por Marco Antonio Rodriguez
Recuerdo perfectamente aquella vez, cuando la gélida madrugada me sorprendió de frente con un frío sentimiento de vacío. Un sentimiento solo similar al que se podría sentir en el exilio del sueño más visceral. Un sentimiento de soledad y nostalgia tan profundo que asemejaba al duelo vivido por una perdida. De hecho, la idea no estaba tan alejada de eso, pues según entiendo eso es lo que pasa cuando ella llega a buscarte. Sí. También pasé por todos los síntomas convencionales: Mi corazón que a tropel cabalgaba de pronto cedió ante la lentitud de sus pasos; Mi respiración que hacia eco con el movimiento del viento sobre las cortinas de mi ventana, se tornó manceba hasta el punto de casi desaparecer; y mis ojos dejaron de ser el espejo transparente de la calidez de mi ser amado para convertirse en el deposito hueco de una luz que se reflejó en mi rostro empalideciéndolo tanto, que mi color y el de las sabanas se volvieron uno mismo.
Ya antes había escuchado sobre los encuentros con ella. Algunos decían que llegaba radiante con una túnica negra, tan larga que impedía ver sus pies, pero tan delgada que remarcaba su esquelética figura. También escuche decir mil veces que se presentaba siempre con la hoz perfectamente afilada en su mano izquierda y la balanza terrenal del tiempo en la otra mano, que indicaba el momento exacto en que pasabas de la etapa carnal a la espiritual, para unirte a los refaim o santificarte en un reino superior.
Aquella extraña visita me provoco tal sensación de indiferencia que colapso mi mundo espiritual, y me llenó de dudas. ¿Acaso no debía sentir miedo? ¿No sería lo natural sentirme por lo menos ansioso, y tener el ímpetu de escapar de ella?
Algo definitivamente no estaba bien, así que de forma repentina tomé el poco valor que para entonces quedaba en mí, y de manera prácticamente inaudible, pronuncie las palabras más desafiantes que hasta le fecha he articulado con esta boca pecadora en toda mi existencia:
-¿vas a llevarme contigo o no?-
De haber sabido que el motivo de su visita era otro, jamás me hubiera atrevido a balbucear con tal soberbia semejante planteamiento. No cabe duda que bastaba un soplido de su infrahumana anatomía para borrar de la existencia cualquier rastro de mi paso por el mundo.
Me quedó claro que él o ella, fuera cual fuera el sexo que ostentaba ese espectro, no tenia la intención (en ese momento) de modificar mi nombre en el pequeño libro que cargaba en sus bolsillo, libro que según me contó después llevaba el nombre de todos los que en este mundo habitan, incluyendo el de mi amada, por su puesto. Ese era sería, mas tarde me enteré, el dilema.
Después de haberle retado con mi burdo planteamiento, y de contemplarle atónito sobre mi lecho de descanso, sobre mi hombro sentí como unos desmembrados dedos con olor a cripta, delgados, largos y fríos como el hielo que cubría los techos de la zona en esa temporada, me tocaban a la vez que del agujero negro en el centro de su capucha, brotaban unas palabras que aunque sonaban en una lengua desconocida para mi, resultaban totalmente entendibles.
-¡Hagamos un trato!- Susurró, a lo que yo en mi suprema incomprensión, no pude contestar nada, y simplemente me limité a seguirle escuchando. Acaso estaba la muerte, si es correcto llamarle así, ¿hablando conmigo? Para ser un sueño, ya había durado lo suficiente, algo definitivamente estaba muy mal.
-Hagamos un trato- volvió a susurrar, y yo por fin comprendí que aquello no era un sueño, si no una revelación que, de seguro, no me traería nada bueno.
-Te propongo algo- dijo en seguida. Para ese entonces, yo ya había aceptado que lo que acontecía podía ser real, por lo que en el ánimo de que, lo que fuera que estuviera sucediendo, terminara rápido, conteste:
-Que quieres, ¿de que clase de trato me hablas?-
-La quiero a ella, solo a ella, dámela y a cambio borraré un nombre de la lista a tu elección-
-¿A ella? ¿De quien me hablas? ¡No comprendo nada de lo que aquí sucede!-
-La quiero a ella, dámela que yo le ofreceré ¡la vida eterna!-
Tardé mucho en comprender lo que sucedía, pero después de pensarlo un poco, se me ocurrió que podría estar hablando de quien en ese momento representaba para mi, lo único valioso de mi vida. Sí, se refería a Leonora.
-La quiero a ella dámela y a cambio borraré un nombre de la lista a tu elección, el que tu quieras. Por tanto esa persona jamás será llamada a entregar cuentas.-
-¿Cómo puedes pedirme eso? Yo la amo, además no puedo dejar que te lleves a quien le ha inyectado a mi vida, vida, la luz en sus momentos más oscuros. ¡No puedo matarla! -
-¡No morirá!, nadie va a morir. No en este momento, ya les llegará su hora. Está escrito en este pequeño libro. –
-Entonces, ¿como es que piensas llevártela? ¡No entiendo nada!-
-No debes entender, solo decide. ¿Me la das o no?-
Definitivamente como lo pensé, algo aquí estaba muy mal. Que hacia yo en la madrugada platicando con semejante criatura. ¿Por qué no podía despertarme de una buena vez de esta maldita pesadilla? Y en cuanto a Leonora, ¿Por qué diablos querría la muerte llevársela?
Todo carecía de sentido, se supone que cuando este ser se presenta ante ti, ya no hay macha atrás. Se supone que llega a recogerte y no ha platicar contigo. Y aun así, si lo que quisiera es llevarse a Leonora, ¿Qué diablos hace aquí? ¿No debería estar entonces, en la habitación de Leonora?
Creo que si este engendro quisiera, simplemente terminaría con la existencia de mi amada Leonora. ¿Por qué? ¿Por qué pedirme permiso?
-Se te acaba el tiempo. ¿Qué decides? Recuerda que a cambio tendrás la opción de borrar un nombre del pequeño libro, y así otorgarle vida eterna-
Lo único que tenía claro en ese momento era que tenía que tomar una decisión rápida para que esta estúpida pesadilla terminara de una vez por todas. Lo que esta aberración aforme quería era a Leonora ¿no?, pero era evidente que venia ante mi, porque no pensaba llevarla al otro lado del silencio, donde su alma descansaría o sería martirizada eternamente. No, no iba a morir. Quería llevársela para ella misma, y aunque me da asco concebirlo, solo así las cosas tomarían un sentido lógico dentro este bizarro acontecimiento.
Así que ahora tenía que aceptar que, aunque se me hiciera ridículo e increíble, la muerte se había enamorado de mi amada Leonora, y que siendo prácticos, si no se la daba de buena manera, se la llevaría de todos modos.
Obviamente yo la quería, y por lo menos en este mundo haría lo que fuera porque no le pasara nunca nada malo. Pero ¿que podía yo hacer ante la amenaza de un ser supra o infra humano que me pedía la entregase así de la nada? ¿Acaso debí negarme y desatar su cólera? De hacerlo de seguro se tornaría iracunda y entonces le quitaría la vida a mi amada. Peor aún, si le hiciere enfurecer, podría quitarme a mí la vida en este instante y ¡eso jamás!, Nunca le haría eso a mí amada Leonora. No sería tan desgraciado como para hacerle pasar el calvario de verme partir antes que ella. No. Eso no era una opción.
-Esta bien, llévatela contigo repugnante criatura, pero no le hagas daño. Dame tu palabra de ente, deidad o lo que seas. Prométeme también que sea lo que sea, pase lo que pase y fuese lo que fuese, ella jamás sabrá que yo te la entregué.-
-Escoge entonces el nombre de quien será borrado de mi lista. Piénsalo muy bien.-
No tuve mucho que pensar. Esto era un acto de amor después de todo, así que me aseguraría de que aquel engendro maldito cumpliera su promesa y no le hiciera daño.
Tenía que asegurarme de evitar que cuando se aburriera de ella, no la dejara vagando en la ultratumba limbica que de seguro era su morada. Porque estaba seguro que este ser que vino a mi no podría amarla tan intensamente, como lo hice yo, por toda la eternidad. Eventualmente se desharía de ella.
-Leonora- susurré suavemente al tiempo que note como su aliento dibujaba una nubecilla de vapor que salía de su capucha. Era evidente que no se esperaba que la nombrara a ella. Cualquiera en mi lugar se habría escogido así mismo para gozar de vida eterna y acumular experiencia y riqueza a través de los siglos.
-Así será…-
Repentinamente volteó la cara permitiéndome contemplar por un segundo unos grandes y abiertos ojos marrones que destacaban de entre su cadavérico rostro.
Como si fuera de aire se desintegró en tan poco tiempo que su estela se confundió con el cigarrillo que tuve prendido todo el tiempo mientras charlaba con ella.
El calor de la habitación volvió tan súbitamente, que como consecuencia acelero mi respiración y provocó que el tropel de mi músculo cardiaco manifestara que me encontraba con vida.
Entre percepciones borrosas y obscuras poco a poco me incorpore y sentado en la cama estire el brazo para encender un cigarrillo como lo hacía cada mañana. La luz por fin entro por mis ojos y ahora todo estaba muy claro. ¡Había tenido otro Sueño estúpido!
No tardé mucho en desayunarme las ultimas latas de cerveza que encontré en la nevera, y encamine mis pasos hacía la casa de Leonora, quien de seguro se infartaría al escuchar la historia de mi loco sueño.
Una vez en el pórtico de su casa, casi como un ladrón, corté un par de tulipanes de su hermoso jardín y me apresure a tocar la puerta.
-¿Que desea?- me preguntó el padre de Leonora, en un tono extraño, como si no recordara que llevaba 6 años saliendo con ella.
-Quiero ver a Leonora, Albert. Quede con ella para almorzar.-
-Debes de estar equivocado, aquí no vive ninguna Leonora. Solo mi esposa Alice y yo, ¡pues mi único hijo se enlisto en el ejército!-
-Que pasa Albert, ¿hay algo que deba saber?-
-Mira muchacho, si lo que quieres es trabajo, déjame decirte que el césped esta recién podado, así que no molestes mas y vete de una vez.-
No se que me impresionó mas, si la respuesta del padre de Leonora o ver que el retrato junto al espejo de mi alcoba, me mostraba a mi pero no a ella.
Saqué de inmediato la foto que guardaba en mi cartera y al mismo tiempo que note que estaba en blanco, me desmoroné y juro por dios que estuve a punto de volverme loco.
Me costo mucho tiempo entenderlo.
Después de 6 meses de confinamiento en mi habitación con la compañía de Lorain, mi gato persa, y de incalculables botellas de ginebra comprendí que había sido victima de un engaño.
Sí. La muy maldita si que me la había hecho. Jugó con mi mente y no sólo se llevó a mi amada, si no que me manipuló para que escogiera su nombre y la borrara de aquel maldito libro.
Es lógico. Todo tiene un principio y un final. Es imposible borrar la hora final de alguien de la lista, pues no se puede detener el ciclo natural de la vida. Pero, también es cierto que no hay un final sin un principio, y no puedes llevarte a alguien que nunca existió. Que nunca vivió. Que nunca Nació.
El desdichado espectro no me explico, o más bien yo, por el miedo a conversar con aquella cosa y admitir que lo que sucedía era real, no le pregunte. No, no le pregunte ¿que era ese libro?, pues de haberlo hecho me hubiera contestado con toda seguridad que ese, era el libro de la vida y no el de la muerte como yo pensaba.
Así pues, al elegir a Leonora elegí que fuera borrada de la conciencia de este mundo, de raíz. Me convertí en cómplice de la muerte pues al eliminarla de la existencia, nadie podría jamás reclamarle el llevarse a una humana a vivir al más allá. Por eso no se la llevo directamente, por eso no me llevo a mí. Necesitaba alguien que aplastara el botón, alguien que escogiera el nombre indicado. Otro en mi lugar se hubiera escogido a si mismo, pero no. Yo la escogí a ella. Yo se la entregué…
27 años después, el frío en el basurero en que vivía no me dejaba dormir.
Había usado casi todo mi periódico restante para el fogón de aquella noche. Mis fuerzas no me daban para acercarme un poco más a él. Tome un trago, y sentí un dolor profundo en el pecho mientras mi brazo se dormía como la ultima vez, cuando me llevaron a ese lugar donde comí gratis por un mes, hasta que me echaron de nuevo a la calle.
Inesperadamente una silueta demacrada envuelta en una túnica negra con una hoz en una mano y una balanza en la otra, se acerco a mí.
-¿Es el momento?- pregunté dando otro sorbo profundo a mi botella de aguardiente, que en ese momento era mi única pertenencia.-
- Si mi amor, es el momento.-
CREDITOS PARA WARIKA THE POE
Recuerdo perfectamente aquella vez, cuando la gélida madrugada me sorprendió de frente con un frío sentimiento de vacío. Un sentimiento solo similar al que se podría sentir en el exilio del sueño más visceral. Un sentimiento de soledad y nostalgia tan profundo que asemejaba al duelo vivido por una perdida. De hecho, la idea no estaba tan alejada de eso, pues según entiendo eso es lo que pasa cuando ella llega a buscarte. Sí. También pasé por todos los síntomas convencionales: Mi corazón que a tropel cabalgaba de pronto cedió ante la lentitud de sus pasos; Mi respiración que hacia eco con el movimiento del viento sobre las cortinas de mi ventana, se tornó manceba hasta el punto de casi desaparecer; y mis ojos dejaron de ser el espejo transparente de la calidez de mi ser amado para convertirse en el deposito hueco de una luz que se reflejó en mi rostro empalideciéndolo tanto, que mi color y el de las sabanas se volvieron uno mismo.
Ya antes había escuchado sobre los encuentros con ella. Algunos decían que llegaba radiante con una túnica negra, tan larga que impedía ver sus pies, pero tan delgada que remarcaba su esquelética figura. También escuche decir mil veces que se presentaba siempre con la hoz perfectamente afilada en su mano izquierda y la balanza terrenal del tiempo en la otra mano, que indicaba el momento exacto en que pasabas de la etapa carnal a la espiritual, para unirte a los refaim o santificarte en un reino superior.
Aquella extraña visita me provoco tal sensación de indiferencia que colapso mi mundo espiritual, y me llenó de dudas. ¿Acaso no debía sentir miedo? ¿No sería lo natural sentirme por lo menos ansioso, y tener el ímpetu de escapar de ella?
Algo definitivamente no estaba bien, así que de forma repentina tomé el poco valor que para entonces quedaba en mí, y de manera prácticamente inaudible, pronuncie las palabras más desafiantes que hasta le fecha he articulado con esta boca pecadora en toda mi existencia:
-¿vas a llevarme contigo o no?-
De haber sabido que el motivo de su visita era otro, jamás me hubiera atrevido a balbucear con tal soberbia semejante planteamiento. No cabe duda que bastaba un soplido de su infrahumana anatomía para borrar de la existencia cualquier rastro de mi paso por el mundo.
Me quedó claro que él o ella, fuera cual fuera el sexo que ostentaba ese espectro, no tenia la intención (en ese momento) de modificar mi nombre en el pequeño libro que cargaba en sus bolsillo, libro que según me contó después llevaba el nombre de todos los que en este mundo habitan, incluyendo el de mi amada, por su puesto. Ese era sería, mas tarde me enteré, el dilema.
Después de haberle retado con mi burdo planteamiento, y de contemplarle atónito sobre mi lecho de descanso, sobre mi hombro sentí como unos desmembrados dedos con olor a cripta, delgados, largos y fríos como el hielo que cubría los techos de la zona en esa temporada, me tocaban a la vez que del agujero negro en el centro de su capucha, brotaban unas palabras que aunque sonaban en una lengua desconocida para mi, resultaban totalmente entendibles.
-¡Hagamos un trato!- Susurró, a lo que yo en mi suprema incomprensión, no pude contestar nada, y simplemente me limité a seguirle escuchando. Acaso estaba la muerte, si es correcto llamarle así, ¿hablando conmigo? Para ser un sueño, ya había durado lo suficiente, algo definitivamente estaba muy mal.
-Hagamos un trato- volvió a susurrar, y yo por fin comprendí que aquello no era un sueño, si no una revelación que, de seguro, no me traería nada bueno.
-Te propongo algo- dijo en seguida. Para ese entonces, yo ya había aceptado que lo que acontecía podía ser real, por lo que en el ánimo de que, lo que fuera que estuviera sucediendo, terminara rápido, conteste:
-Que quieres, ¿de que clase de trato me hablas?-
-La quiero a ella, solo a ella, dámela y a cambio borraré un nombre de la lista a tu elección-
-¿A ella? ¿De quien me hablas? ¡No comprendo nada de lo que aquí sucede!-
-La quiero a ella, dámela que yo le ofreceré ¡la vida eterna!-
Tardé mucho en comprender lo que sucedía, pero después de pensarlo un poco, se me ocurrió que podría estar hablando de quien en ese momento representaba para mi, lo único valioso de mi vida. Sí, se refería a Leonora.
-La quiero a ella dámela y a cambio borraré un nombre de la lista a tu elección, el que tu quieras. Por tanto esa persona jamás será llamada a entregar cuentas.-
-¿Cómo puedes pedirme eso? Yo la amo, además no puedo dejar que te lleves a quien le ha inyectado a mi vida, vida, la luz en sus momentos más oscuros. ¡No puedo matarla! -
-¡No morirá!, nadie va a morir. No en este momento, ya les llegará su hora. Está escrito en este pequeño libro. –
-Entonces, ¿como es que piensas llevártela? ¡No entiendo nada!-
-No debes entender, solo decide. ¿Me la das o no?-
Definitivamente como lo pensé, algo aquí estaba muy mal. Que hacia yo en la madrugada platicando con semejante criatura. ¿Por qué no podía despertarme de una buena vez de esta maldita pesadilla? Y en cuanto a Leonora, ¿Por qué diablos querría la muerte llevársela?
Todo carecía de sentido, se supone que cuando este ser se presenta ante ti, ya no hay macha atrás. Se supone que llega a recogerte y no ha platicar contigo. Y aun así, si lo que quisiera es llevarse a Leonora, ¿Qué diablos hace aquí? ¿No debería estar entonces, en la habitación de Leonora?
Creo que si este engendro quisiera, simplemente terminaría con la existencia de mi amada Leonora. ¿Por qué? ¿Por qué pedirme permiso?
-Se te acaba el tiempo. ¿Qué decides? Recuerda que a cambio tendrás la opción de borrar un nombre del pequeño libro, y así otorgarle vida eterna-
Lo único que tenía claro en ese momento era que tenía que tomar una decisión rápida para que esta estúpida pesadilla terminara de una vez por todas. Lo que esta aberración aforme quería era a Leonora ¿no?, pero era evidente que venia ante mi, porque no pensaba llevarla al otro lado del silencio, donde su alma descansaría o sería martirizada eternamente. No, no iba a morir. Quería llevársela para ella misma, y aunque me da asco concebirlo, solo así las cosas tomarían un sentido lógico dentro este bizarro acontecimiento.
Así que ahora tenía que aceptar que, aunque se me hiciera ridículo e increíble, la muerte se había enamorado de mi amada Leonora, y que siendo prácticos, si no se la daba de buena manera, se la llevaría de todos modos.
Obviamente yo la quería, y por lo menos en este mundo haría lo que fuera porque no le pasara nunca nada malo. Pero ¿que podía yo hacer ante la amenaza de un ser supra o infra humano que me pedía la entregase así de la nada? ¿Acaso debí negarme y desatar su cólera? De hacerlo de seguro se tornaría iracunda y entonces le quitaría la vida a mi amada. Peor aún, si le hiciere enfurecer, podría quitarme a mí la vida en este instante y ¡eso jamás!, Nunca le haría eso a mí amada Leonora. No sería tan desgraciado como para hacerle pasar el calvario de verme partir antes que ella. No. Eso no era una opción.
-Esta bien, llévatela contigo repugnante criatura, pero no le hagas daño. Dame tu palabra de ente, deidad o lo que seas. Prométeme también que sea lo que sea, pase lo que pase y fuese lo que fuese, ella jamás sabrá que yo te la entregué.-
-Escoge entonces el nombre de quien será borrado de mi lista. Piénsalo muy bien.-
No tuve mucho que pensar. Esto era un acto de amor después de todo, así que me aseguraría de que aquel engendro maldito cumpliera su promesa y no le hiciera daño.
Tenía que asegurarme de evitar que cuando se aburriera de ella, no la dejara vagando en la ultratumba limbica que de seguro era su morada. Porque estaba seguro que este ser que vino a mi no podría amarla tan intensamente, como lo hice yo, por toda la eternidad. Eventualmente se desharía de ella.
-Leonora- susurré suavemente al tiempo que note como su aliento dibujaba una nubecilla de vapor que salía de su capucha. Era evidente que no se esperaba que la nombrara a ella. Cualquiera en mi lugar se habría escogido así mismo para gozar de vida eterna y acumular experiencia y riqueza a través de los siglos.
-Así será…-
Repentinamente volteó la cara permitiéndome contemplar por un segundo unos grandes y abiertos ojos marrones que destacaban de entre su cadavérico rostro.
Como si fuera de aire se desintegró en tan poco tiempo que su estela se confundió con el cigarrillo que tuve prendido todo el tiempo mientras charlaba con ella.
El calor de la habitación volvió tan súbitamente, que como consecuencia acelero mi respiración y provocó que el tropel de mi músculo cardiaco manifestara que me encontraba con vida.
Entre percepciones borrosas y obscuras poco a poco me incorpore y sentado en la cama estire el brazo para encender un cigarrillo como lo hacía cada mañana. La luz por fin entro por mis ojos y ahora todo estaba muy claro. ¡Había tenido otro Sueño estúpido!
No tardé mucho en desayunarme las ultimas latas de cerveza que encontré en la nevera, y encamine mis pasos hacía la casa de Leonora, quien de seguro se infartaría al escuchar la historia de mi loco sueño.
Una vez en el pórtico de su casa, casi como un ladrón, corté un par de tulipanes de su hermoso jardín y me apresure a tocar la puerta.
-¿Que desea?- me preguntó el padre de Leonora, en un tono extraño, como si no recordara que llevaba 6 años saliendo con ella.
-Quiero ver a Leonora, Albert. Quede con ella para almorzar.-
-Debes de estar equivocado, aquí no vive ninguna Leonora. Solo mi esposa Alice y yo, ¡pues mi único hijo se enlisto en el ejército!-
-Que pasa Albert, ¿hay algo que deba saber?-
-Mira muchacho, si lo que quieres es trabajo, déjame decirte que el césped esta recién podado, así que no molestes mas y vete de una vez.-
No se que me impresionó mas, si la respuesta del padre de Leonora o ver que el retrato junto al espejo de mi alcoba, me mostraba a mi pero no a ella.
Saqué de inmediato la foto que guardaba en mi cartera y al mismo tiempo que note que estaba en blanco, me desmoroné y juro por dios que estuve a punto de volverme loco.
Me costo mucho tiempo entenderlo.
Después de 6 meses de confinamiento en mi habitación con la compañía de Lorain, mi gato persa, y de incalculables botellas de ginebra comprendí que había sido victima de un engaño.
Sí. La muy maldita si que me la había hecho. Jugó con mi mente y no sólo se llevó a mi amada, si no que me manipuló para que escogiera su nombre y la borrara de aquel maldito libro.
Es lógico. Todo tiene un principio y un final. Es imposible borrar la hora final de alguien de la lista, pues no se puede detener el ciclo natural de la vida. Pero, también es cierto que no hay un final sin un principio, y no puedes llevarte a alguien que nunca existió. Que nunca vivió. Que nunca Nació.
El desdichado espectro no me explico, o más bien yo, por el miedo a conversar con aquella cosa y admitir que lo que sucedía era real, no le pregunte. No, no le pregunte ¿que era ese libro?, pues de haberlo hecho me hubiera contestado con toda seguridad que ese, era el libro de la vida y no el de la muerte como yo pensaba.
Así pues, al elegir a Leonora elegí que fuera borrada de la conciencia de este mundo, de raíz. Me convertí en cómplice de la muerte pues al eliminarla de la existencia, nadie podría jamás reclamarle el llevarse a una humana a vivir al más allá. Por eso no se la llevo directamente, por eso no me llevo a mí. Necesitaba alguien que aplastara el botón, alguien que escogiera el nombre indicado. Otro en mi lugar se hubiera escogido a si mismo, pero no. Yo la escogí a ella. Yo se la entregué…
27 años después, el frío en el basurero en que vivía no me dejaba dormir.
Había usado casi todo mi periódico restante para el fogón de aquella noche. Mis fuerzas no me daban para acercarme un poco más a él. Tome un trago, y sentí un dolor profundo en el pecho mientras mi brazo se dormía como la ultima vez, cuando me llevaron a ese lugar donde comí gratis por un mes, hasta que me echaron de nuevo a la calle.
Inesperadamente una silueta demacrada envuelta en una túnica negra con una hoz en una mano y una balanza en la otra, se acerco a mí.
-¿Es el momento?- pregunté dando otro sorbo profundo a mi botella de aguardiente, que en ese momento era mi única pertenencia.-
- Si mi amor, es el momento.-
CREDITOS PARA WARIKA THE POE

No hay comentarios:
Publicar un comentario