POR MARIO VIVEROS
Mientras estuve con Karla, intenté revivir el pasado muchas veces. Sabía que aquello que buscaba había quedado atrás y que nunca volvería a mi vida. Pero a final de cuentas, Karla siempre me convencía de que vivir el presente era realmente lo que valía la pena y que lo mejor era hacer cualquier cosa que mantuviera mi mente ocupada con tal de seguir adelante. Hacer el amor era su gran remedio. Hacerlo hasta que dormíamos abrazados. Hacerlo hasta que el olor de nuestros cuerpos húmedos inundaba el ambiente. Hacerlo hasta perder la conciencia.
Pero Karla murió.
Sufrió una larga agonía en la que ella se aferró a la vida desesperadamente. Precisamente el último día que la velamos, era la fecha de nuestro décimo aniversario. La panacea acabó. no hubo remedio esta vez. Ella se había ido.
Yo debí de haberme cansado de buscar en otros cuerpos el elixir que brotaba del centro de su cuerpo, la sensación de sus uñas clavándose en mi espalda, el calor palpitante de mis piernas entre las suyas. Pero no lo hice. Simplemente, pensé que mi búsqueda no había sido lo suficientemente selectiva.
Sabía que no podía tenerla de nuevo. Eso lo sabía. Pero nada me impedía buscar a alguien que fuera lo mas parecida a ella. Física e intelectualmente. Después de todo vivimos en un mundo de posibilidades infinitas. Somos miles de millones de personas. Debía de haber alguien en el mundo que tuviera sus mismos gustos, sus mismas actitudes, su mismo físico y su misma manera de pensar. Alguien concebido del mismo modo que ella. Una explosión de cromosomas que activó un mecanismo de creación idéntico al suyo. Una persona que fuera idéntica a Karla, pero sin serla.
Sin embargo era realista. Tracé un recorrido en el que pretendía visitar las ciudades donde fuera más factible encontrarla. A Karla le gustaba la gente, y siempre amó la creciente agitación de los tumultos humanos. En todas las ciudades que visité frecuenté los bares bohemios a los que tanto gustaba de ir. Busqué en festivales de cine, en conferencias, en conciertos, cafés al aire libre. Todos aquellos lugares que amaba y gustaba visitar. Me dí un plazo de cinco años para encontrarla. Cuando arribé a buenos aires habían pasado cuatro años.
Aquella noche fui a un recital poético. Al cabo de dos horas me di cuenta de que no estaba allí. Abandoné mi copa de tinto en la mesa y me aproximé a la barra para iniciar con la ración de whisky que cerraba todas las noches de infructuosa búsqueda. Acababa de llegar a la ciudad, así que no tenia auto. Por la mañana debía alquilar uno. Empiné mi copa de whisky y después de pagar la cuenta salí del lugar, para tomar un taxi.
Pero llovía mucho. Tanto, que todos los taxis estaban ocupados. Mi hotel no quedaba lejos, así que decidí tomar el metro. Alcanzaría la última corrida. Me recosté en el asiento de un vagón vació de aquel gusano mecánico y me aflojé la corbata. Mi cabeza se recargaba en el vidrio de la ventana, mirando las luces parpadeantes que iluminaban cada tramo de oscuridad entre estación y estación. Miraba hacia afuera sin ver. Tenia unas ganas tremendas de encender un cigarrillo. Llegamos a una estación, no subió nadie. Llegamos a la siguiente y a la que le seguía a esta. Tampoco subió nadie. Me decidí finalmente a encender un cigarro justo cuando las puertas del vagón comenzaban a cerrarse.
Saqué el cigarro, lo coloqué torpemente en mis labios y busque mi encendedor en todos los bolsillos de mi ropa. Cuando lo encontré, al fin, en la bolsa izquierda de mi pantalón, agaché un poco mi rostro para acercarlo al fuego. Un reflejo en la ventanilla bastó. Un golpe en la puerta lo confirmó. Fue como una anunciación. El encendedor resbaló de mis dedos y cayó, aun encendido en el metálico piso. Alcé la vista y alcance a verla. Con sus manos pegadas al vidrio de la puerta. Con un vestido azul, con una peineta negra sujetando su cabello, con su rostro fino, con la mirada enigmática que tantas veces ocupó los ojos verdes de Karla, observándome. Sabiendo pero sin comprender.
El tren emitió un pitido y se dispuso a arrancar. Yo me levanté del asiento y caminé hacia la puerta. Hacia ella. Lo último que alcancé a ver fue a su madre correr desesperada para arrancar sus manitas del vidrio. Ella no sabía que no debía separarse de las manos de su madre. Ella no sabia que no debía acercarse al vagón del metro cuando estuviera por arrancar. Ella solo sabía que tenía 7 años y que lo único que quería era llegar a dormir a su casa.
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