Veamos ¿Cómo diablos me metí en esto? Estoy en la central
camionera de una ciudad que no conozco a la una de la mañana, sin dinero, sin
comida y sin un lugar a donde ir. Además de eso, por si fuera poco, el costo
del pasaje ha sido cubierto en su totalidad por el Señor Generosidad. Un
anciano gruñón que da dinero a la gente a cambio de sus más preciadas
posesiones materiales. Y si tiene valor sentimental agregado, cuanto mejor. A
mi sólo me pidió el ejemplar número uno de “Araña Roja”, número que aparte de
su elevado valor económico, era del abuelo.
A él, en ese entonces le costó
una colección de canicas. A mi, me costó la muerte del abuelo. Al Señor
Generosidad, le costó mi boleto sin retorno a esta ciudad y a quien se lo
compre le costara suficiente como para adquirir millones de canicas, enterrar
miles de veces a su abuelo y pagar mi boleto de regreso cientos de veces. Aun
así, me sigue saliendo barato comparando el precio de lo que intento recuperar:
el amor. Por alguna razón, el amor siempre me evita, me rehúye y se me escapa,
así ha sido desde el principio. En algún momento cuando peque perdí el amor de
mi padre, en algún otro, el de mi madre; el amor de mi hermana ¿qué más da?
Ella vino para quitarme el amor de mis padres.
Siempre he pensado que la familia
te quiere por compromiso, porque eres el hijo del hermano de alguien o porque
los abuelos de alguien resultan ser también los tuyos, y digo esto porque sólo
en una, en una sola ocasión, cometí el error de hacer dieciocho llamadas de
larga distancia desde casa de la abuela. Eso les dio el pretexto suficiente
para tacharme de insensato, superfluo, irrespetuoso y de negarme su cariño.
El amor de una mujer, si no podía
aspirar al amor fraternal de un amigo, ni pensar en el de una mujer. Una vez
alguien me dijo: “el amor de dondequiera es bueno”. Así que decidí comprarme
una mascota. Un pez dorado que prefirió saltar fuera de su pecera antes de
convivir conmigo. El desgraciado se suicidó para escapar de mí. El segundo
intento fue un gato, no bien lo traje a casa en brazos, huyó de ella. El ultimo
y peor intento fue un perro, aún vive en casa y ya es bastante viejo, pero
desde que lo llevé, siempre prefirió a mi hermana.
Poco después falleció el abuelo.
Sus últimas palabras cambiaron mi vida. Su vista se nubló, extendió la mano y
me dijo: Hijo, pásame una salchicha con papas. Dicho esto papá desconectó el
oxigeno y de esa manera perdí la única dosis de afecto con la que contaba.
Para ese momento ya me sentía
como un invitado no deseado en casa. Mis padres se desatendían de mí cada vez
más, y económicamente no tenía para continuar en la preparatoria. Me sentía
como perro de vecindad: el que no es de nadie, el que no se va porqué no tiene
a donde ir.
Decidí emplearme en un puesto de
comida rápida, especializado en salchichas con papas. Con mi primer sueldo
pagué la prepa y adquirí un oso cariñoso: un muñeco de peluche, el placebo
perfecto para sustituir el cariño de verdad. Esa noche tuve la impresión de que
todo iba a mejorar. Impresión equivocada, al siguiente día fui despedido. Opté
por afrontar la situación de la mejor manera que pude: vendí el oso cariñoso a
menos de la mitad del costo; compré varias solicitudes de empleo; lloré, me
tomé unas fotos y fui a una bolsa de trabajo y después, volví a llorar. No
aceptaron las fotos. Dijeron que lo sentían mucho pero que la próxima vez que
me las tomara, tratase de no llorar. Dizque se ve mal en una referencia.
Regresé con mis papeles en orden.
Según mis aptitudes calificaba para dos trabajos, la primera era para modelar.
Trabajo que hubiese aceptado con ciertas reservas, si me lo hubiesen ofrecido.
Nunca he sido frívolo, más bien siempre he sufrido la frivolidad de los demás,
así que me convertí en acomodador de librería.
Cuando comuniqué a mis padres que
tenia un nuevo empleo, se apresuraron a obsequiarme un par de cajas para
empacar mis pertenencias, y un periódico para que buscara apartamento. Pronto
había empacado todo, hasta me sobró una caja. Tan sólo poseía un par de zapatos
de uso diario, el número uno de “Araña Roja”, tres pantalones, cinco playeras,
dos camisas, tres calcetines (un par y uno suelto), dos bóxers, una toalla, y,
lo más cercano que había tenido al amor de una mujer: una peli porno.
Así, llegué a casa. Era un
pequeño cuarto con una cama de cemento en una esquina. En la esquina opuesta,
la regadera y debajo, el escusado. Compré una almohada, una cocineta eléctrica,
me volví alcohólico y ¡todo cambio! Tenía la casa llena de gente semidesnuda
todos los fines de semana y tan sorpresivamente como las fiestas llegaron a mí,
empecé a llegar a las fiestas, y a tener amigos. No me querían porque fuera
agradable, carismático, simpático o atractivo, sino porqué era el único que
podía pagar las pedas. Y en una de tantas conocí a Abril, una inocente flor de
primavera ojo azul. La vi titilando como estrella entre la multitud, y, sólo
quise poseerla, fornicarla, follarla, reventarla, cogérmela... que me la
chupara.
Llegó de esta ciudad a pasar una
larga temporada en la mía. Pero por más que se alargó, terminó. Entonces se
acabaron las fiestas y me sentí solo. Una noche me salí por un café. Conocí a
una tipa. Tomamos unas copas. Fuimos a mi apartamento bajo el pretexto de
charlar un rato, pero yo sólo pensaba en poseerla, fornicarla, follarla,
reventarla, cogérmela... en que me la chupara. Sólo quería sentirme amado. Una
vez alguien me dijo: “el amor de donde quiera es bueno”. Pues se equivoca.
Ahora todo esta oscuro, la
ansiedad me desespera y la desesperanza me asusta. Hace frío. Bostezo, tengo
mucho sueño… Mis párpados pesan. A esta hora no hay metro, no hay camiones, ni
colectivos, ni ninguna manera de salir de aquí. Sólo me queda esperar a que
amanezca. Estoy en la central camionera de una ciudad que no conozco, a la una
de la madrugada, sin dinero, sin comida y sin nada más que una servilleta
arrugada donde Abril anotó su teléfono un ultimo instante antes de partir. “Por
si algún día me extrañas”.
De pronto, aparece por fin. La
veo a la distancia. Siento un salto en el corazón y sonrío. Me hace señas con
la mano. Su rostro brilla en el frío y sus ojos se desbordan al verme. Tratando
de retener su imagen. Bostezo de nuevo y se desvanece.
Somnoliento es difícil
concentrarse en los recuerdos. Sólo fluyen sin control, como manchas que se
expanden hasta convertirse en sueños.
FIN
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