viernes, 8 de enero de 2010

RECUENTO DE DAÑOS

Veamos ¿Cómo diablos me metí en esto? Estoy en la central camionera de una ciudad que no conozco a la una de la mañana, sin dinero, sin comida y sin un lugar a donde ir. Además de eso, por si fuera poco, el costo del pasaje ha sido cubierto en su totalidad por el Señor Generosidad. Un anciano gruñón que da dinero a la gente a cambio de sus más preciadas posesiones materiales. Y si tiene valor sentimental agregado, cuanto mejor. A mi sólo me pidió el ejemplar número uno de “Araña Roja”, número que aparte de su elevado valor económico, era del abuelo.
A él, en ese entonces le costó una colección de canicas. A mi, me costó la muerte del abuelo. Al Señor Generosidad, le costó mi boleto sin retorno a esta ciudad y a quien se lo compre le costara suficiente como para adquirir millones de canicas, enterrar miles de veces a su abuelo y pagar mi boleto de regreso cientos de veces. Aun así, me sigue saliendo barato comparando el precio de lo que intento recuperar: el amor. Por alguna razón, el amor siempre me evita, me rehúye y se me escapa, así ha sido desde el principio. En algún momento cuando peque perdí el amor de mi padre, en algún otro, el de mi madre; el amor de mi hermana ¿qué más da? Ella vino para quitarme el amor de mis padres.
Siempre he pensado que la familia te quiere por compromiso, porque eres el hijo del hermano de alguien o porque los abuelos de alguien resultan ser también los tuyos, y digo esto porque sólo en una, en una sola ocasión, cometí el error de hacer dieciocho llamadas de larga distancia desde casa de la abuela. Eso les dio el pretexto suficiente para tacharme de insensato, superfluo, irrespetuoso y de negarme su cariño.
El amor de una mujer, si no podía aspirar al amor fraternal de un amigo, ni pensar en el de una mujer. Una vez alguien me dijo: “el amor de dondequiera es bueno”. Así que decidí comprarme una mascota. Un pez dorado que prefirió saltar fuera de su pecera antes de convivir conmigo. El desgraciado se suicidó para escapar de mí. El segundo intento fue un gato, no bien lo traje a casa en brazos, huyó de ella. El ultimo y peor intento fue un perro, aún vive en casa y ya es bastante viejo, pero desde que lo llevé, siempre prefirió a mi hermana.
Poco después falleció el abuelo. Sus últimas palabras cambiaron mi vida. Su vista se nubló, extendió la mano y me dijo: Hijo, pásame una salchicha con papas. Dicho esto papá desconectó el oxigeno y de esa manera perdí la única dosis de afecto con la que contaba.
Para ese momento ya me sentía como un invitado no deseado en casa. Mis padres se desatendían de mí cada vez más, y económicamente no tenía para continuar en la preparatoria. Me sentía como perro de vecindad: el que no es de nadie, el que no se va porqué no tiene a donde ir.
Decidí emplearme en un puesto de comida rápida, especializado en salchichas con papas. Con mi primer sueldo pagué la prepa y adquirí un oso cariñoso: un muñeco de peluche, el placebo perfecto para sustituir el cariño de verdad. Esa noche tuve la impresión de que todo iba a mejorar. Impresión equivocada, al siguiente día fui despedido. Opté por afrontar la situación de la mejor manera que pude: vendí el oso cariñoso a menos de la mitad del costo; compré varias solicitudes de empleo; lloré, me tomé unas fotos y fui a una bolsa de trabajo y después, volví a llorar. No aceptaron las fotos. Dijeron que lo sentían mucho pero que la próxima vez que me las tomara, tratase de no llorar. Dizque se ve mal en una referencia.
Regresé con mis papeles en orden. Según mis aptitudes calificaba para dos trabajos, la primera era para modelar. Trabajo que hubiese aceptado con ciertas reservas, si me lo hubiesen ofrecido. Nunca he sido frívolo, más bien siempre he sufrido la frivolidad de los demás, así que me convertí en acomodador de librería.
Cuando comuniqué a mis padres que tenia un nuevo empleo, se apresuraron a obsequiarme un par de cajas para empacar mis pertenencias, y un periódico para que buscara apartamento. Pronto había empacado todo, hasta me sobró una caja. Tan sólo poseía un par de zapatos de uso diario, el número uno de “Araña Roja”, tres pantalones, cinco playeras, dos camisas, tres calcetines (un par y uno suelto), dos bóxers, una toalla, y, lo más cercano que había tenido al amor de una mujer: una peli porno.
Así, llegué a casa. Era un pequeño cuarto con una cama de cemento en una esquina. En la esquina opuesta, la regadera y debajo, el escusado. Compré una almohada, una cocineta eléctrica, me volví alcohólico y ¡todo cambio! Tenía la casa llena de gente semidesnuda todos los fines de semana y tan sorpresivamente como las fiestas llegaron a mí, empecé a llegar a las fiestas, y a tener amigos. No me querían porque fuera agradable, carismático, simpático o atractivo, sino porqué era el único que podía pagar las pedas. Y en una de tantas conocí a Abril, una inocente flor de primavera ojo azul. La vi titilando como estrella entre la multitud, y, sólo quise poseerla, fornicarla, follarla, reventarla, cogérmela... que me la chupara.
Llegó de esta ciudad a pasar una larga temporada en la mía. Pero por más que se alargó, terminó. Entonces se acabaron las fiestas y me sentí solo. Una noche me salí por un café. Conocí a una tipa. Tomamos unas copas. Fuimos a mi apartamento bajo el pretexto de charlar un rato, pero yo sólo pensaba en poseerla, fornicarla, follarla, reventarla, cogérmela... en que me la chupara. Sólo quería sentirme amado. Una vez alguien me dijo: “el amor de donde quiera es bueno”. Pues se equivoca.
Ahora todo esta oscuro, la ansiedad me desespera y la desesperanza me asusta. Hace frío. Bostezo, tengo mucho sueño… Mis párpados pesan. A esta hora no hay metro, no hay camiones, ni colectivos, ni ninguna manera de salir de aquí. Sólo me queda esperar a que amanezca. Estoy en la central camionera de una ciudad que no conozco, a la una de la madrugada, sin dinero, sin comida y sin nada más que una servilleta arrugada donde Abril anotó su teléfono un ultimo instante antes de partir. “Por si algún día me extrañas”.
De pronto, aparece por fin. La veo a la distancia. Siento un salto en el corazón y sonrío. Me hace señas con la mano. Su rostro brilla en el frío y sus ojos se desbordan al verme. Tratando de retener su imagen. Bostezo de nuevo y se desvanece.
Somnoliento es difícil concentrarse en los recuerdos. Sólo fluyen sin control, como manchas que se expanden hasta convertirse en sueños.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario