jueves, 11 de diciembre de 2008

Special K

By Omega:

Es una potente droga alucinógena similar al LSD y al PCP. Se fabrica de
“ketamine factshydrochloiroide” un tranquilizante de animales utilizado por los veterinarios en operaciones
.
Así termina
Sus mejillas sonrosadas, su respiración acelerada. Su frenético palpitar delataba su ansiedad. Al escuchar que contestaban su llamada sus húmedos labios se abrieron.
-Disculpe ¿se encuentra Elliot?
-¿Elliot? Ya falleció… - el palpitar se detuvo.
-¿Perdón? ¿Como?- respondió sin poder contener la
Impresión.
-Falleció anoche- la voz contestó con demasiada indiferencia como para ser cierto
–Pero ¿Cómo? ¿Qué paso?
- Fue un accidente, destrozó el auto que le regalaron ¿Quieres hablar con su tía?
-¿Es una broma?
Así empieza
Pienso en morir siendo virgen, me siento solo en mi maldita habitación, me voy a un bar y es como si llevara puesta la maldita habitación, el espacio se me abre, voy por el parque y digo cosas asquerosas a la gente, solo para que me repliquen, solo para oír otra voz. Pienso en morir por un maldito royo de mierda que no entiendo.
Resumida en cápsulas de dos minutos, mi vida es aburrida.
Es patético.
Aunque al principio me parecía divertido, de pronto tener que pagarle a alguien para que me escuchara comenzó a parecer patético. Y a pesar de las incontables sesiones nunca tuve el valor para poder hablarle de ti.
Me enamoré de una niña, de una infante que aun juega con muñecas.
Después de un año de estudiar música en una mediocre escuela de provincia, conseguí entrar en el mejor instituto del país. Así que me traslade a la capital y me instale con una tía, que para no minimizar el problema, aparte de estar bizca y vieja, me odiaba.
Sin embargo no pudo negarse a recibirme, pues aparte de ser el hijo de su hermano favorito, su casa mantiene vacías varias de las 50 habitaciones.
En honor a la verdad, la tía tiene una gran cualidad: esta podrida en dinero.
Su amplia mansión tiene tantos corredores que siempre me fue fácil perderme.

La excéntrica hermana de mi padre daba albergue a perros callejeros y a diversos artistas, esperando que su nombre fuera recordado cuando uno de ellos triunfara. En su colección tenía escultures, escritores, gatos persa, músicos, poetas y pintores. Sólo tres veces en mi vida me sentí integrado a un grupo y esta ocasión, no fue una de ellas.
Pronto me di cuenta que ninguno triunfaría. Eran pésimos artistas de pésimo gusto que actuaban como si fueran las pésimas estrellas que estúpidamente pretendían ser. Nunca cruce palabra con ninguno de ellos; simplemente no eran dignos. Sólo hablé contadas ocasiones con mi tía y con el cartero a quien esperaba ansiosamente en las mañanas. De ahí en adelante el día iba en picada.
Así, mi vida transcurría entre mis clases de música, mis pasones de droga y alcohol, y las horas que me perdía en el laberinto de pasillos.
Una noche tirado sobre mi cama después de doparme hasta las narices y de tomar hasta alcoholizarme mí cama se movió. Lo ignoré pensando que seria el efecto del alcohol, pero empezó a moverse con tal fuerza que me tiro al suelo.
Extrañado pero apático contemplé a mi cama brincotear y de pronto, desperté, vomité y pensé que todo era un puto sueño, pero no lo fue. Ese día por la noche tirado sobre mi cama después de doparme hasta las narices y de tomar hasta la idiotez, sucedió que mi cama se movió otra vez y la noche siguiente y la noche siguiente a esa y la siguiente y así por mucho tiempo.
Me daba curiosidad y me parecía un hecho muy divertido; la esperaba tan entusiasmado como cuando esperaba al cartero; cosa que ya no me era divertida.
Me harté, me harté de esperar una o dos horas a que pasara el efecto del alcohol, sólo entonces la cama se detenía y me permitía dormir.

Mi hipócrita tía, que hipócritamente trataba de relacionarme con el resto de los hipócritas huéspedes, empezó a notar en mí el desvelo y el desgaste que lleva consigo. Pero lo que la convenció de llevarme a terapia fue el hecho de aventarme a través de una ventana cerrada del segundo piso.
Una noche me encuentro esperando, hinchado en alcohol tirado en el suelo manchado por la sangre que emana de mis fosas nasales. Cuando empiezo a internarme en mis sueños, escucho rechinar la perilla de la puerta de mi habitación al abrirse. No me extrañó el hecho de recibir visitas nocturnas tanto como el simple hecho de recibirlas.
Me incorporé y me apresuré a la puerta, al abrirla encontré el corredor vacío por donde sopló una ligera ventisca helada que me mostró a un hombre al final del pasillo en la oscuridad; sólo que el no estaba ahí. Un hombre de cabello castaño que caía hasta sus hombros cubriéndole el rostro y que por su atuendo parecía exiliado del siglo XIX. Me miró en la oscuridad y pude verlo sonreír.

Dio media vuelta y se desvaneció entre la sombra. Fui tras él, hasta que la poca luz que logra colarse entre los corredores me indicó el camino de regreso a casa.
Esa noche tirado sobre mi cama después de doparme hasta las narices, añejando mi cuerpo en alcohol; el hombre se presentó de nuevo, entre abrió la puerta y me esperó al final del pasillo. Aquella noche y muchas otras mas lo perseguí entre los corredores, guiado por el viento comenzó la cacería. Siguiendo el olor a muerte vieja, cada noche me acercaba más y más a él.
Una noche finalmente lo encontraré inmóvil, con los brazos cruzados en la espalda frente a un enorme ventanal por el cual se podían admirar los amplios jardines de la casa. Podía apreciar la laguna llena de cisnes y patos que descansaban a las orillas frente a los verdes y frondosos pinos que lo rodean y el puente que atraviesa por sobre la parte mas angosta de la laguna. Y es el camino que me lleva al colegio.
Un relámpago, heraldo de los truenos que anunciaron la lluvia, iluminó su rostro. Vi su sonrisa reflejada en el cristal.
Brinqué sobre su espalda azotándome contra el frío vidrio que estalló en cientos de fragmentos. Caí al suelo, Dios bendiga a los gusanos. Lo vi parado frente a mí. Vi la lluvia besar su cara mientras se deleitaba con mi dolor. Eso esta en mi cabeza como una mancha carmesí que se diluye en mi memoria, sin embargo la ciencia moderna opina que todo fue producto del alcohol y de las drogas.
Me encontré aturdido por la droga, dentro de un cajón negro, en una camilla, con un tubo alimentándome a través de mi muñeca y con otro incrustado en la garganta, que me administraba un poco de aire, que no podía consumir gracias a un tapón de sangre coagulada en mi garganta.
El hombre se encontraba parado a mi derecha, frente a mí y detrás. Realicé un esfuerzo soberbio por mantener la lucidez y pregunté -¿quién eres?
Me encontré en un pequeño pueblo proveniente de un cuento de mi infancia. Había una gran conmoción; todo el pueblo vivía en frenesí un constante crecimiento. En el centro de la villa justo frente a mí, pero tan lejos que no alcanzaba a verlo, estaba y esta aun, un hombre barbado, vestido con andrajos, sentado fumando marihuana, y el pueblo crece alrededor de él y por él.
Abrí los ojos y el hombre estaba parado a mi derecha, frente a mí y detrás. Junte fuerzas para preguntar- ¿estás muerto?
Vi el tiempo antes de la historia, el tiempo de los gigantes de piedra, vi hombres caminar silenciosamente entre las centurias como nuestras sombras, simplemente fuera del alcance de la muerte.
Volví a la intrascendente conciencia y con renovado esfuerzo pregunté - ¿qué eres?
Un campo con verdes y frescas colinas se extendía ante mí; a mí alrededor, bajo un cielo azul completamente despejado que iluminaba las flores naranjas y amarillas que crecían en las praderas en donde jugueteaba una niña con rostro de hada o elfo, sus cabellos largos y dorados bañaban sus hombros creando manantiales de belleza eterna.
Corriendo, brincando, riendo, se acercó a mí. Caí de rodillas admirándola. Ella entreabrió sus labios y brotaron mariposas multicolores que llenaron al mundo de cuentos e historias maravillosas, seguidas de un enorme murciélago blanco que intento alimentarse de ellas. La niña elfo me habló -dicen que de todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir, por eso es mejor observar que vivir, que es el fin del camino.
Desperté de esa visión y con la poca fuerza que aun no domaban los sedantes pregunté con mi último esfuerzo -¿qué quieres?
Me encontré en el blanco e infinito vacío, sosteniendo una acalorada conversación con una enorme gelatina verde y de la nada apareció un hombre vestido de negro que me gritaba- ¡ya nos vamos!
Desperté.
Encontré frente a mí el arrugado rostro de mi tía y un hombre con ella me desconectaba de los aparatos que me mantuvieron con vida los cuatro días que estuve confinado al rincón más oscuro y seco de mis ansiedades.
De regreso en casa, mi tía se molestó porque usé la palabra vomito, pero a mi, a eso me supo su cena.
Toqué el violín en mi habitación durante toda la tarde hasta el anochecer; cuando el curioso, el hombre que no está, abrió la puerta y se reunió conmigo. Toqué durante dos horas más. Me dejé caer sobre la cama y le dije -no quiero verte cuando despierte. El hombre se posó a mi derecha, frente a mí y detrás. Y me dormí sobre las sabanas sucias que desprendían un delicioso aroma a alcohol. Al despertar, el hombre se había ido.
Después de un mísero desayuno me largué al colegio, cruzando los amplios jardines llegué al puente en donde él, se encontraba sentado en los escalones esperando por mí. Se incorporó y como un susurro se coló una pregunta dentro de mi mente: “¿qué se siente? la música ¿qué se siente?”. Continué caminando y respondí -no sé -sin pensarlo. En cuanto me percaté de mis palabras él se había desvanecido.
En el colegio, esperando la hora de escapar, veía al curioso a través de las ventanas pasearse por los patios. Y mezclarse con los estudiantes en los corredores.
Cuando tomé el camino de regreso a casa, lo encontré esperando por mí en el puente, sentado en los escalones. Pasé junto a él esperando que me siguiera, pero me ignoró, como si un errante espejismo hubiese pasado a su lado.
Esa tarde tuve mi primera sesión con el maldito loquero de mierda.
Sentado en el sillón de porquería, forrado de jodida piel, esperaba ansioso el psicoanálisis.
- Tu tía me comentó que al parecer tienes problemas para relacionarte con las personas.
- Yo no veo el problema.
- Tal vez, tengas baja tu autoestima.
- Lo que esta baja, es mi estima por los demás.
- Bien, ¿te ha pasado algo raro últimamente? ¿Vez cosas o algo?
- Fuera de las voces en mi cabeza todo esta bien.
- ¡¿Oyes voces dentro de tu cabeza?!
-Tranquilo, no tenemos que responder eso.
Así comenzó mi intrascendente incursión en la psicología.
Al principio me parecía divertido, esperaba la sesión tan entusiasmado, como cuando esperaba la noche, cosa que ya no me parecía divertida y comenzaba a volverse molesto.
Transcurrieron meses, en los que me acostumbré a la presencia de mi observador que comúnmente me seguía a todas partes, insistiendo continuamente con sus preguntas. Yo trataba de ignorarlo evitando cuestionarme sobre mi propia cordura.
Al pasar el tiempo terminé el segundo curso de música y abandoné al psicólogo, me quedaba con el dinero y lo invertía en drogas.
El fantasma, la estúpida visión o lo que fuera ese hombre, apareció en mis sueños, me pisó el alma y al despertar sus preguntas quedaron incrustadas en algún rincón húmedo y oscuro de mi cabeza, en donde como larvas de mosca, se desarrollaron lentamente royendo mi conciencia; preguntas sobre el miedo, el dolor, el amor; preguntas sobre la condición humana, a las cuales no me interesa encontrarles respuesta.

Pase días o semanas hundido en el alcohol y en las drogas, tirado en mi habitación. Frecuentemente despertaba en algún lugar de los pasillos, pero cuando abría los ojos, sin importar el lugar, el curioso estaba ahí.
Mi cabeza palpitaba harta de sus constantes interrogantes, mientras me preguntaba con insistencia –el frío, el miedo ¿Qué se siente?
Tratando de ignorarlo, dormía o bebía, me drogaba por aburrimiento o antojo.
Cuando al fin se me acabaron el alcohol y las drogas, preguntó de nuevo. -el frío, el miedo ¿Qué se siente?
No pude evitar, reírme de mí.
–No lo sé –respondí -no sé.
Él se rió conmigo.
Me duele la cabeza, ¿es normal en esta situación o es por el licor de naranja que tomé? Como sea, terminaron las vacaciones y me vi obligado a ha retornar a ese templo del saber. Ríete, fue un chiste... esta bien, olvídalo.
El primer día, al cruzar las puertas del colegio, no pude dejar de notar todos esos rostros de ingenuos recién ingresados que venían a pulir su talento… como si tuvieran alguno.
Todos tenían la misma cara de estúpido, lo único que cambiaba era el color del estúpido. Fue como entrar a una dulcería en la que escoges tu sabor favorito de estupidote y lo sientas a tu lado.
Sin embargo, mientras me abría camino entre esa muchedumbre, no pasé por alto a una niña, una infante con rostro de hada o elfo, de ojos negros, cabello lacio y oscuro que bañaba sus hombros creando pozos de brea, petróleo o algo así… la observé por el rabillo del ojo, y me contenté con reírme de mi comentario sarcástico.
En mi aula faltaban varias caras conocidas, pero en realidad nunca supe sus nombres y nunca me intereso saberlos. En lugar de ellos, había unos cuantos rostros nuevos, una o dos féminas intrascendentes y otros tantos hombres. Pero había uno entre ellos, que brillaba como un jodido faro y atraía a las personas como la luz a los insectos. El curioso me susurro al oído- ¿Qué se siente? la envidia ¿Qué se siente?
– ¿como voy a saberlo?
Entró aquella profesora anciana y sorda, tan senil que en ocasiones se paraba a cantarle a su difunto esposo en la ventana.
Cada quien tomó su lugar, y el nuevo lo hizo junto a mi -he aquí a mi estupidote- pensé.
Él se volvió a mí con una sonrisa y se presentó como Andrew, extendiendo su mano -no hables conmigo- respondí.
No sé como pasó, pero me convertí en su amigo. Aunque no entiendo que lo hizo pensar eso. Aparentemente se identificaba conmigo. Yo encontré en él a alguien de quien burlarme.
Pasó el tiempo y empecé a hablar con el curioso. Me sentaba en el puente en donde charlábamos durante horas. Con frecuencia, pasaba por ahí un grupo de estudiantes y con ellos, la niña elfo, mi hada personal. Así mismo por las mañanas al entrar al colegio mientras me abría paso entre la muchedumbre, no podía evitar mirarla por el rabillo del ojo.
Un día sucedió que, caminando sin rumbo por la ciudad, encontré a Andrew, que discutía con una tipa bastante agradable a la vista, pero lo que en realidad llamó mi atención fue el tipo negro que los observaba, sólo que el no estaba ahí.
-¿Quién es él? - exclamé dentro de mí.
-Él es otro- respondió el curioso - es otro.
Ignoré su respuesta y cuando Andrew terminó su discusión, le pregunté -¿quién era?
– Andreia -respondió – mi ex novia.
Andrew era un tipo singular, con una singular historia. Cuando el comenzó a estudiar música, justo en el primer grado conoció a Andreia, cuyo sueño era ser modelo. Ella había hecho un par de comerciales para la TV. local, en donde modelaba zapatos. En fin, en ese momento Andrew era un tipo mal vestido, mal hablado y mal oliente. Ella una muñeca envuelta en seda. Él era mierda, ella champagne, una rosa. Él la amó, pero ella sólo lo veía como un amigo, pues no daba la talla. Él fue leal compañero hasta que al fin ella se enamoró y una tarde mientras platicaban, lo besó. Por supuesto ninguno de sus amigos le creyó, aun menos cuando ella lo negó delante de él.
Esa tarde fue a casa de Andrew a disculparse y se volvieron novios. Para Andrew el sol brillo más que nunca antes. Por supuesto ninguno de sus amigos le creyó, aun menos cuando ella lo negó delante de él. Esa tarde ella volvió a casa de él y le explicó -no es que no te quiera, es que no puedo dejar que la gente sepa que ando con alguien como tú.
No pude seguir escuchando la historia. No por que fuera tan patética que no la soportara. Simplemente no pude seguir escuchando. Tenía cosas más importantes en mente: “quiero alcohol” pensé “si, definitivamente quiero ponerme bien pedote”.

El caso es que él se cambio de escuela para sacarla de su vida, pero ella empezó a llegar a la rondalla que el frecuenta y me insistió para que lo acompañara esa tarde a su rondalla. Yo, como el camarada que soy, me negué.
- No me refería a ella -le dije –sino al tipo negro que estaba con ustedes.
-¿Cual negro? - el que se fue con ella -insistí
– Sólo estábamos nosotros.
- Disculpa- le dije - es sólo que a veces veo gente que no está.
- ¡Hey! Yo conozco a alguien que sabe de eso, va en la escuela pero llega a la rondalla.
Acepté ir a su rondalla en donde me presentó a una gorda cara barros con un par de trenzas que son típicas de las gordas carabarros.

– Son ángeles de la guarda- me dijo la gorda carabarros - ellos nos cuidan, a mi me cuida una dulce ancianita. Nunca la he visto pero por las noches me arropa y me da un beso en la frente.
Al momento de despedirnos, no sin antes prometerme que me vería al día siguiente en la escuela, vi a un hombre sucio, manchado de aceite, salirle al paso a la gorda carabarros y seguirla. En efecto, a ella la seguía un dulce camionero, pero no me pareció que la cuidara, sino más bien que la observaba morbosamente. Esa noche me embriague con la compañía de mi observador, así que no me paré en la escuela si no cuatro días después.
Tomé mi lugar junto a Andrew, me recosté en mi escritorio y escondí la cabeza entre mis brazos cuando escuché una voz conocida como gorda carabarros.
Escuché sus pasos acercándose a nosotros y como saludo a Andrew con un beso en la mejilla embarrándolo de baba y grasa de gorda carabarros.
–Salúdame- pidió la carabarros.
Respondí estirando mi mano, sin apartar la vista del escritorio.
Tomó mi mano y nos presento a Arwen - hola -Dije cuidando de no mirar. Pero el curioso me susurro un helado viento que decía –abre los ojos.
Alcé la mirada para contemplar a la gorda carabarros y a Arwen, una niña, una infante que aun juega con muñecas. Con rostro de hada o elfo, la misma niña que veía todas las mañanas por el rabillo de mi ojo, la misma que veía pasar con sus amigos desde el puente. Arwen, la niña elfo, mi hada particular.
-¿Qué se siente?- preguntó el curioso -nada – mentí.
-¡Hola!- dijo Arwen con una simpática sonrisa – te conozco, eres el niño del puente- señaló – te he visto en el puente que esta cerca de la laguna, a veces paso…
-A veces pasas con unos amigos -dije interrumpiendo -yo también te he visto.
Después de explicarle que no era un parque, sino los jardines de la casa de mi tía. Andrew, que no es nada tonto, muy poco para mi conveniencia y poco menos para su seguridad, organizó una cita doble, en la cual yo aparentemente saldría con la gorda carabarros y él con Arwen.
Acordamos de vernos en una cafetería a la hora en que el debería estar en su rondalla. No me presenté. Mi tía se enteró de que había abandonado el psicoanálisis. Ella misma me llevó aquel día, cuando debí reunirme con Andrew y las niñas. Me senté en el sillón forrado con jodida piel de alguna anciana judía y el curioso se sentó a mi derecha.
–Gusto en verte- dijo el doctor – el gusto es suyo.
En el camino de regreso, me detuve a comprar alcohol.
Al día siguiente al cruzar las puertas del colegio, no pude dejar de notar esos rostros de ingenuos recién llegados que me dedicaban sutiles miradas de desagrado. Mas sin embargo, mientras me habría camino entre la muchedumbre apareció, ante mí, la gorda cara barros, quien efusivamente me abrazó y me besó en la mejilla dejándola toda mantecosa – ¡hola! ¿Por qué no fuiste ayer?
- No me molestes repliqué.
-¿Te sientes mal? -preguntó la cerda.
- Estoy crudo, no me molestes -le dije apartándola de mi camino.
Una vez dentro de mi salón, me derrumbé en mi asiento sin saludar a Andrew.
– ¡hola! ¿Por qué no fuiste ayer? -no me molestes -repliqué.
-¿te sientes bien? -preguntó el estupidote.
- Estoy crudo, no me molestes -respondí.
Entró el profesor en turno y se dispuso a evaluarnos. Uno por uno calificó la técnica personal hasta llegar a mí, no fue el mejor día para no llevar el violín.
Al finalizar el día, molesto, tomé el camino a casa de mi tía. Llegué al puente en donde sentada en los escalones, apacible a las curiosas miradas de las moscas; estaba Arwen.
Se incorporó para dedicarme una sonrisa. – ¡hola! ¿Por qué no fuiste ayer? -no me molestes –repliqué.
-¿Te sientes bien? .preguntó la necia.
- Estoy crudo, no me molestes- respondí.
-Pobrecito, siéntate yo te cuido.
Supongo que en ese momento fue cuando se ganó mi corazón, porque escuché al curioso reírse sarcásticamente.
Platicamos por un par de horas, en las que acordamos salir a tomar un café o algo, se despidió de mí con un abrazo y se fue a buscar a la gorda carabarros

Al día siguiente no puse un pie en el colegio, no quería encontrármela y que cambiara de parecer, así que después de mi sesión, con un par de copas encima y otro tanto de drogas, me dirigí al lugar acordado en donde me encontré con Arwen, Andrew y la gorda carabarros.

Aunque admito que no me sorprendí al verlos, escupo en su cara ahora que todavía puedo. Estúpido Andrew y estupida gorda carabarros, que se atrevieron a interferir esa noche en mis planes.

Pasé la tarde admirando a Arwen, sin decir palabra, sin participar en su platica, sin mostrar siquiera un bosquejo de sonrisa ante sus chistes y comentarios. Al terminar la reunión todos acordamos reunirnos de nuevo al día siguiente.

Por la mañana al otro día, en el colegio, Arwen llegó a mi salón, pero antes de poder saludarme, Andrew la tenía acaparada con sus carismáticos comentarios y no se separó de ella hasta finalizar el día.

Pasé el día pensando en no acudir a la reunión del día, al café de la tarde, me dirigí a mi sesión decidido a no presentarme. Al salir del análisis, me dirigí puntualmente al lugar acordado, cosa que sucedió igual al día siguiente y muchos después de ese. Al principio me parecía divertido, esperaba el café de la tarde tan entusiasmado como cuando esperaba las sesiones, cosa que ya no me parecía divertida y que empezaba a volverse molesto. Hasta que un día, al salir de la sesión, mientras me dirigía a la reunión, me detuve a comprar licor y me senté a emborracharme, entonces apareció el curioso que se sentó a mi derecha y con él un tipo vestido de negro que se sentó a mi izquierda.

-Dame alcohol- me dijo el extraño.

Le acerqué la botella, volteé a ver al curioso quien preguntó -¿qué se siente?
Volteé a ver al extraño y le pregunte señalando a mi derecha sobre el hombro-¿puedes verlo?
- ¡Sí! - respondió en tono chillón.
-¡Es el diablo, el diablo, no dejes que me lleve!- respondió llevándose las manos a la cara y echándose a llorar.

-Divertido, así se siente- respondí al curioso y brindó con nosotros.

Al volver a casa de mi tía, en el puente, en los escalones, esperando por mi estaba Arwen y con ella Andrew quien me invitó a sentarme, pasé el resto del día admirando a Arwen, sin decir palabra, sin participar en su platica, sin mostrar siquiera un bosquejo de sonrisa ante sus chistes y comentarios.

Al otro día en el colegio, prometí a la gorda carabarros que iría a nuestra reunión de la tarde.

Así, al salir de mi psicoanálisis, mientras me dirigía a la reunión, al café de la tarde, me detuve a comprar licor y a embrutecerme. Entonces apareció el curioso que se sentó a mi derecha y con é, el extraño que se sentó a mi izquierda, sacó un churro y empezó a quemar mostaza –Dame alcohol -me ordenó el extraño.

– Dame mota.
-Dame o te golpeo- me advirtió.

Tomé la botella y acercándosela, regué el trago en la banqueta. El extraño se llevó las manos a la cara, y se puso a llorar, cuando apagué el churro de mota en su cara. Claro que no pude evitar reírme.

-¿Qué se siente? la risa ¿qué se siente?
-Se siente bien -le respondí al curioso quien rió imitándome.

En el puente me encontré con Arwen y Andrew quien me invitó a sentarme, así pasó ese día y muchos lo siguieron de igual manera; -a mi me balearon la cabeza –parloteó el extraño.
-La pinché bala me entró por la frente y me salió por… ¡chale! ya no me acuerdo. Dijeron que no sobreviviría, pero Dios me salvó, Dios me salvó, me salvó –dijo llevándose las manos a la cara y echándose a llorar.

Pasaron dos semanas antes de que pusiera un pie en la escuela. Al cruzar las puertas del colegio, no pude dejar de notar esos rostros de color anaranjado, de los estupidotes recién llegados, que me dedicaban sutiles miradas de desagrado. Sin embargo, mientras me habría camino entre la muchedumbre, apareció ante mi… una diosa elfica -¡hola!- exclamó Arwen.
- Nos vemos en la noche –agregó dedicándome una mirada, diluyéndose entre la multitud.

Caminando rumbo a mi salón, el curioso apareció recargado en la pared de los pasillos y observó como me alejaba. Al llegar al aula, volteé ligeramente la vista en busca de Andrew, pues en su lugar se encontraba la cerda carabarros.

No fue un buen día. El resto de las clases me dediqué a evitar a la gorda
carabarros, quien parecía acosarme con su inesperada presencia en cada lugar al cual me presentaba.

Al terminar el castigo, me dirigí a casa de mi tía, me detuve a drogarme en el puente, desde donde vi pasar a un grupo de estudiantes y con ellos a la niña elfo, quien me saludo de lejos.

Sentado en el mismo lugar de siempre en compañía del curioso y el extraño, esperaba ansioso la hora de regresar a casa para encontrarme a Arwen y a Andrew. Bueno sólo a Arwen. Cuando llegó el momento de irme, no me levanté, me quedé a escuchar al extraño.

-¡Fuma mota y serás feliz!- me dijo ofreciéndome un toque -comparto la felicidad con tigo –dijo y estiró su brazo sobre mi hombro.

- ¡Aaah! mis piernas, no siento mis piernas –gritó con dolor y miedo –mis piernas –volvió a gritar llevándose las manos a la cara y echándose a llorar. Me quedé a escuchar al extraño, porque me divierte verlo llorar.

Fue un día particularmente frío y con gran probabilidad de lluvia. El sol, acababa de ocultarse detrás de las negras sombras del alma humana en esta ciudad del pecado, a la cual me gusta llamar hogar.

De regreso a casa de mi tía, encontré a Arwen la dama errante, la diosa elfica, abandonada en el negro y pestilente ano del mundo, en el cual, la encontré durmiendo acurrucada en los fríos escalones del puente.

Me senté junto a ella y con suaves movimientos logré que despertara – ¡hola! –Exclamo sonriendo con sus ojos infantiles y coquetos –Quiero decirte algo importante… ¿Por qué llegaste tan tarde?
-Estaba ebrio. ¿Eso era todo?
-No. Lo que pasa, es que… al rato te digo.
-¿Que pretendes que hagamos de aquí al rato?
- Algo se te ocurrirá- respondió con su dulce voz acurrucándose en mi regazo. Sonreí, hasta tú hubieras sonreído estando en mi lugar.

La tomé de las manos, la llevé a las orillas de la laguna, se lavó la cara y se desperezó. Jugamos en el agua, me complací viéndola corretear a los patos y cisnes que intentaban dormir.

Comenzó la lluvia y corrimos bajo ella entre los pinos. Ella corrió a la laguna y jugueteó en la orilla. Un relámpago lejano iluminó el cielo nocturno. Arwen asustada se acercó a mi agitada y me dijo –hay un hombre parado en la laguna, sobre las aguas.

Nos acercamos a la orilla. Cuando un segundo relámpago ilumino de nueva cuenta la laguna pude distinguir la figura del curioso que se erguía imponente sobre las aguas.
-No le hagas caso, es un amigo, me sigue a todas partes -le respondí a la niña y escuché al curioso gritar con euforia al cielo, antes de desvanecerse en el silencioso eco.

Animé a Arwen, que aun se veía aturdida, a nadar y ella me siguió haciendo como si nada hubiese pasado.

-¿Cual es la razón de que los gatos se ericen de repente? ¿Porque ladran los perros a la nada? Algunos dicen que la muerte ronda, otros opinan que son espíritus o fantasmas, incluso hay quienes piensan que son ángeles. Pero en realidad sólo son curiosos, los otros que nos vigilan, los ellos que nos observan aburridos de su propia e insípida existencia –le expliqué a Arwen mientras me abrazaba, recostados en el pasto.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué están aquí?
- ¿Porque aparece el sol por las mañanas y se oculta por las tardes? No lo sé.

Tras un rato de silencio, me despedí de ella, pues la lluvia había terminado.
-¡No! Espera –suplicó –todavía no te digo…

Desperté dentro de una tumba helada cubierto por una gruesa y blanca cobija. Sacudí mi cuerpo de entre la nieve, me levanté desnudo y deambulé entre la blanca inmensidad del ártico.

Caminé sin ver ser vivo alguno, hasta que mis barbas y cabellos cubrieron mi cuerpo, protegiéndolo del frío. En algún momento en mi camino pude apreciar las luces del norte, por encima de las enormes, blancas, muertas e imponentes montañas.

Apareció un hombre vestido con pieles azules y blancas, ostentando un casco de enormes cuernos, y me habló.

-¿Qué haces aquí?

Mi lengua congelada balbuceo –estoy buscando –contesté –a un hada, ninfa o elfo de profundos ojos como el abismo, de cabello oscuro como las sombras, piel blanca como el hielo y de frío tacto como el invierno.

-Buscas en la dirección correcta, pero ¿que te debe este ser que te a atraído a éstas regiones cubierto sólo con tu frágil piel?
-Nada. Sólo es… curiosidad, amor, capricho u obsesión.

El hombre, que se reconoció a si mismo como el ultimo de los hiperbóreos, raza nórdica milenaria, de sangre tan azul, fría y cristalina como los mares del norte, me llevó a su cavernosa morada. Me indicó que me sentara frente a una flama azul, y me contó que hace cientos, quizás miles de noches árticas, cuando su raza dominaba el norte del mundo y los elfos aun se mostraban al hombre, antes de cerrar las puertas de su nación al mundo, vivió entre su gente un guerrero llamado Schulhof que sirvió durante las batallas en contra de los hombres blancos.

Schulhof fue comprometido con la segunda hija del rey, confinado a vivir en el palacio esperando a que la niña creciera para poder procrear, pues transmitir su fuerza y coraje a la dinastía era la única razón de su enlace matrimonial.

Un día, el pueblo de Schulhof, cerró un acuerdo de amistad con el país de los elfos. Así llego al palacio Vanta, el embajador elfico y con él, Wendy, su esposa favorita.

Wendy era hermosa, con un ojo azul como el cielo y otro blanco como la nieve, de cabello platinado, su cuerpo absorbía la luz del sol y su piel tan fina y radiante que por las noches podías verla brillar cual luciérnaga. Schulhof, débil como cualquier hombre ante su belleza, no pudo hacer nada más que enamorarse de ella y esta, al ver en sus ojos el amor que le tenía, lo hizo de él.

Vanta sólo tuvo que ver las miradas de ambos para darse cuenta de lo que había entre ellos. Él era un elfo sabio y astuto, pero egoísta como cualquier ser enamorado y celoso, mando a su esposa de regreso a su país, que esta más al norte que el ártico.

Schulhof no pudo hacer nada más que esperar su matrimonio. El día fijado, mientras su prometida esperaba en el santuario, él salió a caminar. Caminó hacia el norte y no se detuvo por el frío o el hambre, primero se alimento de focas y pingüinos, más delante de lobos y osos y al final, de hielo.

Sólo se detuvo al chocar contra una enorme pared congelada –así es –me dijo –llevo aquí una o dos eternidades, tratando de pasar al otro lado, pero faltan colores –exclamó –faltan colores en el arco iris. Ellos quitaron el resto para que ni yo, ni ningún hombre pueda pasar al paraíso.

De pronto desperté de golpe por el sonido intermitente que reconocí como el timbre del teléfono. Perezosamente levanté el auricular, una alegre voz, me dijo
“hola” con entusiasmo. Casi molesto, recordé que tenía novia.

Suspiraría si tuviera fuerza, pero la velocidad del dolor empieza a nublar mis pensamientos.

-Hola, gusto oírte –contesté perezoso, limpiándome la baba nocturna de las comisuras de la boca.
-Es tarde, ¿no piensas venir a la escuela?
-No.
-¿Ni siquiera a verme? aunque sea tantito.

En realidad no quería moverme, pero tenía que cumplir con mis obligaciones de novio, así que me di dos pasones de droga y me encaminé al colegio. Seis gotas cayeron de los enmohecidos balcones de la casa sobre el pavimento por el que pasé pisando los charcos que salpicaron mis pantalones. Un día gris se reflejaba en las tranquilas aguas de la laguna.

Al cruzar las metálicas puertas del colegio, que rechinaron al abrirse, no pude dejar de notar las sombras grises que se extendían a mí alrededor. Al final del corredor, parado, esperando por mí estaba el reflejo de una diosa alada: una flor de invierno. Lentamente se acercó a mí, me abrazó con ternura, tomé sus manos y nos alejamos caminando de vuelta por el pasillo ignorando a nuestro alrededor. Aun así, pude sentir en la espalda las punzantes miradas acusadoras de las sombras.

Llegamos a los amplios jardines de casa de mi tía. Ella corrió a chapotear en las templadas aguas justo como el día anterior, pero todo parecía tan triste y seco que apenas pude notar la estola de colores que dejaba a su paso, brillantes colores que pintaban todo a su paso, que llenaron el jardín de rosas y tulipanes amarillos, de canarios, gaviotas y mas aves multicolores que brillaban reflejando la luz en sus plumas. Por un momento me sentí feliz admirando los colores que fluían de su sonrisa.Hermosos y variados colores, pero no los suficientes.

Desperté al recordar que no tengo teléfono en mi habitación.

Me encontré tirado en el piso, orinado en mis pantalones manchados por un tapón de sangre coagulada que brotó de mi nariz, permitiéndome finalmente respirar.

En el espejo de la pared me vi desvanecer, intentando una y otra vez, suplicando por volver a mi feliz irrealidad. En el espejo en la pared, el curioso me vio gritar, me vio caer. Aun en estos momentos quiero dormir y soñar ese sueño, sólo por un suspiro, desearía vivir en ese tiempo, volver a esa vida.

Me encontré aferrándome a mi almohada en este mundo blanco de grises mariposas que dan débiles esperanzas a nuestras tristes vidas, ligeras brisas de alegría.

-¡No! Espera –suplicó Arwen –todavía no te digo, quiero preguntarte algo. Tu eres muy amigo de Andrew...
-Si –dije indiferente.
-Le quiero pedir que sea mi novio. ¿Crees que me diga que si?
-Si. Te va a decir que si.
No volví a poner un pie en la escuela.

Ese día me lo pasé bebiendo en compañía del extraño y del curioso quien me preguntó –la tristeza ¿a qué sabe?
-Agridulce –respondí –y me gusta.

Tres semanas después me di de baja en el instituto. No volví a ver a Andrew.

Aunque al principio me parecía divertido, esperaba al extraño tan entusiasmado como cuando esperaba muchas otras cosas que de las que ya me había hartado. Me parecía divertido, hasta que un día el extraño no llegó.

Pasé la tarde esperándolo, esperé y mucho.

Uno de esos días, me encontraba tirado en la calle mirando los autos pasar. Sostenía una botella en la mano, cuando la vi llegar. Se sentó frente a mí y empezó a ladrar incoherencias: –siento lo de Andrew y Arwen, en serio, nunca creí que, no creí que fuera a pasar eso. Pero tú sabes que siempre podrás contar con migo. Tú y yo, seguiremos juntos para siempre, digo…. este si sabes lo que quiero decir.
Me dijo la gorda carabarros.
-No –le contesté tomando un gran trago de alcohol.
-Bueno, es que, pues… lo que quiero decirte es que, pues, lo que quiero dar a entender, es… que me gustas…
-Me vale madre.

Un día, cuando me había aburrido de esperar al extraño, apareció sobrio, bien vestido, arreglado y bien alimentado. Casi no pude encontrar en su mirada a la ruina de hombre que había sido antes; casi. Me saludó, expresándome que le daba gusto verme, había pasado los últimos seis meses en rehabilitación y me dejó la dirección para que yo acudiera también.
-¿Qué se siente? –preguntó el curioso –nada –respondí como si pudiera engañarlo. Me sentí mal.

Ese día regresando a casa de la tía pasé por un pequeño parque en donde se encontraba una pareja de amantes homosexuales. Me detuve a gritarles obscenidades. Uno de ellos se paró y me golpeo repetidas veces en la cara.

-El dolor ¿qué se siente? –preguntó el curioso con una ansiedad extraña en él.
-Se siente bien –respondí y me limpié la sangre.

Esa noche toque el violín hasta el amanecer. Fue el último concierto privado para el curioso. Luego tomando mi instrumento con suavidad, lo golpeé contra la pared hasta destruirlo.

Me senté en la cama.

-Entiendo que Arwen nunca va a quererme, soy muy grande para ella, pero quiero que la cuides, me pase lo que me pase quiero que siempre estés con ella –le dije a mi observador y me arrepiento.

El curioso abrió la puerta para perderse entre el laberinto de pasillos.

Tiempo después me encontré a Andreia, quien me comentó que había vuelto con Andrew después de que el rompiera con una niñita de la escuela.

Con el tiempo dejé de querer a Arwen, aunque siempre la recuerdo con rencor por haberme quitado a mi amigo.

Hace tres días, estaba sentado en el parque, Arwen pasó por ahí. En cuanto me vio, corrió hacia mí con una sonrisa en el rostro, me abrazó y me dijo –¡te extrañe!
-Que bueno –respondí molesto por su presencia.
-Oye, vamos a tomar un café o a platicar.
-No.
- Por favor.
-No.
-¿Qué tienes?

Pregunta ingenua.

-No quiero verte.
- ¿Por qué? Yo pensé que.
- ¿Qué pensaste?
-Pues… no nada
-Anda dímelo.
- Pero no es nada, en serio
-No te voy a creer eso, no me dejes con la duda, no seas mala- le dije y se sonrojo llena de pena
-Yo pensé que… me querías.
-Te quería.
- Pero, es que yo no me di cuenta.
-Pendeja.
-Además, entonces no hubiera funcionado.
-¿Qué? ¿Qué no hubiera funcionado?
-Pues tú sabes. Lo… lo nuestro –continuaba hablando sin soltarme.
-Tienes razón, no hubiera funcionado
-No. Pero ahora podemos…
- No. Ahora nada –dije interrumpiéndola.
- No hubiera funcionado entonces, no lo hará ahora.
-No te enojes, tengo el teléfono de la casa de tu tía, te hablo mañana o pasado que ya no estés enojado.
-Bueno pero ya suéltame, lárgate. Es mas, si es posible no me hables.

Por la situación en la que estoy, sospecho que no la volveré a ver; me alegro.

Mi día comenzó tan intrascendente como todos los demás, bajé al desayunador en donde mi tía me felicitó por ser mi cumpleaños, me dio un abrazo y las llaves de un auto. Llegó el cartero dejando la correspondencia de todos los habitantes de la casa, exceptuando claro, la mía. Tres años en casa de mi tía y nunca recibí carta alguna de mi madre, mi padre o alguno de mis hermanos. Por supuesto yo tampoco me molesté en escribirles. Mas tarde apareció el extraño en la puerta con una botella de licor de naranja, me abrazó y se despidió, diciendo que me vería mañana.

Manejando a alta velocidad por las vías públicas, se me atravesó un motociclista, traté de esquivarlo y fui a estrellarme contra una pared.

Así empieza

Sus mejillas sonrosadas, su respiración acelerada. Su frenético palpitar delataba su ansiedad. Al escuchar que contestaban su llamada sus húmedos labios se abrieron.
-Disculpe ¿se encuentra Elliot?
-¿Elliot? Ya falleció… - el palpitar se detuvo.
-¿Perdón? ¿Como?- respondió sin poder contener la
Impresión.
-Falleció anoche- la voz contestó con demasiada indiferencia como para ser cierto
-Pero ¿Cómo? ¿Qué paso?
-Fue un accidente, destrozó el auto que le regalaron ¿Quieres hablar con su tía?

Así termina

Pienso en morir siendo virgen, me siento sólo en mi maldita habitación, me voy a un bar y es como si llevara puesta la maldita habitación, el espacio se me abre, voy por el parque y digo cosas asquerosas a la gente, sólo para que me repliquen, sólo para oír otra voz. Pienso en morir por un maldito royo de mierda que no entiendo. Resumida en cápsulas de dos minutos, mi vida es aburrida. Es patético. ¿Quieres saber que se siente? Te diré que se siente, sientes tu esencia diluyéndose entre gritos de silencio. Es como desvanecerse en el oscuro mar del olvido, del cual no volverás, jamás.

Epilogo.

Han pasado años, casi no lo recuerda y si lo hace, se apresura a cambiar de pensamientos.

Arwen se ha quedado dormida tras una larga noche de juerga en casa de unos amigos. Dormitando siente el movimiento de alguien que se levanta y sale del dormitorio dirigiéndose al baño. Arwen intenta reconciliar el sueño cuando su compañera regresa alterada.
–Hay alguien en la sala, un tipo sentado en el sillón entre las sombras –dice asustada. Arwen se inclina levemente para poder verlo a través de la puerta y contesta –no le hagas caso, es un amigo, me sigue a todas partes.
22/abril/2002OMEGA

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