. Había fresas, uvas y mango cortado en trocitos. De beber había tres jarras para escoger entre malteada de chocolate, jugo de moras o agua de zarzaparrilla. Todas las cosas y sabores que podían alegrar a un niño estaban sobre esa fungimesa, y sobre todo si ese niño era Paullet.  “¿Por dónde comenzar?”, se preguntó. La respuesta no tardó en llegar. Cogió un tarro lleno de crema de chocolate y lo echó directo sobre las fresas.
Pasó largo rato combinando los sabores hasta haber devorado todas las viandas. Terminó dando un gran sorbo a la jarra de malteada de chocolate. “Muy bien”, se dijo, “es hora de conocer Olidén”. Pero al levantarse sintió su cuerpo tan pesado que una somnolencia la invadió. “¡Vaya!, creo que me sobre pase… Mamá nunca me da de comer así”. Y sin pensárselo mucho, fue hasta su cama a recostarse. “Un minuto nomás”, pensó llevándose las manos a la barriga, “un minuto…”, y se quedó profundamente dormida.

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sábado, 18 de diciembre de 2010

6- PAULLET EN OLIDÉN

-Y… ¿dónde estoy? –se preguntó Paullet saliendo de un sueño. Había sido un sueño oscuro al que entró sin darse cuenta y salió sin esperarlo. Intentó incorporarse del suave arbusto de algodón sobre el que hasta hace un instante dormía.
-Bienvenida a Olidén... pequeña viajera -le dijo una voz pausada y tintineante sobre ella. Paullet escuchó las palabras pero no comprendió claramente. En sus oídos sonaban como pequeños cristales siendo golpeados suavemente por el viento; como lluvia cayendo sobre un espejo, como copas con agua hasta el medio siendo golpeadas delicadamente con una cuchara. Parpadeó y se frotó los ojos. Poco a poco, al mismo tiempo que las imágenes pasaban de ser un borrón sin forma en sus ojos, las palabras fueron tomando forma en su mente.
 -Has dormido mucho rato -siguió la voz. Ahora sonaba como las secas hojas otoñales quebrándose bajo pisadas; como las ramas de un árbol seco crujiendo al ser golpeado por el viento
-¿Como he llegado aquí? -preguntó Paullet incorporándose de la yacija de algodón. -¡Ho!, has andado mucho por el camino. Y él mismo te ha traído hasta mi lumbral -respondió la voz que ahora sonaba apresurada como agua corriendo, como un río precipitándose a una cascada.
“¡El camino!”, se dijo Paullet y los recuerdos comenzaron a soltarse en imágenes dentro de ella. El camino amarillo, largo, recto e interminable; las montañas, y los lagos parecían quitarse haciéndose a un lado del camino. Todo para que éste siempre fuera el modo más corto de llegar a su propio destino. En donde pisaba parecía una simple pista asfáltica pintada, sin embargo su tonalidad dorada desmentía esto. Y cuando se miraba a lo lejos, poseía un ligero movimiento, como rosas mecidas por el viento.
Paullet intrigada había preguntado a la ardilla el origen del amarillo sendero. -El mago de Oz la construyó-, respondió el roedor. -Para llegar sin demoras y sin desvíos a cualquiera que fuera su destino-. ¿Y de que está hecha? -preguntó Paullet-. ¡De magia! -respondió su amiga.
“Mamá nunca me lo va a creer”, se dijo soltando la mano de su amiga, llevándola a su bolsillo. Y pensando en todas las cosas maravillosas que había visto durante su breve viaje (cosas que Mamá nunca creería), llevó la cara a un costado, mirando hacia el lado opuesto en el que se hallaba la ardilla y pregunto: -¿Y los elfos, como son ellos?
Cuando volvió a ver su compañera ya no estaba a su lado, y ella parecía andar por una amplia curva. Intentó regresar, pero de regreso era curva también. No anduvo mucho antes de impacientarse y comenzó a correr. Sabía que tenía que concentrarse en encontrar el calcetín, sin embargo, en el fondo de su aparente desesperación, se iba diciendo: “sería genial si encontrara a los elfos”. Así marchó por un rato hasta toparse un inmenso roble. El camino se perdía debajo de las raíces donde Paullet no lo podía seguir. Cansada se sentó a meditar su predicamento, y tras un par de pestañeos, se durmió.
-Debes tener hambre, -dijo la voz no menos melodiosa que antes pero ahora como el canto de un ave. Paullet agitó la cabeza volviendo de sus pensamientos. Frente a ella se encontraba una dama alta y bella, pálida pero radiante, de ojos profundos y serenos. Sus orejas puntiagudas sobresalían de entre su dorado cabello lacio. Se derramaba como una cascada sobre sus hombros y su espalda.
-¿Tú eres un elfo? –dijo Paullet.
-Así es… -respondió la dama- Yo soy Anirúl, espíritu y señora de este bosque, hogar de los elfos del alba  –dijo poniendo sus manos sobre el pecho de la niña, transmitiéndole una sensación de placer y bienestar.
-¡Wow! Elfos… -exclamó Paullet recostándose en el algodón.
-Así es querida viajera, podrás ver a los elfos después. Ahora, debes comer. Mis gnomos te atenderán – y diciendo esto se retiró de la estancia. Se movía como la niebla lo hace sobre el campo.
Paullet la vio salir por una puerta circular, y volviendo la cara al techo exclamó: ¡wow!, gnomos.

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

5- PAULLET DUDA

-Conozco otro modo de llegar -dijo la ardilla-, ven conmigo. -Y se dio la vuelta internándose en el bosque. Paullet apenas tuvo tiempo de reaccionar y salió tras ella. Corría velozmente entre los árboles, Paullet los esquivaba recordando las carreras de obstáculos de sus clases de Educación Física. Y a pesar estar en excelente forma, apenas podía seguirle el paso a la ardilla.
Corrieron hacia el oeste sin alejarse mucho del borde del bosque, ascendieron una pequeña ladera y giraron hacia el sur adentrándose un poco más entre los árboles. Paullet tuvo la sensación de ir cuesta abajo. Y los arboles verdes se tornaron plateados. Parecía que habían quedado bajo la nieve después de una tormenta. Sin embargo hacía calor, los arboles reflejaban la luz del sol de un modo que a pesar de ser tan hermosos, lastimaban a los ojos, y elevaban la temperatura. Entonces la ardilla giró a su izquierda. Salió dando brincos de la espesura y se detuvo pocos metros más allá de la ultima línea de arboles.
-¡Es aquí! -prorrumpió volteando a ver a Paullet que apenas salía de entre los arboles cubriéndose los ojos. Alcanzó a su compañera trastabillando y gritó exacerbada-: ¡qué horror, ¿quién puede vivir en medio de esos árboles? brillan demasiado!
-¡Ho! -dijo la ardilla con una sonrisa y meneando la cola-, ese es el Bosque de Plata, hogar de la Bruja Blanca. Es un elfo hermoso y terrible. Si hubiéramos ido un poco más al sur dentro de sus dominios ya estaríamos en sus manos.
-¡Wow! -exclamó emocionada Paullet-, ¡¿un elfo?! ¡Siempre he querido conocer a los elfos!
-¡No, no, no, pequeña! -le dijo la ardilla-, éste no es un elfo que alguien quiera conocer. No, no, no... -sentenció con su pequeño dedo, canturreando al final de su oración. El tono melódico en el "no, no, no", le recordó a Paullet lo molesta que estaría Mamá si no la encontraba en su habitación. Apartó su mente de los elfos, "ya será en otra ocasión", se dijo e incorporándose vio que se hallaban a la orilla de un camino amarillo.
-Este es el camino, -señaló la ardilla con una mano mientras con la otra jalonaba el pantalón de Paullet-. Lo único que tienes que hacer es andarlo.
Del otro lado, en un terreno llano había un trigal dorado. Paullet distinguió que unos metros dentro había un par de cuervos montados sobre un espantapájaros. Atrajeron su atención por un instante, le pareció que usaban sombrero. La ardilla le dio un tirón a la manga de su pantalón, instándole a poner su atención sobre el camino. Paullet miró a ambos lados, fijándose como lo hace un niño antes de cruzar la calle. Observó cómo se extendía en línea recta en las dos direcciones hasta girar hacia abajo en el horizonte. Parecía no llegar a ningún lugar.
-¿Estás segura que este es el camino? -le preguntó a la ardilla-. ¿A dónde va este camino?
-No va a ninguna parte -respondió la ardilla-. El camino no va, te lleva a donde tú quieras ir. Solamente tienes que querer algo con el corazón y andar el camino amarillo. Él hará el resto.
-Quizá debamos preguntarle a esos cuervos de allá -dijo Paullet dando un paso, pero cuando la suela de su zapato estuvo a punto de pisar el camino la ardilla la mordió.
-¡Aaaarg! -bufó Paullet- ¿cual es tú problema?
-Tú no entras al camino si no estás pensando en lo que realmente quieres. El camino te puede llevar a otra parte, puede extraviarse en los deseos que hay entre tu mente y los anhelos de tu corazón. Nadie volvería a saber de ti.
Paullet se detuvo reflexiva. Sabía que tenía un problema. Lo que más deseaba en ese momento era recuperar su calcetín, pero lo que más había deseado toda la vida era conocer a los elfos.
-Uno toma el camino con seriedad -sentenció la ardilla-. Si sabes a donde quieres ir, pero temes llegar, el camino nunca te permitirá abandonarlo.
¿Qué hacer entonces? Paullet era una niña confiada, pero consciente de los peligros de los cuentos. Sabía que si se enfocaba llegaría a su destino antes del anochecer, pero si dudaba... terminaría andando en el camino amarillo eternamente. El verdadero problema fue, que precisamente ese pensamiento la hizo dudar. A fin de cuentas era una niña que nunca había salido de casa, no tenía forma de saber si estaba preparada para la empresa que la esperaba a un paso de distancia. "¡Vamos!, cruzaste un nido completo de orcos y trolls para llegar aquí", se decía, "¡pero no lo sabías!", se respondía.
Entonces suspiró relajando los hombros. De cualquier modo tendría que regresar a casa por el mismo agujero por el que había llegado. Así que no ganaba nada quedándose en la orilla. Tenía que entrar y enfrentar las idas y venidas que pudieran esperarle. De ese modo la determinación se abrió paso entre la duda, pero en un último esfuerzo por dominarla, la duda resopló y Paullet, mirando a la ardilla le dijo:
-¿Me acompañas?
-No, no puedo -respondió esta.
-¡Vamos! -insistió Paullet-, no lo lograré sin ti.
-Pero el camino me llevará a donde yo quiera ir, no a donde tú quieres.
-Entonces sólo tienes que querer llegar al mismo lugar que yo.
-¡Imposible! -repicó la ardilla- no tengo ninguna razón para querer ir a donde tú vas.
Paullet guardó silencio un segundo.
-Lo que tienes que hacer... -dijo Paullet mordiéndose los labios. Aun convirtiendo sus pensamientos en palabras-... Lo único que debes hacer es querer estar conmigo. ¡De ese modo el camino te llevara a donde me lleve!
La ardilla se envaró. Se encontró así misma meditando el plan de Paullet. Su pequeña cola comenzó a moverse emocionada -puede funcionar-, dijo sonriendo, abriendo sus ojos tan grandes como platos en una expresión de alegría.
-¡Esto va a ser emocionante! -exclamó entusiasmada.
-¿Estamos listas entonces? -preguntó Paullet tomándola de la mano.
-¡Listas! -respondió la ardilla.
-Bien... -Paullet tomó aire-, a la de tres. -Hizo acopio de valor apretando la mano de su amiga y contó-: uno... dos... y...

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sábado, 11 de diciembre de 2010

4-PAULLET Y LA ARDILLA

Paullet corrió y corrió tropezándose en la oscuridad; cayendo y levantándose, y volviéndose a caer. Lo único que tenía para guiarse era la delgada voz del conejo delante de ella repitiendo: "se acaba el tiempo, se acaba el tiempo". Era tan delgada como un hilo al cual Paullet se aferraba. Cuando se acercaba lo suficiente la voz se hacía más gruesa como una cuerda, y entonces Paullet tropezaba dejando que adelgazara tanto que apenas se podía sujetar sin reventarla.
Pero finalmente dejó de importar. La había conducido hasta una diminuta fuente de luz, por donde salió el conejo llevándose su voz. Paullet se sintió más segura entonces, de correr pasó a caminar. Conforme se acercó a la luz esta resultó ser la boca de una caverna. Del otro lado alcanzaba a verse un cielo más azul que cualquiera que hubiese visto antes, había arboles tan verdes como los había imaginado de los libros y un arcoíris al fondo enmarcaba el lugar como si fuera el cuadro de un cuaderno para colorear.
Lo que había visto hasta ese momento desde adentro resultó poco junto a lo que vio al salir. Sus ojos quedaron inundados de colores. El pasto brillaba tanto como el cielo, las rocas eran de un café intenso. El bosque era inmenso con árboles frutales de todas las tonalidades, y entre las ramas había aves con la misma intensidad. A un costado del bosque, bajando por una ladera iba el conejo blanco, se dirigía a un castillo metálico que brillaba con el sol. Pero no era la gran cosa en ese momento; en el cielo un barco pirata navegaba entre las nubes, un pegaso planeaba cerca arremolinando el aire. Un siervo de astas floreadas había huido al verla mientras una ardilla se acercaba curiosa. Paullet tenía tantos colores en los ojos, que los sentía en su boca como si fuesen los caramelos más exquisitos del mundo. Hasta la pequeña ardilla se filtraba por sus sentidos como algo delicioso. Su pelaje marrón y las motitas más oscuras en su cola corta le sabían a Paullet como crema de nueces con chispas de chocolate. Igualmente, el animalito la miró. Justo en sus ojos avellana, como si también fuera capaz de inundarse del sabor de los colores, y dijo:
-Me gustan tus ojos.
-¡Puedes hablar! -exclamó Paullet saliendo del embriagador encanto.
-¡Sabes escuchar! -repicó la ardilla igual de sorprendida.
-¡Pero las ardillas no hablan! -discutió Paullet.
-¿Y los conejos si? -le inquirió audaz la ardilla. Paullet asintió sorprendida, ¿como sabia que habia hablado con un conejo? Entonces, sin que le diera tiempo de entonar una palabra, señalandole las rodillas, la ardilla preguntó: -¿qué te pasó?
-Pues... me caí ahí dentro... -contestó la niña señalando la gruta.
-¿Vienes de ahí dentro?
-Sí.
-¿Y no te dio miedo?
-¿Miedo? No... ¿Por qué? -preguntó Paullet mirando la sombra que se extendía dentro de la cueva. Se llevó el índice a la barbilla.
-Trolls, orcos, y una araña gigante viven ahí -respondió acercándose precavida la ardilla- la araña se come a los trolls y a los orcos.
Paullet sintió un vértigo que la jalaba de vuelta a la cueva, como si la succionara, del mismo modo que un fuerte viento la tomaría de sus ropas para arrastrarla de nueva cuenta a la cóncava oscuridad. Se dejó caer enterrando sus manos en la blanda tierra. Cerrando sus deditos en las raíces del brillante césped. Necesitaba aferrarse a algo.
-¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -dijo preocupada la ardilla dando vueltas alrededor de la niña.
-Estaré... mejor si nos vamos de aquí -contestó ella.
-¿Y a dónde vas? -preguntó el animalito moviendo la cola. Al mismo tiempo tomó de la mano a Paullet ayudando a levantarla.
-Busco... -balbuceó Paullet apartando la mirada de la caverna, llevándola al rostro de la ardilla al ponerse de pie-, a los duendes de los calcetines.
-¡Ho... ho! -exclamó la ardilla.
-¿Que sucede?
-Viven del otro lado. Atravesando la caverna hasta llegar a la floresta de los alcatraces.


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jueves, 9 de diciembre de 2010

3-PAULLET EN LA OSCURIDAD


"¿Por cuánto tiempo he caído?", se preguntaba Paullet en la negrura, también se preguntaba si había dejado de caer. La oscuridad era inmensa, algo que una niña como Paullet llamaría inimaginable. No podía distinguir si estaba abajo o arriba, ni arriba o abajo de quien. Apenas podía distinguirse a sí misma. Sentía algo suave apoyado en su espalda. El morral que le diera el viejo Rumpel lo tenía enredado entre las piernas, por tanto tentó bajo su espalda explorando hasta palpar un bulto pachón, moldeable como una almohada de algodón y suave como cualquier muñeco de peluche.
Siguió tocando hasta tener entre sus dedos una extremidad. Algo como una pierna suave y corta: "¡¿sobre qué caí?!" se preguntó Paullet dándole un tirón.
-¡Hay! -chilló la bola de algodón.
-¡¿Sobre quien caí?! -exclamó Paullet incorporándose de un brinco. Detrás de ella apareció un conejo blanco vistiendo de traje. Se sacudía el polvo de su saco murmurando algunas cosas que Paullet no logro entender.
-Lo siento -se disculpó Paullet.
-Yo lo siento más niña, -dijo el señor conejo sacando un reloj dorado de su bolsillo. Lo pegó a su oreja y comenzó a sacudirlo. Parece que no se le aflojó nada, -continuó-. Bien niña...
-Me llamo Paullet, -interrumpió Paullet parándose firme frente a él.
-Para mí sólo eres una niña, -repicó el conejo devolviendo el reloj al bolsillo-. Tengo que irme, dijo haciéndola a un lado con el brazo.
-¡Espere! -el conejo se detuvo, levantó una oreja con suspicacia y atendió-: ¿es usted el conejo del País de las Maravillas?
-¿El País de las Maravillas? -respondió retorico el conejo-, no conozco un país que no esté lleno de maravillas niña. Ahora, tengo que irme, no hay tiempo que perder -dijo y comenzó a brincar alejándose de Paullet. ¡Oiga, oiga! -gritó ella-, ¡busco a los duendes de los calcetines!
-¡No sé de duendes de calcetines! -contestó el conejo-, ¡sólo de reinas de corazones!
Paullet se quedó ahí un instante, pensando en la Reina de Corazones del País de las Maravillas. Viendo como el conejo blanco se convertía en una mancha blanca lejos de ella en la oscuridad. De pronto la embarcó una sensación de acartonamiento. Sintió seca la piel en su rostro y en sus manos, como si no hubiese una sola gota de humedad partida por la mitad en ese lugar. El viento no soplaba, y el aire olía mal... olía a viejo, como a la casa de su abuela. Daba la sensación de que hacía muchos años que no se lavaba nada en esa cavernosa lavadora vieja. Entonces recordó las palabras de Rumpel: "pase lo que pase, no sigas al conejo". Y sin pensarlo, corrió detrás de él.

2-PAULLET Y LA LAVADORA MAGICA


-¿Cómo es que llegaste hasta aquí sola pequeña? -preguntó el anciano al ver a Paullet salir de entre las bolsas de detergente- es demasiado tarde para que estés fuera de la cama. Paullet miró al viejo sin saber que responder. Apretaba su calcetín del gato con botas con una mano dentro de su chamarra roja, con la otra sostenía el gis mágico que le había dado su hada madrina (es sólo para emergencias -le había dicho), con el cual dibujó la puerta en el fondo del armario que la había transportado hasta la planta baja del edificio, a la zona de lavandería, justo detrás de los costales de detergente.
-¿Que tienes ahí? - preguntó el viejo acercándose. Cojeaba arrastrando el lado izquierdo de su cuerpo. Así lo llevó hasta Paullet. Se agachó lentamente con gran pesadez para verle su sonrosada cara infantil. Ella lo miró con espanto. El hombre tenía una verruga negra en la nariz que se movía cuando hablaba. -Mi nombre es Rumpelstiltskin, soy el encargado de la lavandería... pequeña.
"¡¿Rumpelstiltskin?!", se dijo Paullet en un pensamiento que desplazó por completo su espanto, ¡tenía al duende que convierte la paja en oro justo frente a ella! ¿Acaso debía pedirle su autógrafo?
-Tú eres la niña del "403" -interrumpió Rumpelstiltskin los pensamientos de Paullet acercando su rostro al de ella. Su piel tenía la textura de la corteza de un árbol viejo sumergido en el pantano. Casi la rozaba con la nariz mientras la inspeccionaba de arriba abajo con la mirada, como si fuera jurado y juez de sus actos. La sorpresa dio paso de nuevo al espanto, Paullet sentía que la verruga le saltaría encima en cualquier momento, e intentaba disimularlo. Sólo había visto gente tan horrible en las películas. El viejo parecía un ogro, lejos del duende que ella imaginara en el cuento y temió que fuera a devorarla, pero lo que más miedo le daba... era que la llevara de regreso hasta el departamento con su madre.
-¿Y bien? -volvió a interrumpir Rumpelstiltskin-, ¿en qué puedo ayudarte?
No había maldad en la voz del viejo duende y Paullet dejó escapar un aliviado suspiro. Tímidamente sacó el calcetín de la chamarra y lo mostró: -perdí el otro.
-¡Ha! -exclamó el viejo Rumpel-, ya veo. Quizá hmmm -gimoteó rascándose una axila-, quizá... debas comenzar a buscar al fondo - dijo y cojeando llevó a Paullet hasta el extremo opuesto del lugar.
-Tu madre usa los modelos más nuevos. Maquinas automáticas. Pero ahí no encontrarás lo que buscas-, le dijo levantándola con las manos y sentándola en una lavadora junto a una pila de ropa tan sucia que Paullet no soportaba el hedor. Mientras Rumpel balbuceaba las ventajas de las viejas maquinas de lavado de mediados de siglo pasado, Paullet observó que había un par de botines de duendes en ese gran bulto. Entonces recordó que a los duendes nunca se les han visto los pies y de inmediato miró los de Rumpelstiltskin. El viejo traía un par de tenis nike desgastados.
-Aqui está -dijo él, levantando un pequeño morral -te puse una manzana, tú sabrás si comerla o regalarla -sonrío travieso-, además llévate esta bolsa de jabón. Puede ser muy útil si te gustan las burbujas. ¿Estás lista?
-¡Si! -sentenció Paullet animosa.
-No lo suficiente -rió Rumpel tirando al piso la ropa de un empujón. Debajo apareció una vieja lavadora. Su tapa oxidada rechinó al abrirse.
-Una última cosa -le dijo Rumpel mirándola a los ojos-, pase lo que pase allá abajo... ¡no sigas al conejo! -exclamó arrojándola dentro con el mismo ímpetu con el que se había desecho de la ropa. Se escuchó el gritó de alguien que cae en un pozo profundo y no deja de caer. Un grito que se va haciendo más, más, y más pequeño... pequeñito, casi inaudible, pero que nunca se paga.
El viejo cerró la lavadora, amontonó la ropa sobre ella asegurándose de no ser visto, y desapareció.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

1-PAULLET Y EL CALCETÍN PERDIDO


Erase una vez... -escribió Paullet-, una niña llamada Paullet.
Paullet era una niña no más grande que otras niñas de su edad, le gustaba el mar y las mañanas frías en la montaña. Nunca había visto ni una ni la otra, pero las conocía por las fotografías de los viajes de su madre, quien hace años se había instalado en la ciudad para criar a su hija.
Desde la ventana de la sala podía ver el humo expulsado de la refinería, y su brillo en tonos poli cromáticos cuando la golpeaba la tarde. Le parecía un castillo o una fortaleza metálica, a la que algún día debía entrar montando un corcel y empuñando una lanza. Pero aún no. Mamá no la dejaba salir ni al pasillo. Existía todo un mundo por descubrir esperando por ella.
Paullet hubiera deseado un hermano que la acompañara en sus incursiones a tierras desconocidas, pero estimaba que un gato sería mejor compañía. El gato le enseñaría a empuñar una espada y le mostraría que tipo de sombrero usar con unas botas. Tristemente, Mamá era alérgica a los gatos. Tampoco tenía amigas en la escuela, ninguna poseía súper poderes. Así que se contentaba con los cuentos que se apilaban en el buro, las películas amontonadas sobre la vieja videocasetera, y los muñecos de peluche regados en la habitación.
Dos días atrás cuando Madre regresó de la lavandería, Paullet corrió al cesto de la ropa limpia metiendo la cara dentro para inhalar. De inmediato su olfato se inundó del fresco olor de las flores.
-¿Por qué huele a así?, -le preguntó a Mamá. Mamá, sonriendo le había contado que en la lavandería había unas cajas metálicas llamados lavadoras. Ahí la gente ponía la ropa sucia y unos duendes la tomaban para lavarla en un río que cruzaba una floresta.
-Por eso queda impregnado el olor a flores, -le dijo Mamá.
Paullet quedó satisfecha con la respuesta, pero intrigada. Había leído que los duendes podían ser muy serviciales, tanto como amables, pero también eran codiciosos. Lo pensó, y pensó, pero no se podía convencer. Así un par de días luego se acercó a Mamá mientras esta doblaba la ropa y le inquirió: -¿Y que ganan los duendes?
-¿Duendes?, -dijo Mamá desconcertada.
-Sí, duendes, -afirmó Paullet-, los que lavan la ropa.
-¡Ha!, -Mamá se llevó la mano a la frente antes de volver la vista a la ropa blanca que estaba doblando. Miró un calcetín de Paullet que no tenía par y apartándolo se lo mostró:-pues de vez en cuando, se llevan un calcetín, o un calzón, o una camiseta, como pago.
-¡¿En serio?! - tronó Paullet con expresión alarmada. Ese par de calcetines era una de sus posesiones predilectas. Tenía al gato con botas bordado en ellos.
-¡¿Y para qué lo quieren?!
-¡Nadie lo sabe!, es un misterio, -dijo Mamá levantando los brazos y riendo para dentro.
-¡Pero no pueden quedarse con el calcetín. Es mío. Deben devolvérmelo!
-Ojala se pudiera Paullet, -le dijo Mamá-, pero me sorprendería bastante que apareciera, - y diciendo doblaba una sábana blanca sin mostrar la menor preocupación por el objeto perdido.
-¡Me lo regaló mi hada madrina!, - exclamó la niña.
-Madrina mi amor, madrina. No es un hada, -le aclaró Mamá- . Estoy segura que te regalará otros iguales, -continuó sin interés.
-¡No entiendes!-gritó Paullet descubriendo que Mamá no tenía intenciones de ayudarla-, ¡ellos me maúllan canciones de cuna cuando no puedo dormir!
Tenía razón. Mamá no entendía, para ella Paullet llevaba la fantasía de los cuentos demasiado lejos. "Otra vez con esto", pensó tomando su cabello dorado en la misma expresión de alarma que su hija pusiera hace un par de momentos y le dijo: -¡ha! Paullet, le diré a tu madrina que ya no te regale cuentos.
-¡No!, - se opuso Paullet-, no puedes decirle a mi hada madrina que no me regale cuentos.
-Tu madrina... ma-dri-na Paullet,-deletreó Mamá en tono severo- no es ningún hada. ¡Entiéndelo de una vez!
-Ella me dijo que era un hada -respondió Paullet con la misma severidad que su madre tanto en la voz como en el ceño-. Y voy a recuperar ese calcetín aunque no me ayudes -sentenció tomando el que se hallaba revuelto sin par entre la ropa antes de darse media vuelta indignada y salir.
-¡No me des la espalda! -reclamó Mamá.
-¡Tú no crees en nada! -respondió la niña encerrándose en su cuarto.
-¡Eso es Paullet, enciérrate! ¡¿Y qué vas a hacer?, ¿he, encerrarte en el armario de nuevo?! ¡No hay ningún mundo secreto del otro lado Paullet! ¡Ni puede viajar por el tiempo tampoco!, ¡¿me oyes, he?! ¡¿me oyes?!
Aunque Paullet la había escuchado arrinconada dentro del armario no hubo respuesta, y Mamá se quedó sentada apretando una sabana con los dientes, recordando la vez que su hija se pasó dos días enteros sin salir del armario intentando pasar a otro mundo. Todo gracias a los libros que su madrina le regaló en su cumpleaños, y aunque el armario nunca se abrió del otro lado, Paullet se contentó cuando su hada le explicó que los pocos armarios mágicos que quedan en el mundo se encuentran cerca de los bosques y del campo.
Madre exhaló un suspiro, terminó con la ropa, hizo una llamada telefónica, concertó una cita y antes de acostarse, tocó a la puerta de Paullet:-hija... mañana iremos con tu madrina. Saldremos temprano... -dijo pegando la oreja a la madera sin obtener respuesta. Pensó que estaría dormirá. "La levantaré temprano", se dijo resignada, pero Paullet ya no estaba en la habitación.